Saudade By Albert Diaz

Chapter 2 La casa de la menina

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La puerta principal no estaba cerrada. Estaba hinchada por la humedad, trabada contra el marco, y Duarte tuvo que empujarla con el hombro tres veces antes de que cediera con un crujido de madera vieja.

Adentro olía a polvo, a moho y a algo más que no supe identificar en ese momento. Algo dulce. Como flores secas.

Rita encendió la linterna del celular y la paseó por el vestíbulo. Había una escalera de madera que subía al primer piso, con la baranda tallada en forma de hojas. Había un perchero con un abrigo de mujer colgado, cubierto de polvo. Había, en las paredes, paneles de azulejos azules que mostraban escenas de caza, de barcos, de jardines. Y había, en el suelo, una alfombra persa tan sucia que no se adivinaban los colores.

—Bueno —dijo Duarte, sacudiéndose el agua como un perro—. Al menos acá no llueve.

Arriba, en algún lugar del tejado, una gotera empezó a caer en un balde invisible. Toc. Toc. Toc.

—Casi no llueve —corrigió Rita.

Nos instalamos en lo que alguna vez había sido una sala de estar. Había dos sofás de terciopelo verde, con los almohadones mordidos por los ratones, y una chimenea de mármol con un espejo enorme encima, tan manchado por los años que nuestras caras se reflejaban como fantasmas borrosos. Duarte encontró unos troncos secos en un cajón junto a la chimenea y, después de varios intentos y muchas palabrotas en portugués, consiguió encender un fuego pequeño, humeante, que nos devolvió un poco de calor a las manos.

—Cuéntale —le dijo Duarte a Kiko, cuando estuvimos sentados frente al fuego, chorreando agua sobre la alfombra.

—No.

—Cuéntale. Es extranjero. Tiene que saber dónde está.

Kiko miró hacia la puerta de la sala, hacia la oscuridad del vestíbulo, y se abrazó las rodillas.

—Acá vivía una familia —dijo, por fin—. Hace mucho. Antes de que nosotros naciéramos. Un científico, su mujer y su hija. Una noche de tormenta, como esta, la hija desapareció. Nunca la encontraron. La policía buscó en toda la sierra, en los pozos, en los acantilados. Nada. Los padres se fueron de la casa y nunca volvieron.

—Y desde entonces —dijo Duarte, poniendo voz de locutor de radio— la menina vuelve. Todas las noches. Los vecinos ven luces en las ventanas. Oyen música. Algunos dicen que la vieron en el jardín, con el pelo mojado, como si acabara de salir de la lluvia.

—Por eso está la alminha en la reja —dijo Kiko—. Para las almas que no encontraron descanso. Alguien enciende la vela todas las semanas. Nadie sabe quién.

Rita resopló.

—Es una casa vieja con goteras y ratones. Las luces son reflejos de los autos en la carretera de abajo. La música es el viento en las tejas rotas. Y la vela la enciende alguna vieja del pueblo que no tiene nada mejor que hacer.

—Entonces, ¿por qué no te quedás vos sola a dormir acá? —le dijo Duarte.

Rita no respondió.

Yo miraba el espejo de la chimenea. No sé por qué. Algo me había llamado la atención: entre las manchas del vidrio, en el reflejo de la puerta de la sala, me había parecido ver un brillo. Como una llama pequeña. Pero cuando me di vuelta para mirar la puerta directamente, solo había oscuridad.

—¿Qué pasa? —me preguntó Rita.

—Nada —le dije—. Nada.


Pasó una media hora. La lluvia no aflojaba. Duarte se quedó dormido en un sofá, roncando. Rita revisaba su celular, que no tenía señal. Kiko miraba el fuego con los ojos muy abiertos, como si pudiera impedir que se apagara con solo mirarlo.

Y entonces sonó la música.

Venía de arriba. Muy bajita. Una voz de mujer, grave, temblorosa, acompañada de una guitarra que lloraba más que tocaba. No entendía las palabras, pero entendía la tristeza. Era un fado. Lo supe sin haberlo escuchado nunca en vivo, de la misma forma en que uno sabe que una canción de cuna es una canción de cuna aunque esté en otro idioma.

