Prólogo Prólogo
El hombre llegó al borde del acantilado cuando ya no sentía las manos.
Se las miró. Estaban grises hasta las muñecas, duras, ásperas como la piedra volcánica que pisaba. Intentó cerrar los dedos y no pudo. Hacía una hora que no podía. El gris le subía por los antebrazos despacio, sin dolor, con la paciencia de una marea, y debajo de la manga del traje sentía cómo la piel se le iba volviendo fría, pesada, ajena.
No tenía miedo. Eso le sorprendió. Había pensado que tendría miedo.
Abajo, ochenta metros más abajo, el mar se estrellaba contra las rocas negras. Era un mar de otro color, más verde, más espeso, con un olor a sal y a algo antiguo que ningún mar de su tiempo tenía. En el agua se movían sombras enormes. Algunas eran más largas que un autobús. Sobre su cabeza, en un cielo cruzado de nubes rojizas, planeaban criaturas con alas de cuero de diez metros de envergadura, en círculos lentos, sin batir las alas, como si el aire las sostuviera por compasión.
Detrás de él, en la selva, algo rugió. Un rugido grave, que le hizo vibrar el pecho.
No se dio vuelta.
Se sentó en la roca, con las piernas cruzadas, de cara al mar. Le costó. Las rodillas ya no se doblaban bien. Pero lo consiguió. Y una vez sentado, levantó lo que le quedaba de la mano derecha, todavía un poco blanda en la palma, y la apoyó sobre su rodilla, abierta, hacia el horizonte.
Como quien saluda a alguien que viene de muy lejos.
Pensó en su padre. Pensó en un faro en el fin del mundo, en una isla de roca batida por el viento del Pacífico, en un hombre de barba blanca que le enseñó, cuando él tenía siete años, a mirar el mar de noche buscando las luces de los barcos.
Un vigía no es el que mira, Leíto. Es el que se queda.
El gris le llegó al cuello. Al mentón. Sintió que los labios se le endurecían.
Tuvo tiempo para un último pensamiento. No fue una palabra. Fue un deseo, tan simple que habría cabido en la palma de su mano.
Que vuelvan. Que vuelvan todos.
Después se quedó quieto.
Y el mar siguió golpeando el acantilado, durante sesenta y seis millones de años, mientras él lo miraba.
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