Chapter 3 Las palabras sagradas
Ceniza
La abuela Hollín se estaba muriendo, y toda la bandada lo sabía.
Lo sabían por el modo en que se había quedado quieta en la rama más baja del gran árbol de mango, con las plumas infladas y los ojos medio cerrados. Lo sabían porque ya no bajaba al basurero de la plaza a pelear por las cáscaras. Lo sabían, sobre todo, porque desde hacía tres días no recitaba las Palabras.
Para un cuervo de Santa Clara de los Altos, eso era como dejar de respirar.
Ceniza se posó a su lado al amanecer, cuando el resto de la bandada todavía dormía en las ramas altas. Era una cuerva joven, de dos inviernos apenas, con una mancha gris en el pecho que le había dado su nombre y que los demás encontraban fea. Era también, según el jefe de la bandada, la cuerva más preguntona que había nacido nunca en el mango, y eso no era un elogio.
—Abuela —le dijo, en la lengua de los cuervos, que es una lengua de chasquidos, inclinaciones de cabeza y pequeños gestos de las plumas—. Te traje agua.
Le había traído una tapa de botella llena de rocío. La abuela Hollín la miró con un ojo nublado y no bebió.
—Recítalas tú —le dijo, con un graznido tan débil que parecía el crujido de una hoja seca—. Quiero oírlas antes de irme.
Ceniza se irguió en la rama. Infló el pecho. Y, como le habían enseñado desde que era un pichón, abrió el pico y dejó salir los sonidos sagrados, los sonidos de los Cantores, en la voz rara y rota que los cuervos usaban solo para eso.
—Buenos días.
La abuela cerró los ojos.
—Ya vuelvo.
—Apaga la luz.
—Mi amor.
—No me olvides.
Hizo una pausa. Siempre dejaba para el final la más difícil, la que los cuervos viejos decían que era la más poderosa de todas, la que solo se pronunciaba en los nacimientos y en las muertes.
—Te quiero.
Nadie en la bandada sabía qué significaban las Palabras.
Ese era el primer misterio que aprendía un pichón, antes incluso que a volar. Las Palabras venían de los Cantores, los grandes seres de cristal que dormían por toda la ciudad, en las calles, en las casas, dentro de las cajas de metal con ruedas que ya no se movían. Cuando el viento soplaba entre ellos, los Cantores cantaban, y a veces, entre el zumbido, dejaban escapar uno de esos sonidos.
Los cuervos los recogían como recogían los anillos y las tapas brillantes: con cuidado, con codicia, con reverencia. Los repetían de generación en generación. Algunos decían que eran oraciones. Otros, que eran nombres. Garra, el jefe de la bandada, un cuervo enorme con una cicatriz en el ala izquierda, decía que eran órdenes de los Cantores, y que el día que los cuervos las entendieran, los Cantores despertarían y les darían de comer para siempre.
Ceniza no creía eso. Ceniza creía que las Palabras eran algo mucho más simple y mucho más triste, aunque no sabía qué.
Una vez, el invierno anterior, había pasado una tarde entera posada sobre una Cantora en el parque, una mujer de cristal sentada en un banco con un hombre de cristal al lado, los dos tomados de la mano. El viento sopló y la mujer cantó, y entre el zumbido Ceniza escuchó, clarísimo, te quiero. Y luego el hombre, como respondiendo, cantó lo mismo.
Ceniza se quedó allí hasta que oscureció, sin saber por qué le dolía el pecho.
—Abuela —dijo ahora, bajando la voz—. Tú los conociste, ¿verdad? Cuando todavía se movían.
Era una pregunta prohibida. Los cuervos viejos no hablaban de antes. Garra decía que hablar de antes traía mala suerte y hambre. Pero la abuela Hollín era la cuerva más vieja que existía. Había nacido antes de la Gran Calma, cuando los Cantores caminaban y gritaban y llenaban la ciudad de ruido y de basura deliciosa. Todos lo sabían, aunque nadie se atrevía a preguntarle.
La abuela abrió un ojo.
Durante un largo momento no dijo nada. Ceniza pensó que se había dormido, o que se había muerto, o que la iba a picotear por insolente.
—Una —dijo la abuela por fin—. Conocí a una.
Ceniza contuvo el aliento.
—Me daba de comer —siguió la abuela, y su voz sonaba lejana, como si viniera desde el fondo de un pozo—. En el techo de la Casa Blanca. Donde ahora vive la bestia de metal. Era pequeña para ser una de ellos. Olía a humo. Lloraba todo el tiempo. Me hablaba.
—¿Qué te decía?
—Muchas cosas. No las entendí. Las guardé todas, pero se me fueron perdiendo con los inviernos. —Hizo una pausa larga, ronca—. Menos dos.
—¿Cuáles?
La abuela Hollín levantó la cabeza. Por un instante, el ojo nublado se aclaró, y Ceniza vio en él algo que no había visto nunca en un cuervo: miedo, y también una especie de urgencia, como si se le estuviera acabando el tiempo para entregar algo.
—Escúchame bien, pichona. Estas dos no son Palabras de los Cantores. Ningún Cantor las ha cantado jamás. Las busqué toda mi vida, en todas las calles, y ninguno las tiene. Me las dio ella, viva, con su propia voz. Nadie más las sabe. Nadie más en el mundo.
Ceniza se acercó tanto que sus plumas rozaron las de la abuela.
La abuela abrió el pico. Y en la voz rota, sagrada, de los Cantores, dijo:
—Lucía.
Ceniza sintió un escalofrío desde el pico hasta la cola. Era un sonido hermoso. Suave como la lluvia sobre una hoja. Nunca lo había oído.
—Donde no llega la canción —dijo la abuela.
Y luego, en la lengua de los cuervos, más bajo todavía:
—Encuéntrala.
—¿A quién? ¿Qué es Lucía? ¿Dónde es «donde no llega la canción»? Abuela...
Pero la abuela Hollín ya no la miraba. Miraba hacia el sur, más allá de los techos rotos y los árboles que habían reventado el asfalto, hacia el edificio blanco y alto del cerro, donde los paneles del techo brillaban con el sol de la mañana.
Hacia la Casa Blanca.
Se quedó así, mirando, hasta que el sol estuvo alto. Y luego, sin hacer ruido, se soltó de la rama y cayó entre las hojas.
La bandada entera bajó al suelo para despedirla.
Hicieron lo que hacen siempre los cuervos cuando muere uno de los suyos: formaron un círculo en silencio, la miraron, y luego, uno por uno, trajeron una hoja, una ramita, un poco de barro en el pico, y la fueron cubriendo hasta que no quedó a la vista ni una sola pluma.
Garra presidió el rito desde una piedra, con el ala cicatrizada medio abierta.
—Que descanse en la Calma —dijo—. Que los Cantores la reciban.
—Te quiero —recitaron todos, en coro.
Ceniza no recitó. Estaba mirando hacia el cerro, hacia la Casa Blanca, y repetía en silencio, sin abrir el pico, para no olvidarla nunca, la palabra que nadie más en el mundo conocía.
Lucía.
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