Kiko se puso de pie de un salto.

—¿Escuchan eso?

Duarte se despertó con un ronquido.

—¿Qué?

—La música —dijo Rita, y por primera vez en la noche su voz no sonaba racional. Sonaba asustada.

La música se detuvo.

Durante un largo momento, los cuatro nos quedamos inmóviles, escuchando. Solo la lluvia. Solo la gotera. Toc. Toc. Toc.

Luego, en la escalera del vestíbulo, se oyeron pasos.

Eran pasos suaves, lentos, de alguien que baja una escalera de madera con cuidado de no hacer ruido. Uno. Otro. Otro. Y por la puerta abierta de la sala vimos aparecer una luz. Una llama pequeña, amarilla, que bajaba flotando en la oscuridad, peldaño a peldaño.

Detrás de la llama había una figura.

Era una chica. Llevaba un vestido largo y claro, o un camisón, no lo sé, la luz era muy débil. Tenía el pelo oscuro y largo, pegado a la cara y a los hombros, chorreando agua. Tenía la piel tan pálida que parecía brillar con luz propia. Sostenía una vela en un platito de loza con una mano, y con la otra se tomaba de la baranda.

Bajó el último escalón. Levantó la cabeza.

Y nos miró.


Kiko gritó primero. Fue un grito agudo, desgarrado, que no sabía que una garganta humana pudiera producir. Después gritó Duarte, que era un grito mucho más grave pero igual de aterrado. Y después todo se convirtió en caos: Rita tirando el celular, Duarte tropezando con el sofá, Kiko corriendo hacia la ventana de la sala, abriéndola de un golpe, saltando por ella hacia el jardín bajo la lluvia. Duarte detrás de él. Rita detrás de Duarte, gritando mi nombre.

—¡Tomás! ¡TOMÁS!

Yo no me moví.

No sé por qué. Durante mucho tiempo, después, me hice esa pregunta, y la única respuesta que encontré fue la más simple: porque ella también se había asustado.

Lo vi en su cara. Cuando Kiko gritó, la chica dio un salto hacia atrás y casi se le cae la vela. Se le abrieron muchísimo los ojos. Se llevó la mano libre al pecho. Y cuando los demás huyeron por la ventana, se quedó en el umbral de la sala, temblando, mirándome a mí, el único que quedaba, con la misma expresión con la que yo la miraba a ella.

Miedo. Pero no del tipo de miedo que se le tiene a un monstruo.

El miedo que uno siente cuando lo encuentran en un lugar donde no debería estar.

Afuera, la voz de Rita se perdía entre la lluvia. ¡Tomás! La de Duarte, más lejos. Luego, solo el agua.

La chica y yo nos quedamos mirándonos, con la chimenea humeando entre los dos.

—Perdón —dijo ella, por fin, en portugués. Tenía una voz suave, un poco ronca, como de alguien que acaba de despertarse—. No sabía que había alguien. Yo... me sorprendió la lluvia.

Bajé la mirada. Tenía los pies descalzos. Estaban mojados.

—A nosotros también —le dije.

Ella sonrió. Fue una sonrisa pequeña, nerviosa, que le duró apenas un segundo. Pero en ese segundo la vela le iluminó la cara entera, y vi que no era ningún fantasma. Era una chica de mi edad, quizás un poco menor, con las cejas oscuras y espesas, la nariz un poco torcida, una peca en la mejilla izquierda y los labios morados de frío.

—Tus amigos se asustaron —dijo.

—Creyeron que eras un fantasma.

Ella se rió. Una risa breve, sorprendida, que le salió por la nariz.

—¿Yo? —dijo—. Qué tontos.

Y entró a la sala, se sentó en el otro sofá, frente al fuego, dejó la vela sobre la mesita de centro y se escurrió el pelo con las dos manos. Las gotas cayeron sobre la alfombra.

—Me llamo Inês —dijo—. Y esta, aunque ya no lo parezca, es mi casa.

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