Chapter 17 Lo que dicen los cuervos
Lucía
Lucía tardó tres días en poder caminar.
Los primeros dos no supo bien dónde estaba. Despertaba y se dormía, y cada vez que despertaba había algo nuevo y extraño. Había una pantalla pequeña junto a la cápsula, con letras verdes. Había un perro viejo que era Bruno, aunque no podía ser Bruno, durmiendo pegado a su costado y respirando con un silbido. Había pájaros. Muchos pájaros negros, posados en el borde de la puerta de la cámara, mirándola con ojos redondos y brillantes, en un silencio tan raro que daba miedo.
La primera vez que intentó levantarse, las piernas no le respondieron y se cayó sentada sobre el colchón de la cápsula. Se rió. No supo por qué se rió. Quizás porque Bruno levantó la cabeza, alarmado, y la miró con esos ojos nublados, y era exactamente la misma cara que ponía cuando era cachorro y ella se caía de la bicicleta.
La pantalla le explicó algunas cosas.
Eran pocas líneas. Las leyó tantas veces que se las aprendió de memoria:
Hola, Lucía. Soy TEO. > Te cargué hasta aquí hace mucho tiempo. Tu mamá te quiere mucho. > Bruno está contigo. Los cuervos son amigos. > No le tengas miedo al silencio. El silencio es seguro. > En la oficina 4-17 hay un mensaje para ti.
Al principio no sabía quién era TEO.
Y luego, en la tarde del segundo día, cuando por fin logró sentarse en el borde de la cápsula y miró hacia la puerta abierta, vio en el pasillo una máquina alta y blanca, sentada contra la pared, con la cabeza inclinada y un número estampado en el pecho. Tenía un visor oscuro, apagado, en lugar de cara. Tenía un cable grueso que salía de su costado y entraba en la cápsula, junto a la mano de Lucía.
Lucía se quedó mirándola un largo rato.
Y se acordó.
No de todo. De una luz azul. De unos brazos que la cargaban, duros pero cuidadosos. De haber abierto los ojos un momento, muy dormida, y haber preguntado algo. Y de una voz lisa, rara, que le respondió.
Lo voy a buscar.
Lucía miró a Bruno, dormido sobre el conejo de tela a sus pies.
Luego bajó de la cápsula, muy despacio, agarrándose del borde, y caminó hasta la máquina. Se arrodilló frente a ella. Le tocó el visor apagado con la punta de los dedos.
—Lo encontraste —le dijo.
La máquina no respondió.
Al tercer día pudo salir de la cámara.
Lo hizo agarrada a la pared, con las piernas temblando, con Bruno arrastrando la pata trasera a su lado. Cruzó el umbral de la puerta. Y entonces vio la montaña de barro.
Estaba pegada a la pared, junto a la puerta, con la forma de algo sentado. Era una forma alta como una persona, con las rodillas dobladas, con un brazo levantado que llegaba hasta la ventanita redonda de la puerta. El barro se había secado y se había agrietado, y estaba lleno de hojas, de musgo, de plumas negras. Arriba, donde debía estar la cabeza, había una flor amarilla marchita, medio enterrada.
Lucía se quedó quieta.
No sabía qué era. No quería saberlo.
Una de las cuervas bajó del barandal y se posó en el suelo, frente a ella. Era pequeña, con una mancha gris en el pecho. Era la que había traído el conejo. Lucía la había visto muchas veces en esos tres días, siempre cerca, siempre mirándola, siempre con la cabeza ladeada como si quisiera decirle algo.
La cuerva abrió el pico.
Y cantó.
No le salió bien. Tenía una voz rota, rasposa, como un radio mal sintonizado. Pero eran las palabras. Eran exactamente las palabras, y era exactamente la melodía, la que sube y baja como el pecho de alguien que respira dormido. La que su mamá le cantaba todas las noches de su vida, sentada en el borde de la cama, mientras le acariciaba el pelo.
