El Vigía: Setenta y dos horas By Albert Diaz

Chapter 4 Año 2263

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Despertó con la boca llena de tierra.

Durante un largo rato no supo dónde estaba. Estaba boca abajo, sobre algo duro y húmedo, en una oscuridad verdosa que olía a musgo, a agua estancada y a algo podrido. Le dolía todo el cuerpo, como si lo hubieran metido en una lavadora con piedras. Le zumbaban los oídos. Tenía sangre seca en la nariz.

Se dio vuelta despacio. Se quedó tumbado de espaldas, respirando.

Arriba había un techo. O lo que quedaba de uno. Era la bóveda de roca de la cámara del Corazón, la misma que había visto cientos de veces, pero rota. Un enorme pedazo se había desplomado hacía mucho tiempo, y por el agujero entraba una luz gris, filtrada por raíces. Raíces gruesas como brazos, que bajaban desde el techo hasta el suelo, enredadas entre sí, cubiertas de musgo y de pequeños helechos. Por las raíces corría agua. Gota a gota. Toc. Toc. Toc.

Leo se incorporó.

Estaba sobre la plataforma de la Puerta. La reconoció por el dibujo del suelo: un círculo de placas de metal, concéntricas, con símbolos grabados. Pero las placas estaban oxidadas, levantadas, partidas por las raíces que habían crecido entre ellas. La cabina de control, detrás de su vidrio blindado, era una cueva oscura llena de hojas secas. El vidrio estaba roto. Las pantallas, negras.

Y en el centro de la plataforma, el Corazón.

El monolito de obsidiana seguía de pie. Era lo único que estaba igual. Liso, negro, intacto. Ninguna raíz lo tocaba. Ningún musgo crecía sobre él. Seguía vibrando, despacio, bajito, como un gato dormido.

—¿Hola? —dijo Leo.

Su voz rebotó en la bóveda rota.

Nadie respondió.


Encontró la consola de emergencia a la tercera vuelta alrededor de la cámara.

Estaba junto a la base del Corazón, medio escondida bajo un manto de musgo que alguien —alguien— había apartado con la mano, porque se veían las marcas de los dedos en el verde. Era una pantalla pequeña, de las que se usaban para el monitoreo de respaldo, conectada por un cable a una batería que no era de la estación. Era una batería de otro tipo, más vieja, o más nueva, no supo decirlo, envuelta en un plástico grueso para protegerla de la humedad.

La pantalla estaba encendida. Tenue, parpadeante. Leo se arrodilló frente a ella.

PUERTA — SISTEMA DE RESPALDO
ESTADO: DAÑADO. 3 COMPONENTES NO FUNCIONALES.
ANCLA ACTUAL: AÑO 2241 (REUBICADA — PROTOCOLO HORIZONTE)
FECHA LOCAL: AÑO 2263, DÍA 117
RETORNO PENDIENTE — EXPEDICIÓN 31 — CÁRDENAS, L.: COMPLETADO.

Leo leyó la pantalla tres veces.

No entendía ninguna de las palabras. Las entendía por separado, una por una. Pero juntas no tenían sentido. Ancla reubicada. Año 2241. Año 2263. Protocolo Horizonte, eso no lo había escuchado nunca. Y su nombre, Cárdenas, L., en una línea que decía retorno pendiente y después completado, como si alguien hubiera estado esperando que él llegara.

Se miró la pulsera.

No había contador. No había números. En la pantalla diminuta, en letras grises, había dos palabras.

SIN VENTANA

Leo se quedó mirándolas mucho rato.

En tres años de expediciones, nunca había visto esa pulsera sin números. En la estación, en el presente, mostraba ANCLA, en verde, para indicar que estabas en el ahora de la isla y no tenías límite. En el pasado, mostraba la cuenta atrás. Nunca, nunca había mostrado sin ventana.

—Doscientos treinta y seis años —dijo en voz alta, para oír cómo sonaba.

No sonó a nada. Sonó a número.


