Chapter 14 Guardián
Bruno
La máquina blanca se había quedado quieta, y Bruno sabía lo que eso significaba.
Lo sabía como saben los perros esas cosas, sin necesidad de entenderlas. Había visto quedarse quietos a muchos. A los vecinos de la casa azul, aquella noche de lluvia. A los perros viejos de la jauría, cuando los dejaban atrás. A los pájaros que caían de los árboles en los inviernos fríos. Las cosas que se quedan quietas así ya no vuelven a moverse.
La máquina había sido extraña. No olía a nada vivo. No tenía calor. Pero le había traído agua, y una manta, y lo había dejado dormir apoyado en su costado duro, y le había puesto la mano en el lomo cuando él lloraba. Y antes de quedarse quieta había dicho el nombre de ella, con esa voz suya, como si también lo estuviera esperando.
Bruno se quedó echado a su lado mucho rato, con el hocico apoyado en la rueda negra de la máquina, oliendo el metal frío.
Luego se levantó, se acercó a la fila de latas abiertas, y comió.
No tenía hambre. Pero algo le decía que iba a necesitar las fuerzas.
Al despertar, al día siguiente, tenía el conejo entre las patas.
No sabía cómo había llegado allí. Lo había dejado en la plaza, el día que la cuerva le dijo el nombre, y desde entonces no se había acordado de él. Pero allí estaba, sucio, con la oreja arrancada, mojado de rocío y con dos plumas negras pegadas en la tela.
La cuerva de la mancha gris y el cuervo de plumas azuladas estaban posados en el barandal, mirándolo. Tenían las plumas revueltas y respiraban rápido, como si hubieran volado muy lejos cargando algo pesado.
Bruno hundió el hocico en el conejo.
Manzanilla. Al fondo, muy al fondo, debajo de todo. Y ahora, además, otro olor: el mismo olor, mucho más fuerte, que salía por la rendija de la puerta. Los dos olores eran el mismo. Siempre lo habían sido.
Bruno movió la cola, despacio, contra el piso de concreto.
La cuerva dijo algo en su idioma de chasquidos. Bruno no lo entendió. Pero le pareció que sonaba contento.
La jauría llegó con el amanecer del tercer día.
Bruno la olió antes de que entrara al edificio. Olió la sangre seca y el pelo sucio y el hambre, bajando por la escalera grande, cruzando la sala del piso de cuadros, acercándose. Se levantó de golpe. Le dolieron las caderas como nunca le habían dolido. No le importó.
Sabía por qué venían. El olor de las latas había subido por las escaleras y había salido por la puerta abierta del edificio, y el viento lo había llevado cerro abajo. Pero no venían solo por las latas. Venían por él. Por el olor de su cansancio. Por el olor de un perro viejo que ya no podía defenderse.
Venían a terminar lo que habían empezado en la avenida de los samanes.
Y del otro lado de la puerta estaba ella.
Bruno no pensó. Los perros no piensan esas cosas. Caminó por el pasillo, pasando junto a la mamá de cristal y junto a la máquina quieta, hasta el pie de la escalera estrecha que subía hacia el sótano de arriba. Doce escalones. Tan estrechos que no cabían dos perros al mismo tiempo. Arriba, por unas ventanas pequeñas pegadas al techo, entraba la primera luz gris de la mañana.
Se plantó en el tercer escalón, con las patas abiertas, con la cabeza baja.
Y esperó.
Tuerto bajó primero.
Bruno lo vio aparecer en lo alto de la escalera, recortado contra la luz de las ventanas. La cara le había sanado mal desde el ataque de la cuerva: tenía una costra larga junto al ojo bueno y una oreja partida. Le enseñó los dientes. Detrás de él, en el sótano de arriba, Bruno oía a los otros. Los oía jadear, rascar el suelo, gruñir.
Tuerto bajó un escalón.
Bruno gruñó.
Esta vez no fue el gruñido cascado de la avenida de los samanes. Fue otra cosa. Le salió desde un lugar que no sabía que tenía, un lugar debajo de las costillas, donde guardaba el patio y el limonero y la caja de zapatos. Era el gruñido de un cachorro de seis meses que una noche de lluvia saltó una cerca por primera vez en su vida. Era el gruñido de quince inviernos de espera.
Tuerto se detuvo. Solo un instante.
Luego saltó.
Bruno no recordaría mucho de la pelea, después. Recordaría el peso de Tuerto cayéndole encima, el golpe contra los escalones, el dolor como un fuego en el hombro. Recordaría que mordió algo, que no soltó, que el sabor de la sangre de otro perro le llenó la boca. Recordaría que rodaron juntos hasta el pie de la escalera, y que Tuerto quedó encima, con los colmillos buscándole el cuello, y que él ya no tenía fuerzas para sacárselo de encima.
Recordaría haber pensado en ella.
Y recordaría el ruido.
Fue un ruido que bajó por la escalera como un río desbordado. Un trueno hecho de alas. Bruno, desde el suelo, con el peso de Tuerto encima y los ojos nublados llenos de polvo, vio que la luz de las ventanitas de arriba se apagaba de golpe, como si una nube enorme hubiera tapado el sol.
No era una nube.
Eran cuervos.
Eran cientos. Entraron por la puerta principal, por las ventanas rotas, por los ductos del techo. Bajaron la escalera como una sola sombra que graznaba con mil gargantas. La jauría, en el sótano de arriba, empezó a aullar de miedo. Bruno oyó carreras, golpes, chillidos de perro. Oyó los picos. Oyó las Palabras, gritadas por cientos de voces rotas, como un grito de guerra.
—¡Ya vuelvo! ¡Ya vuelvo! ¡No me olvides!
Tuerto levantó la cabeza, aturdido. Y en ese instante, desde lo alto de la escalera, cayó sobre él un cuervo enorme, con un ala llena de cicatrices.
El cuervo de la cicatriz no apuntó a los ojos. No le hizo falta. Le clavó las garras en el lomo, y abrió las alas, las dos, la sana y la rota, y graznó tan fuerte, tan cerca de su oreja, que Tuerto soltó a Bruno y se revolvió y huyó escaleras arriba, chocando contra las paredes, con el rabo entre las patas.
Detrás de él, perseguida por la sombra negra, huyó la jauría entera.
Bruno los oyó correr por el piso de cuadros, cruzar la puerta del edificio, bajar por el camino del cerro. Los oyó aullar cada vez más lejos.
Y después, nada.
Se quedó tirado al pie de la escalera mucho rato.
Le dolía todo. El hombro le sangraba, y una de las patas traseras ya no le respondía. Respiraba con un silbido largo. Tenía la boca llena del sabor de Tuerto y del polvo del suelo.
La cuerva de la mancha gris bajó y se posó a su lado. Lo miró de muy cerca. Le tocó la oreja con el pico, muy suave.
Bruno movió la cola. Una sola vez.
Y luego, muy despacio, arrastrando la pata trasera, se fue arrastrando por el pasillo, junto a la máquina quieta, junto a la mamá de cristal, hasta la puerta.
Se echó frente a ella. Puso el hocico en la rendija.
Manzanilla.
Desde lo alto de la escalera, desde los barandales, desde los cables del techo, cientos de ojos negros lo miraban en silencio.
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