Duérmete, luz de mi casa, > que la noche se hace mar; > yo me quedo en la ventana > hasta verte despertar.
Lucía se dejó caer de rodillas frente a la montaña de barro.
No lloró enseguida. Se quedó mirándola, mucho rato, con las manos sobre los muslos. Miró el brazo levantado. Miró la mano, al final del brazo, apoyada contra la ventanita de la puerta por donde se veía la cápsula vacía. Cinco dedos de barro, extendidos.
Yo me quedo en la ventana.
—Mamá —dijo.
Y entonces sí lloró.
Bruno se echó contra ella y le apoyó la cabeza en el regazo. La cuerva de la mancha gris se acercó, dando saltitos, y se quedó quieta a su lado. Y desde los barandales, desde las tuberías, desde la escalera, cientos de pájaros negros la miraron en silencio mientras lloraba, sin moverse, sin graznar, como si entendieran que eso también era parte de un rito.
Le costó una hora entera subir hasta el cuarto piso.
Se detenía en cada rellano a recuperar el aliento. Bruno la seguía escalón por escalón, sin quejarse, aunque cada escalón le costaba tanto como a ella. En el vestíbulo del primer piso vio, por primera vez, a las personas de cristal sentadas en las sillas de espera, limpias, brillantes, inmóviles. Se le erizó la piel. Pero no se detuvo. Había entendido muchas cosas en esos tres días, y la más importante era esta: algo había cuidado a esas personas. Durante mucho tiempo. Con mucho cariño.
La oficina 4-17 estaba abierta.
La computadora estaba encendida, con un fondo negro y una sola línea de texto en el centro de la pantalla:
REGISTRO 6 — PARA LUCÍA. > ¿REPRODUCIR?
Lucía se sentó en la silla de su mamá. Tenía los pies colgando; no le llegaban al suelo. Bruno se echó debajo del escritorio. La cuerva de la mancha gris entró por la ventana y se posó sobre el monitor.
Lucía apretó la tecla.
—Hola, mi amor.
Su mamá estaba sentada en esa misma silla. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y unas ojeras enormes. Pero sonreía. Era una sonrisa cansada, rota en los bordes, pero era la sonrisa de su mamá, la de las mañanas, la del desayuno, la de la puerta de la escuela.
—Si estás viendo esto, es porque despertaste. —Se le quebró la voz. Respiró hondo—. Despertaste. Lo sabía. Lo sabía, Lucía.
Se secó la cara con la manga.
—Te voy a pedir perdón primero, porque no sé cuánto tiempo tengo. Perdóname por ponerte ahí sin preguntarte. Perdóname por la mentira de Bruno. Perdóname por no estar cuando abras los ojos. Hice lo único que se me ocurrió, y no sé si estuvo bien. Nunca lo voy a saber. Eso es lo más difícil de ser mamá: que uno nunca sabe.
Afuera de la ventana de la oficina, la ciudad estaba verde y en silencio.
—El mundo que vas a encontrar va a ser muy raro —siguió su mamá—. Va a estar vacío. Vas a tener miedo. Está bien tener miedo. Pero no vas a estar sola. Le pedí a TEO que te cuidara. Es la máquina más buena que he conocido, aunque él no lo sepa. Y si tuvimos suerte, si tuvimos un poquito de suerte, a lo mejor él encontró a Bruno.
Bajo el escritorio, al oír su nombre, Bruno movió la cola.
—Hay algo más que quiero decirte. No es seguro. Es una idea. Una idea de científica, y las ideas de científica están para que alguien las compruebe. —Su mamá se inclinó hacia la cámara—. Las personas de cristal, Lucía... no creo que estén muertas. La red de Lumen no destruye las neuronas. Las conserva. Las guarda, como guarda la resina a los insectos en el ámbar. Las mantiene en una especie de sueño muy, muy profundo. Mientras la canción suena, el sueño es demasiado fuerte para romperse. Pero cuando la canción se calle, la red empezará a morir. Y cuando la red muera...