Salió de la cámara del Corazón por el túnel de acceso, que estaba medio derrumbado. Tuvo que arrastrarse por un tramo de varios metros, con la espalda rozando la roca y las raíces, hasta salir a lo que había sido el vestíbulo principal de la estación Umbral.

No quedaba vestíbulo.

Quedaban columnas. Las columnas de acero que habían sostenido el techo, oxidadas hasta parecer de barro, inclinadas como dientes podridos, envueltas en enredaderas. Quedaban paneles de suelo de resina, levantados, partidos, cubiertos de hojas. Quedaban, aquí y allá, cosas que Leo reconocía y que le dolían más que el resto: una máquina expendedora tumbada de lado, con las latas de refresco todavía adentro, corroídas, convertidas en manchas de óxido; un cartel de SALIDA DE EMERGENCIA colgado de un cable, girando despacio con el viento; una silla de oficina sin ruedas, con un árbol joven creciendo a través del asiento.

Era lo que había visto, por un segundo, a través de la grieta de la Puerta. El lugar verde, oscuro, lleno de columnas rotas.

La selva se había comido la estación. Entera. Todos los edificios. Las cúpulas de los laboratorios, que se veían desde el mar como burbujas blancas sobre la caldera, estaban hundidas, rajadas, con árboles creciendo adentro. El edificio residencial era una pila de escombros cubierta de musgo. El helipuerto era un claro de hierba alta. Y por encima de todo, de los escombros y los árboles y las columnas, el cielo era de un azul limpio, intenso, sin una sola estela de avión.

Leo se sentó en un bloque de concreto que había sido parte de una escalera y se quedó mirando ese cielo.

Pensó en Ingrid. En su cara, cada vez más lejos, mientras él caía a través de la luz. En Tavita, levantándose con Kenji en brazos. En la Viuda abriendo la boca.

Pensó en Emma, con las manos pegadas al vidrio de la galería, levantando tres dedos, luego siete, luego dos.

Vuelve. No te pases.

Se tapó la cara con las manos y se quedó así mucho rato.


Al atardecer, cuando la luz empezó a ponerse dorada, oyó el primer sonido.

Fue un chasquido. Seco, rápido. Como una lengua contra el paladar.

Leo levantó la cabeza.

El chasquido se repitió. Esta vez desde otro lugar. Y luego desde otro. A la izquierda, en los escombros del edificio residencial. A la derecha, en la selva. Detrás de él, en lo que quedaba del helipuerto.

Leo conocía ese sonido. Lo había oído tres horas antes —o doscientos treinta y seis años y sesenta y seis millones de años antes, según cómo se contara— en una ladera del Cretácico, justo antes de que Kenji muriera.

Se levantó despacio. Muy despacio. Miró a su alrededor.

No vio nada. Solo verde, y sombras, y la luz dorada que se filtraba entre los árboles.

Y entonces, sobre una de las columnas oxidadas del vestíbulo, a cuatro metros de altura, vio unos ojos.

Eran amarillos. Estaban en la cabeza de un animal que se aferraba a la columna con las garras de las cuatro patas, como un lagarto, y que lo miraba ladeando la cabeza. Tenía plumas negras azuladas con franjas color óxido. Una cola larga, rígida. Una garra curva en cada pata trasera.

Era un Sibilaraptor.

Pero era distinto. Era más grande que los del Cretácico, más largo, más delgado. Tenía las patas delanteras más desarrolladas, con dedos largos y articulados que se cerraban alrededor de la columna como manos. Y tenía, en lugar de la franja color óxido simple de los raptores que Leo conocía, un patrón complejo de manchas y rayas que se confundía perfectamente con la luz que caía entre las hojas.

Un raptor que trepaba. Un raptor que se camuflaba.

Un raptor que había tenido doscientos años para adaptarse a una isla llena de ruinas.

El animal chasqueó.

Y desde la selva, desde los escombros, desde el helipuerto, le respondieron otros cinco.

Leo corrió.

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