Chapter 1 Prólogo
Nadie supo nunca quién fue el primero en dormirse.
Algunos dirían después, si hubiera quedado alguien para decirlo, que fue un anciano en un asilo de Lisboa, o una mujer que viajaba en un tren nocturno entre Osaka y Kioto, o un camionero detenido al borde de una carretera en el desierto de Sonora, con el motor encendido y la radio sonando. Daba igual. Lo que importa es que se durmieron, y que mientras dormían, empezaron a cantar.
No era una canción con palabras. Era un zumbido bajo, casi tierno, como el que hace un dedo mojado al recorrer el borde de una copa de vidrio. Salía de sus pechos, de sus gargantas cerradas, de la piel que poco a poco se volvía clara, dura y luminosa. Y quien lo escuchaba sentía de pronto un cansancio dulce, una pesadez en los párpados, unas ganas enormes de recostarse un momento, solo un momento, y cerrar los ojos.
Los noticieros lo llamaron la Quietud durante los once días que hubo noticieros.
En la ciudad de Santa Clara de los Altos, que se aferraba a las montañas como un gato asustado a una cortina, la canción llegó un martes de lluvia.
La doctora Elena Arriaga la escuchó por primera vez en el pasillo del cuarto piso del Hospital San Rafael, a las once y cuarto de la noche. Venía de la habitación 312, donde un anciano llamado Aurelio Mendoza acababa de convertirse en cristal con el periódico todavía entre las manos. Elena había visto lo mismo cuarenta veces aquella semana, pero esta vez fue distinto, porque esta vez, al salir al pasillo, el zumbido no venía de una sola habitación.
Venía de todas.
Se quedó quieta. Escuchó. El hospital entero cantaba. La enfermera Marisol, en la estación del fondo, cantaba con la cabeza apoyada sobre el teclado. El guardia de la entrada cantaba. Los pacientes cantaban. El edificio vibraba como una caja de música enorme y triste.
Elena sintió el bostezo subirle por la garganta.
Se mordió la lengua hasta sentir el sabor de la sangre y echó a correr.
A tres kilómetros de allí, en una casa azul con un limonero en el patio, un cachorro de seis meses ladraba sin parar.
No entendía qué pasaba. Solo sabía que su niña se había ido en el carro blanco de la mamá, envuelta en una cobija, dormida, y que la mamá lloraba al cerrar la puerta. Sabía que la casa olía a miedo. Sabía que los vecinos ya no se movían. Y sabía, con esa certeza que solo tienen los perros, que tenía que seguir ese carro.
Saltó la cerca por primera vez en su vida. Corrió calle abajo bajo la lluvia, entre autos detenidos con sus conductores cantando detrás del volante, entre gente sentada en las aceras con la cara vuelta hacia el cielo como girasoles de vidrio. Corrió hasta que las patas le sangraron y el carro blanco dobló una esquina, y luego otra, y luego desapareció.
El cachorro se quedó en medio de la avenida, jadeando, empapado, solo.
Esa noche aprendió lo que era esperar.
En el techo del hospital, junto a los paneles solares, un pichón de cuervo con las plumas todavía desordenadas miraba la ciudad que se apagaba luz por luz.
Durante tres semanas, una mujer de bata blanca había subido cada tarde a ese techo a fumar y a llorar. Le traía pedazos de pan. Le hablaba. El pichón no entendía las palabras, pero las guardaba, como guardan los cuervos las cosas brillantes, porque algo le decía que eran valiosas.
La mujer no subió esa noche.
Pero la noche anterior, antes de irse, se había agachado frente a él con los ojos rojos y le había dicho una sola cosa, dos veces, como quien deja un mensaje en una botella:
—Lucía. Donde no llega la canción.
En el sótano del Hospital San Rafael, detrás de una puerta marcada B-2 — LABORATORIO DEL SUEÑO — CÁMARA ANECOICA, Elena Arriaga terminó de ajustar los sensores de la cápsula.
Su hija dormía adentro. Tenía nueve años, el pelo enredado y una curita de dinosaurios en la rodilla. Respiraba despacio, cada vez más despacio, mientras el líquido frío del suero entraba en su brazo. Las paredes de la cámara estaban cubiertas de cuñas de espuma gris que se tragaban cualquier sonido. Allí dentro el silencio era tan absoluto que se podía escuchar el propio corazón.
Allí dentro no llegaba la canción.
Elena apoyó la frente en el vidrio de la cápsula.
—Te vas a despertar —le susurró, aunque Lucía ya no podía oírla—. Te lo prometo. Cuando todo esto se calle, te vas a despertar. Y él te va a estar esperando.
Detrás de ella, en la penumbra del pasillo, una máquina alta y blanca esperaba instrucciones. Tenía dos brazos articulados, una cabeza lisa con un visor azul y un número estampado en el pecho: TEO-7.
—TEO —dijo Elena, sin voltearse—. Necesito que hagas algo por mí. Y luego necesito que lo olvides.
Afuera, el zumbido llegó a la puerta. La atravesó como el agua atraviesa la tela. Elena sintió que las piernas se le volvían de arena.
Selló la cámara.
Se sentó en el piso, frente a la ventanilla, con la mano extendida sobre el vidrio, como si pudiera tocar a su hija a través de él.
Y empezó a cantar.
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