La Quietud By Albert Diaz

Chapter 15 El último cantor

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Ceniza

Ceniza no le preguntó a Garra por qué había venido.

No hacía falta. Lo había visto todo desde el reborde de la puerta: el ala cicatrizada abierta sobre el lomo de Tuerto, el graznido terrible, la jauría huyendo. Y después lo había visto bajar, despacio, posarse en el pasillo, y quedarse un largo rato frente a la bestia de metal apagada, mirando la fila de latas abiertas, mirando al perro viejo que sangraba con el hocico pegado a la puerta, mirando la mano de cristal de la Cantora sobre la ventanita.

Garra miró por la ventanita mucho tiempo.

Cuando por fin se volvió hacia Ceniza, no dijo nada de lo que ella esperaba. No dijo que había tenido razón. No dijo que lo sentía. Solo dijo, con su voz ronca:

—Es pequeña.

—Es pichona todavía —respondió Ceniza.

Garra asintió con la cabeza, despacio. Luego subió al barandal más alto de la escalera y se quedó allí, con el ala rota pegada al cuerpo, vigilando.

No se fue.


Al amanecer del día siguiente, Ceniza voló sobre la ciudad.

Lo hizo porque algo había cambiado y necesitaba saber qué. Lo había notado durante la noche, posada en el reborde de la puerta: un vacío en el aire, una ausencia. Como cuando se deja de oír el río porque uno se acostumbra a él, pero al revés. Algo que siempre había estado ahí ya no estaba.

Salió por las ventanas rotas del techo de la Casa Blanca y subió alto, más alto de lo que solía volar. El viento soplaba fuerte desde el norte, frío, como en las noches en que la ciudad entera zumbaba hasta el amanecer.

Pero la ciudad no zumbaba.

Ceniza bajó en espiral. Se posó sobre el Cantor de la gasolinera, el de ya vuelvo. El viento le pasaba por la cara de cristal, por los dedos, por la boca entreabierta. No cantaba.

Voló hasta el balcón amarillo. La Cantora de apaga la luz estaba en silencio.

Voló hasta la escuela de ladrillos rojos, donde veinte niños de cristal dormían sobre sus pupitres. Silencio. Voló hasta la plaza del mercado, hasta la mujer de la balanza. Silencio. Voló hasta el niño del balón, el que cantaba mamá una y otra vez.

El niño no cantaba.

Ceniza se quedó un rato en su hombro, con el corazón golpeándole las plumas. Era la primera vez en su vida que oía la ciudad así. Oía el viento en las hojas. Oía el río. Oía, muy lejos, un perro ladrando. Oía su propio pulso.

Por último fue al parque.

La Cantora y el Cantor del banco seguían allí, tomados de la mano, con la cabeza de ella apoyada en el hombro de él. El viento les pasaba entre los dedos entrelazados. Ceniza esperó. Esperó mucho. Esperó a que ella cantara te quiero, y a que él respondiera.

No cantaron.

Ceniza sintió algo muy extraño en el pecho, algo que era tristeza y no era tristeza. Era como cuando terminaba una lluvia larga.

—Descansen —les dijo, en la lengua de los cuervos.

Y voló de vuelta a la Casa Blanca tan rápido como pudo.


En el sótano, la Cantora seguía cantando.

Ceniza se dio cuenta al llegar al final de la escalera estrecha. Allí, en el pasillo sin viento, la madre de la niña seguía zumbando, muy bajito, con esa vocecita que subía y bajaba como una respiración. Duérmete, luz de mi casa. Era el único sonido de los Cantores que quedaba en toda la ciudad. Quizá en todo el mundo.

Y Ceniza entendió.

Lo entendió de golpe, todo junto, como se entiende de pronto dónde está la fruta escondida en un árbol después de mirarlo mucho rato. La bestia de metal había conectado su cuerda a la caja de la niña. La bestia se había apagado. La niña no había salido. La puerta seguía cerrada.

Donde no llega la canción.

La niña estaba allí adentro para que no le llegara la canción. Y la puerta no se iba a abrir mientras quedara una sola voz cantando.

Y la última voz era la de su madre.

Ceniza miró la cajita de luz que había junto a la puerta, la que la bestia de metal le había señalado tantas veces. Ayer la luz era verde. Hoy era amarilla. Mientras la miraba, parpadeó, y por un instante se volvió roja.

Miró a la bestia de metal, quieta en el suelo, con su ojo azul apagado.

Miró al perro, echado frente a la puerta, respirando con un silbido cada vez más largo, con la pata trasera torcida y el hombro manchado de sangre seca. Ya no levantaba la cabeza. Solo movía la cola, de vez en cuando, cuando le llegaba algún olor por la rendija.

Se le estaba acabando el tiempo. A él, a la niña, a la cajita de luz.

Y Ceniza supo, con una certeza que le dio frío en todo el cuerpo, qué había que hacer.


