La Quietud By Albert Diaz

Chapter 7 El nombre

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Bruno

Lo primero que sintió Bruno no fue alegría. Fue miedo.

Un miedo enorme, antiguo, que le subió por las patas y le llenó el pecho, porque ese sonido no podía existir. Ese sonido lo había dicho ella, solo ella, mil veces: cuando se presentaba a los otros niños en el parque, cuando la mamá la llamaba desde la cocina, cuando hablaba sola jugando con sus muñecas. Lucía. ¡Lucía, a cenar! Lucía, mi amor. Era el sonido de ella. Era el olor de la manzanilla convertido en ruido.

Y había salido del pico de un pájaro negro.

Bruno gimió. No podía evitarlo. Era un sonido que salía de lo más hondo, de un lugar que había estado cerrado durante años, y que ahora se había abierto de golpe como una puerta en una tormenta.

El pájaro dio un saltito hacia atrás, asustado. Luego lo miró ladeando la cabeza.

—Lucía —repitió, más bajo.

Bruno ladró. Fue un ladrido ronco, viejo, casi una tos. Movió la cola. Dio una vuelta sobre sí mismo, torpe, y las caderas le dolieron tanto que casi se cae, pero no le importó. Se acercó a la fuente. Olfateó el aire alrededor del pájaro, buscando. Buscando manzanilla. Buscando crayones. Buscando la cosa tibia sin nombre.

No había nada. El pájaro olía a pájaro: a plumas, a polvo, a basura.

Pero había dicho el nombre.

Bruno se sentó frente a la fuente, temblando, y miró al pájaro con todo lo que tenía. Era la única forma que conocía de hacer una pregunta.

¿Dónde?


La cuerva no hablaba el idioma de los perros, y Bruno no hablaba el idioma de los cuervos. Pero eso, aquella tarde, no importó mucho.

La cuerva saltó del borde de la fuente y voló unos metros calle arriba. Se posó en el techo de un carro y lo miró. Esperó.

Bruno la siguió.

Ella voló un poco más. Se posó en un poste. Esperó otra vez.

Bruno la siguió.

Así atravesaron la plaza, y luego la calle de las ferreterías, y luego el puente sobre el río, donde la hierba crecía entre las rejillas de hierro y las aguas marrones corrían allá abajo con un ruido de piedras. Bruno caminaba despacio. Cada pocos metros tenía que detenerse a descansar, con la lengua afuera y las patas abiertas, y la cuerva lo esperaba, posada en una baranda, mirándolo con su ojo redondo y negro, sin impacientarse. A veces, cuando él se demoraba demasiado, ella repetía el nombre en voz bajita, como quien sopla una brasa para que no se apague.

Lucía.

Y Bruno se levantaba otra vez.


Fue en la avenida de los samanes, a mitad de camino, donde los alcanzó la jauría.

Bruno los olió demasiado tarde. Estaba tan concentrado en seguir a la cuerva, tan lleno de ese nombre, que no se dio cuenta hasta que los tuvo encima. Salieron de entre los carros oxidados, de detrás de un autobús volcado, de un local con la cortina metálica levantada. Nueve. Formaron un semicírculo a su alrededor, con las cabezas bajas y los labios levantados.

Tuerto caminó hasta el frente.

Bruno sabía lo que pasaba. Lo había visto suceder otras veces, con otros perros viejos. La jauría los dejaba en paz mientras pudieran defenderse. Y luego, un día, cuando el perro viejo tropezaba, cuando se quedaba atrás, cuando olía a enfermedad, la jauría decidía.

Esa mañana, en la plaza, Tuerto le había olido las caderas.

Ahora había venido a terminar.

Bruno se plantó en medio de la avenida, con las patas abiertas, y gruñó. Le salió un gruñido feo, cascado, que no asustaba a nadie. Lo sabía. Tuerto también lo sabía. Se acercó despacio, saboreando el momento, con su único ojo amarillo fijo en el cuello de Bruno.

Bruno pensó en el conejo de tela, que se había quedado en la plaza. Pensó en la cama hundida. Pensó en el nombre.

Todavía no, pensó. Ahora no. Ahora no, que estoy tan cerca.

Tuerto se agachó para saltar.

Y entonces el cielo se le cayó encima.


Fue la cuerva.

Bajó en picada desde lo alto de un samán, tan rápido que Bruno solo vio una mancha negra, y le clavó las garras a Tuerto justo en la cara, en el lado bueno, junto al único ojo. Tuerto aulló. Sacudió la cabeza como loco. La cuerva se soltó, subió, dio una vuelta en el aire y volvió a bajar, graznando, picoteando, una y otra vez, apuntando siempre al ojo.

La jauría retrocedió, confundida. Los perros conocen bien a los gatos y a las ratas, pero no saben qué hacer con algo que ataca desde arriba.

—¡Ya vuelvo! —gritaba la cuerva, en la voz de los Cantores, con una furia que no tenía nada que ver con lo que significaban esas palabras—. ¡Apaga la luz! ¡No me olvides!

Tuerto, con el ojo cerrado y la cara sangrando, retrocedió hasta la sombra del autobús volcado. Los demás lo siguieron, gruñendo, con el rabo bajo.

No se fueron. Bruno sabía que no se iban a ir. Se quedaron allá, en la sombra, mirando. Esperando. La jauría siempre espera.

Pero por ese día, se habían detenido.

La cuerva se posó en el suelo, frente a Bruno, con las plumas erizadas y el pico manchado de rojo. Respiraba rápido. Lo miró. Y Bruno, por primera vez en muchos años, se acercó a otro animal sin miedo y le pasó el hocico, muy suavemente, por el lomo de plumas negras.

Ella se quedó quieta. Lo dejó.

Luego volvió a levantar el vuelo, se posó en el siguiente poste, y esperó.


Llegaron al pie del cerro cuando el sol empezaba a bajar.

El camino subía entre árboles, curva tras curva, hasta el gran edificio blanco con la cruz roja despintada en la fachada. Bruno se detuvo al pie de la subida. Las patas no le respondían. No era el cansancio, aunque estaba más cansado que nunca. Era ese miedo antiguo, el que siempre lo había detenido. El olor a alcohol y a metal le llegaba desde arriba con el viento, y con él, todo lo demás: la lluvia, el carro blanco, la esquina, la última vez.

La cuerva se posó en una rama baja, cerca de su cabeza.

—Lucía —dijo, despacio.

Y luego, como si hubiera estado guardándola para este momento, dijo otra cosa. Unas palabras que Bruno no entendió, porque Bruno no entendía las palabras de los humanos, solo los nombres. Pero que dijo con tanta suavidad, con un tono tan parecido al que ella usaba antes de dormir, que el perro viejo sintió algo aflojarse en el pecho.

—Donde no llega la canción.

Bruno miró el edificio blanco.

Respiró hondo, con un ruido de silbido en los pulmones viejos. Y empezó a subir.

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