Se quedó callada.
—No sé qué va a pasar. No lo sé. Puede que nada. Puede que el cristal se quede así para siempre. Pero puede que no.
Sonrió otra vez.
—El cristal no es una tumba, mi amor. Creo que es una semilla.
Afuera, el viento soplaba entre los árboles. Ninguna estatua cantó.
—Si algún día alguien despierta, quiero que estés ahí. Para que no se despierte solo. Como no quise que te despertaras sola tú. —Puso la mano sobre la cámara, la palma abierta—. Me voy a quedar en la ventana, Lucía. Hasta verte despertar. Te quiero. Te quiero muchísimo.
La pantalla se puso negra.
Lucía se quedó mucho rato en la silla, con la mano abierta sobre el monitor, donde había estado la de su mamá.
Esa tarde, cuando el sol empezaba a bajar, subió a la azotea.
Le costó otra hora. Bruno subió con ella. La cuerva de la mancha gris la esperaba arriba, posada sobre uno de los paneles solares cubiertos de polvo y de excremento de pájaro, con otros cuervos alrededor: uno de plumas azuladas, varios jóvenes, y uno enorme, viejo, con un ala llena de cicatrices, que la miraba desde un poco más lejos, sin acercarse.
Desde allí arriba se veía toda la ciudad.
Lucía la conocía. O la había conocido. Ahí estaba el río, ahora más ancho. Ahí estaba la torre de la iglesia, cubierta de verde. Ahí estaba la avenida principal, convertida en un río de hierba. Ahí, en el cerro de enfrente, muy pequeña, casi tapada por los árboles, estaba la mancha azul de una casa con un limonero en el patio.
Todo estaba en silencio.
No era un silencio malo. Se oían los pájaros. Se oía el viento. Se oía, muy lejos, el río. Lucía se sentó en el borde de la azotea, con las piernas colgando, y Bruno se echó a su lado y apoyó la cabeza en su muslo. Ella le acarició las orejas. Él suspiró.
La cuerva de la mancha gris se acercó, dando saltitos, y se posó junto a su otra mano.
La miró.
Y dijo, en la voz rota de los Cantores, despacio, como quien hace una pregunta:
—Te quiero.
Lucía se quedó mirándola. Entendió que la cuerva no sabía lo que decía. Que lo había aprendido de alguien, de algún lugar, de alguna persona de cristal que lo cantaba cuando soplaba el viento. Que lo guardaba como un tesoro sin saber lo que valía.
Entendió que le estaba preguntando qué significaba.
Lucía pensó mucho cómo explicárselo. No había manera. No con palabras.
Así que no usó palabras.
Se agachó y abrazó a Bruno. Lo abrazó fuerte, con la cara metida en su cuello que olía a perro viejo y a polvo y a sangre seca y, debajo de todo, a algo tibio que no tenía nombre. Bruno se dejó abrazar. Movió la cola contra el piso de la azotea.
Luego Lucía levantó la cara y miró a la cuerva.
—Te quiero —le dijo, en voz bajita.
Y le acercó la mano.
La cuerva de la mancha gris la miró mucho rato, con la cabeza ladeada. Después, despacio, dio un saltito, y otro, y se subió a su mano. Se quedó allí, quieta, liviana, con las garras frías sobre sus dedos.
Abajo, la ciudad se fue poniendo dorada, y luego roja, y luego azul.
Ninguna de las personas de cristal cantó. Pero Lucía, mirándolas brillar a lo lejos con la última luz, pensó que se veían menos solas que antes.
Pensó en la máquina dormida del sótano, en su cable, en su número en el pecho.
—A ti también te voy a despertar —dijo, en voz alta, aunque nadie que pudiera entenderla la estaba escuchando.
Bruno levantó las orejas.
La cuerva, en su mano, abrió el pico.
—Ya vuelvo —dijo.
Lucía sonrió.
—Sí —le respondió—. Eso.
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