—No —dijo Garra.

Estaban todos en el pasillo del sótano: Garra, Pizarra, los cinco cuervos jóvenes, y los cientos que habían llegado con Garra, apretados en los barandales, en las tuberías, en los escalones. Ceniza había hablado frente a todos, posada sobre la rueda de la bestia apagada. Les había contado lo de la ciudad en silencio. Les había contado lo de la puerta. Les había contado lo que tenían que hacer.

—Callar al Cantor se hace con los rotos —dijo Garra—. Con los que se caen y se hacen pedazos. Nunca se ha hecho con un Cantor entero. Nunca.

—La abuela dijo que se hace cuando sufren —respondió Ceniza.

—Esta no está rota.

Ceniza miró a la madre de cristal. La espalda contra la pared. El brazo levantado. La palma abierta sobre el vidrio. Los labios apretados, la línea entre las cejas. Quince inviernos con la mano en esa ventana, mirando a su pichona sin poder tocarla, cantándole sin que pudiera oírla.

—Sí está rota —dijo Ceniza—. Lleva rota todo este tiempo. Lo que pasa es que no se ve.

Garra no respondió.

El pasillo entero estaba en silencio. Cientos de cuervos, y ninguno graznaba. Solo se oía el silbido de la respiración del perro, y el zumbido suavísimo de la madre.

Duérmete, luz de mi casa, que la noche se hace mar.

Garra bajó del barandal.

Caminó por el suelo del pasillo, despacio, con ese andar torcido de los cuervos viejos, hasta quedar frente a la Cantora. La miró a la cara mucho rato. Luego, sin decir nada, abrió las alas y salió volando escaleras arriba.

Ceniza sintió que se le hundía el pecho.

Pero Garra volvió.

Volvió al rato, con el pico lleno de barro. Barro oscuro y húmedo, del jardín del patio de la Casa Blanca, donde la lluvia de la noche había dejado charcos entre los árboles. Se posó en la rodilla de cristal de la Cantora, y con mucho cuidado, con más cuidado del que Ceniza le había visto tener nunca con nada, dejó el barro sobre su pie.

Se volvió hacia la bandada.

—Se hace cuando sufren —dijo.


Tardaron todo el día.

Subían por la escalera estrecha, cruzaban el sótano de arriba, subían por la escalera grande, cruzaban la sala del piso de cuadros, salían al patio. Llenaban el pico de barro. Volvían. Cientos de cuervos, en una fila negra que no se detenía nunca, que subía y bajaba como una respiración. Algunos traían hojas. Algunos traían musgo de los muros del patio. Pizarra trajo, en uno de sus viajes, una flor amarilla de las que crecían en los charcos, y la puso en el pelo de cristal de la Cantora antes de cubrirlo.

Cubrieron los pies. Cubrieron las piernas dobladas. Cubrieron la bata blanca, y la credencial borrosa del bolsillo, y la espalda apoyada contra la pared.

A medida que el barro la iba tapando, el canto se iba haciendo más débil.

Ceniza miraba la cajita de luz junto a la puerta. Roja. Amarilla. Roja. Roja.

Cubrieron el cuello. Cubrieron la cara, con los labios apretados y la línea entre las cejas. Cubrieron el pelo con la flor amarilla. Cubrieron el brazo levantado, desde el hombro hasta la muñeca.

Solo quedó la mano.

La palma abierta sobre el vidrio de la ventanita. Los cinco dedos de cristal, extendidos hacia la niña dormida.

Y debajo de toda esa montaña de barro, muy bajito, tan bajito que solo un pájaro podía oírlo, la madre seguía cantando. La última nota. La que sube al final de la canción y se queda flotando.

...hasta verte despertar.

Ceniza bajó al suelo. Llenó el pico de barro del último montón que habían traído. Voló hasta la ventanita y se posó en el reborde de la puerta, justo encima de la mano.

Antes de cubrirla, se acercó al cristal de los dedos. Tan cerca que su propio aliento lo empañó un poco.

Y le dijo, en la voz rota de los Cantores, la Palabra sagrada más poderosa de todas. La que solo se pronunciaba en los nacimientos y en las muertes. La que, ahora lo sabía, se le dice a los que uno no quiere perder.

—Te quiero.

Dejó caer el barro sobre la mano.


El silencio que siguió fue el más grande que Ceniza había escuchado nunca.

Era un silencio sin zumbido, sin canción, sin una sola voz de cristal en ninguna parte del mundo. Duró un segundo. Duró dos. Cientos de cuervos, inmóviles en los barandales, sin respirar casi.

Luego, junto a la puerta, la cajita de luz dejó de parpadear.

Se puso verde.

Y la puerta hizo un ruido que nadie en esa bandada había escuchado jamás: un clic profundo, metálico, seguido de un largo suspiro de aire, como el de alguien que ha estado conteniendo la respiración durante quince inviernos y por fin, por fin, la suelta.

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