Chapter 10 Al otro lado del vidrio
Bruno
Estaba ahí.
Bruno no la veía bien. Sus ojos nublados apenas distinguían una forma oscura detrás del vidrio redondo, una sombra horizontal dentro de otra sombra. Pero no necesitaba verla. Nunca había necesitado verla.
La olía.
Era un olor muy tenue, tan filtrado por el metal y el vidrio y las juntas de goma de la puerta que casi no existía. Pero existía. Se colaba por alguna rendija mínima, por algún poro del metal viejo. Manzanilla. Crayones de cera. Y la cosa tibia sin nombre.
Más fuerte que en el conejo. Mucho más fuerte. Más fuerte que en la cama hundida, que en la escuela, que en cualquier lugar de la ciudad. Era el olor de ella, viva, respirando.
No se había ido. Nunca se había ido. Estaba aquí. Siempre había estado aquí, en el lugar al que él nunca se había atrevido a venir.
Bruno se echó frente a la puerta, con el hocico pegado a la rendija de abajo, y no se movió más.
La máquina blanca trató de llevarlo arriba esa noche.
No lo forzó. Se agachó a su lado —Bruno escuchó los chasquidos de sus articulaciones— y le habló con esa voz lisa, y luego se fue por el pasillo y volvió con algo que olía a carne. Era una lata. La máquina la abrió con uno de sus dedos de metal y la puso en el suelo, frente a su hocico. Luego trajo agua en un recipiente de plástico.
Bruno bebió un poco de agua. No tocó la carne.
La máquina se quedó mirándolo un rato. Luego se sentó en el piso del pasillo, con la espalda contra la pared, al otro lado de la mujer de cristal. Se quedó allí, quieta, con su ojo azul brillando en la oscuridad, como un fuego frío.
El pájaro negro bajó del reborde de la puerta y se posó en el hombro de la máquina.
Bruno pensó, de un modo vago, de un modo de perro, que era raro. La máquina olía a metal y a alcohol, como el edificio. El pájaro olía a plumas y a basura. Él olía a perro viejo y a enfermedad. Ninguno de los tres se parecía en nada al otro.
Pero estaban los tres en el mismo pasillo, frente a la misma puerta, esperando lo mismo.
Bruno había estado solo tanto tiempo que ya no recordaba cómo era esto. Esto de tener a alguien al lado mientras uno espera.
Cerró los ojos.
Soñó con el patio.
Soñaba a menudo con el patio, pero esta vez el sueño era más claro que nunca, como si el olor que le llegaba por debajo de la puerta le hubiera limpiado la memoria. Era el primer día. Él era tan pequeño que cabía en una caja de zapatos, y ella lo sacó de la caja con las dos manos y lo levantó a la altura de su cara y le dijo algo, y él le lamió la nariz, y ella se rió, una risa que le salía de todo el cuerpo.
Era el olor del limonero. Era el sol entre las hojas. Era la mamá, en la puerta de la cocina, con un aparato en la mano que hacía un clic.
Bruno, dijo la niña, en el sueño. Te vas a llamar Bruno.
Y luego, en el sueño, cuando ya estaba oscureciendo, la niña se dormía con él en la cama, y la mamá se sentaba en el borde y le cantaba.
Bruno no entendía las canciones, igual que no entendía las palabras. Pero conocía esa. La conocía mejor que su propio nombre. La había oído cientos de noches, enroscado a los pies de la cama, mientras la niña se dormía y la mamá le acariciaba el pelo. Era una canción lenta, bajita, que subía y bajaba como el pecho de alguien que respira dormido.
Se despertó y la canción seguía sonando.
Bruno levantó la cabeza de golpe. El pasillo estaba a oscuras, salvo por el ojo azul de la máquina, que se había vuelto hacia él. El pájaro, en el hombro de la máquina, tenía las plumas erizadas y la cabeza inclinada.
La canción venía de muy cerca.
Bruno se levantó, con las caderas protestando, y caminó despacio hacia la mujer de cristal sentada contra la pared. La de la mano sobre la ventana. Acercó el hocico a su cara.
Ella no olía a nada. Ninguno de ellos olía a nada. Pero de su pecho, de su garganta, salía un sonido tan suave que solo unos oídos de perro, y quizá los de un pájaro, podían oírlo en aquel silencio. No era el zumbido de los demás. No era el ruido sin forma que hacía la ciudad cuando soplaba el viento. Esto tenía forma. Subía y bajaba. Subía y bajaba.
Como el pecho de alguien que respira dormido.
El pájaro bajó del hombro de la máquina y se posó junto a Bruno, frente a la mujer de cristal. Escuchó con la cabeza ladeada. Luego, despacio, empezó a repetir lo que oía, en esa voz rota que usaba para el nombre. No le salía bien. Se le quebraba. Pero eran las mismas subidas, las mismas bajadas, y por primera vez en esa canción Bruno pudo distinguir palabras, porque el pájaro las separaba, sílaba a sílaba, como si las estuviera sacando de una en una del fondo del agua.
Duérmete, luz de mi casa, > que la noche se hace mar; > yo me quedo en la ventana > hasta verte despertar.
Bruno no entendió nada.
Pero entendió todo.
Se acercó más. Le olió las manos a la mujer de cristal, el cuello, el pelo duro y transparente. No había olor. Pero había algo. Había un recuerdo de algo, un recuerdo que no estaba en la nariz sino en otra parte, en la misma parte donde guardaba el patio y el limonero y la caja de zapatos. Había una mano en la puerta de la cocina, sosteniendo un aparato que hacía clic. Había una mano en el borde de la cama, acariciando un pelo oscuro. Había una mano, una noche de lluvia, cerrando la puerta de un carro blanco mientras lloraba.
Bruno apoyó la cabeza, muy despacio, en el regazo de cristal de la mujer.
Se quedó así, con los ojos cerrados, escuchando cantar a la mamá.
La máquina, desde su lado del pasillo, no dijo nada. Pero Bruno la escuchó moverse, y luego sintió el peso liviano de algo suave sobre el lomo. Era una manta. La máquina lo había tapado.
Bruno no levantó la cabeza.
Al otro lado de la puerta, detrás del vidrio redondo, la niña respiró. Y él la oyó. Una vez cada doce segundos.
Antes eran quince.
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