La Quietud By Albert Diaz

Chapter 12 El consejo de los cuervos

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Ceniza

Ceniza volvió al mango con el pico lleno de noticias y el corazón lleno de miedo.

Era media tarde. La bandada estaba reunida en las ramas, picoteando unas guayabas que Pizarra había encontrado en un patio. Cuando la vieron llegar, se hizo un silencio tan repentino que hasta el viento pareció detenerse. Garra bajó desde la rama más alta con tres aleteos lentos y se posó en la piedra del rito, frente al montículo de barro y hojas donde descansaba la abuela.

—Volviste —dijo.

—Volví.

—¿De dónde?

Ceniza pudo haber mentido. Pensó en hacerlo, durante todo el vuelo de regreso. Pero estaba demasiado cansada, y había visto demasiadas cosas, y las palabras le pesaban adentro como piedras en el buche.

—De la Casa Blanca.

La bandada entera estalló en graznidos. Algunos cuervos levantaron el vuelo, espantados. Otros se encogieron en las ramas, como si Ceniza les hubiera traído una enfermedad. Garra no se movió. Solo esperó, con el ala cicatrizada pegada al cuerpo, a que el ruido se calmara.

—Habla —dijo.

Y Ceniza habló.


Les contó todo. Les contó del perro viejo de la plaza y de cómo había llorado al oír el nombre. Les contó de la jauría, y del vuelo en picada, y de la sangre en el pico. Les contó de la bestia de metal, y de que la bestia no era una bestia, de que conocía las Palabras, de que había dicho buenos días cuando ella estaba a punto de huir. Les contó que adentro de la Casa Blanca había cientos de Cantores, y que la bestia los limpiaba. A todos. Todos los días.

Les contó de la Cantora pequeña del sótano, que olía a nada pero que tenía que ser la misma que había alimentado a la abuela en el techo.

Y les contó de la niña.

—No es de cristal —dijo—. Es como ellos eran antes. Respira. Tiene color. Se mueve un poco cada día. Y la Cantora del sótano canta para ella, una canción con muchas Palabras juntas, una canción que ninguno de nosotros conocía.

Abrió el pico y, en la voz rota de los Cantores, repitió lo que había aprendido en el pasillo:

—Duérmete, luz de mi casa...

La bandada se quedó en silencio.


—Los Cantores —dijo Ceniza, cuando terminó la canción— eran como ella. Todos. Estaban vivos. Se movían, comían, hablaban. Las Palabras sagradas no son órdenes ni oraciones. Son cosas que se decían. Buenos días se lo decían cuando se despertaban. Ya vuelvo se lo decían cuando se iban. Te quiero...

Se detuvo. No sabía qué era te quiero. Todavía no.

Pero pensaba en el perro, con la cabeza en el regazo de la Cantora. Pensaba en la bestia, tapándolo con una manta. Pensaba en la Cantora del parque y el Cantor del parque, tomados de la mano.

—Te quiero creo que se lo decían a los que no querían perder —dijo, por fin.

Nadie dijo nada durante un largo rato.

Luego, desde una rama baja, Pizarra habló:

—Yo te creo.

Garra giró la cabeza hacia él tan rápido que Pizarra se encogió. Pero no se retractó. Y después de él, un cuervo joven de cola corta dijo que él también, y otro, y una cuerva vieja que había sido amiga de la abuela dijo que Hollín siempre había contado cosas así, en las noches de frío, cuando creía que nadie la escuchaba.

Garra abrió el ala.

—¿Y si despiertan? —dijo.

No lo dijo con furia. Lo dijo con una voz baja, ronca, que Ceniza no le había oído nunca. Una voz que tenía miedo.

—Ustedes no los conocieron —siguió—. Ninguno. Yo tampoco. Pero Hollín me contó, cuando yo era pichón, cómo era antes. Ellos lo llenaban todo. Lo cortaban todo. Echaban veneno en los techos para que no nos paráramos. Ponían redes en los árboles de fruta. Cuando ellos estaban, los cuervos vivían en los bordes. —Recorrió la bandada con su mirada sin parpadeo—. Ahora la ciudad es nuestra. Los árboles son nuestros. Y ella quiere que despierten.

—No quiero que despierten todos —dijo Ceniza—. Solo una. Solo la niña.

—Hoy es una —dijo Garra—. ¿Y mañana?

Ceniza no tenía respuesta para eso.


Esa noche, la bandada se dividió.

No fue una pelea. Los cuervos no pelean así entre ellos. Fue algo más silencioso y más triste: un movimiento lento de las ramas, como cuando el agua se separa alrededor de una piedra. Los cuervos viejos se quedaron con Garra, en las ramas altas. Los jóvenes, unos pocos, se fueron acercando a la rama de Ceniza.

Pizarra se posó a su lado.

—¿Vas a volver allá? —le preguntó.

—Sí.

—¿Por qué?

Ceniza lo pensó mucho. Miró hacia el sur, hacia el cerro oscuro donde, en algún lugar, un perro viejo dormía con la cabeza sobre el regazo de una madre de cristal.

—Porque la abuela me dio el nombre a mí —dijo—. A nadie más.

Pizarra no dijo nada. Pero no se movió de su lado.


Antes de dormir, Ceniza bajó al montículo de la abuela.

Se quedó un rato frente a él, mirando el barro seco, las hojas marchitas. Recordó la primera vez que vio a la bandada hacer ese rito. Fue con un Cantor, no con un cuervo. Ella era pichona. Una noche de tormenta, un Cantor que estaba sentado en el borde de un balcón, en la calle de los relojeros, se cayó. Se hizo pedazos contra la acera. Y los pedazos siguieron cantando, cada uno con su propia vocecita rota, toda la noche, toda la mañana, un llanto de mil voces pequeñas que no paraba.

Fue la abuela quien decidió qué hacer. Bajó y empezó a cubrir los pedazos con barro, uno por uno. Y la bandada, sin entender, la ayudó. Cuando el último pedazo quedó enterrado bajo el barro y las hojas, el llanto se detuvo.

—El barro les quita el viento —le explicó la abuela, después—. Y sin viento, descansan. Esto se llama callar al Cantor. Se hace solo cuando sufren.

Ceniza no había vuelto a pensar en eso en mucho tiempo.

No sabía por qué pensaba en eso ahora.


Al amanecer, voló de regreso a la Casa Blanca.

Pizarra la siguió. Y detrás de Pizarra, sin decir nada, cuatro cuervos jóvenes más.

Desde la rama más alta del mango, Garra los vio irse. No los llamó. No los siguió.

Pero tampoco apartó la mirada hasta que fueron solo seis puntos negros perdiéndose en el cielo del sur.

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