La Quietud By Albert Diaz

Chapter 4 El olor de la manzanilla

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Bruno

El perro viejo se despertó, como todas las mañanas, en la cama de la niña.

Ya casi no quedaba cama. Quedaba el colchón, hundido en el medio con la forma exacta de su cuerpo, y una sábana que alguna vez había sido rosada y ahora era del color de la tierra. Quedaban cuatro paredes con el papel tapiz despegado, un póster de un planeta con anillos que la humedad había convertido en una mancha, una ventana sin vidrios por la que entraban las hojas del limonero. Quedaba, sobre todo, un peluche de conejo con una oreja arrancada, que el perro tenía siempre entre las patas delanteras y que ya no olía a nada.

Bueno. Casi a nada.

El perro hundió el hocico en el conejo, como hacía cada mañana, y buscó.

Allí estaba. Debajo del moho, del polvo, del olor a perro viejo que lo había impregnado todo, muy al fondo, tan débil que cualquier otro animal lo habría pasado por alto: manzanilla. Jabón de manzanilla y crayones de cera y algo más, algo tibio que no tenía nombre, que era simplemente ella.

Se llamaba Bruno. Eso lo sabía porque ella se lo había dicho miles de veces, con esa voz aguda y rápida, tan llena de risa: Bruno, ven. Bruno, no. Bruno, ¡te quiero, perro tonto! Era lo único que le quedaba de su voz. Su nombre en la boca de ella.

Se levantó despacio. Le dolían las caderas. Le dolían desde hacía varios inviernos, y cada invierno un poco más. Tenía el hocico completamente blanco y los ojos empezaban a llenársele de una niebla azulada que convertía el mundo en sombras. Ya no saltaba la cerca. Salía por un hueco que él mismo había cavado debajo, años atrás, cuando todavía tenía fuerzas para cavar.

Pero salía. Todos los días, salía.

Tenía que seguir buscando.


La ciudad que recorría Bruno no era la ciudad que había sido.

Los árboles se la habían comido. Las raíces de los mangos y los samanes habían levantado las aceras como si fueran tapas de cajas. Las enredaderas colgaban de los balcones. En la avenida principal, donde antes no se podía cruzar sin que un carro tocara la bocina, ahora crecía la hierba hasta la altura del lomo de Bruno, y entre la hierba estaban los carros, oxidados, con las puertas abiertas o cerradas, y dentro de muchos de ellos estaban ellos.

Bruno no tenía nombre para ellos. Eran personas, pero no olían a personas. No olían a nada. Eran fríos y duros y brillantes, y cuando el viento soplaba hacían un ruido que le erizaba el pelo del lomo y le daba unas ganas inmensas de aullar.

Durante los primeros años les había tenido miedo. Después, cuando entendió que no se movían, empezó a acercarse. Y finalmente, cuando entendió que ella tenía que estar en algún lugar entre todos ellos, empezó a buscarla.

Los había olido a todos. O eso le parecía. A todos los pequeños, al menos. Había recorrido la escuela de ladrillos rojos donde ella pasaba las mañanas, y en un salón con dibujos en las paredes había encontrado a veinte niños de cristal sentados en sus pupitres, con la cabeza sobre los brazos, como si tomaran una siesta. Los había olido uno por uno. Ninguno era ella. Había recorrido el parque, la heladería, la casa de la abuela con las matas de helecho, la iglesia, el mercado. Había recorrido calles que no conocía y barrios donde los otros perros le gruñían.

Ninguno era ella.

Pero Bruno no sabía hacer otra cosa que buscar, así que seguía buscando.


A media mañana, cerca de la plaza del mercado, se encontró con la jauría.

Los olió antes de verlos: olor a sangre seca, a hambre, a pelo sucio. Eran nueve. Perros que habían sido de alguien, alguna vez, y que ya no se acordaban. Bruno había corrido con ellos durante un invierno, cuando era joven y estaba demasiado solo, antes de entender que él no era como ellos, que él todavía tenía un nombre.

El jefe se llamaba Tuerto, aunque eso no era un nombre, sino lo que le faltaba. Era un mestizo enorme, gris, con una cuenca vacía y los dientes partidos. Se plantó en medio de la calle y le enseñó los colmillos.

Bruno se quedó quieto. Bajó la cabeza, pero no la cola. Había aprendido hacía mucho que, si bajaba la cola, lo mordían.

Tuerto se acercó despacio, rodeándolo. Lo olió. Bruno sintió el aliento caliente en el cuello, en las patas traseras, en las caderas que le temblaban. Sabía lo que estaba oliendo Tuerto. Estaba oliendo los años. El cansancio. El momento, cada vez más cercano, en que el perro viejo de la casa azul ya no podría defenderse.

—Todavía no —gruñó Bruno, en la lengua sin palabras de los perros.

Tuerto se rió con los dientes. Pero se apartó.

Todavía no.


Esa tarde Bruno subió hasta el mirador del cerro, como hacía a veces cuando el dolor de las caderas no lo dejaba seguir buscando y necesitaba echarse en un lugar alto. Desde allí se veía casi toda la ciudad: el río marrón, los techos rotos, las torres de la iglesia cubiertas de musgo, los árboles. Y del otro lado, en el cerro de enfrente, el gran edificio blanco con la cruz roja medio despintada en la fachada.

Bruno no iba nunca allí.

Lo evitaba como evitaba el fuego. No sabía explicar por qué; los perros no se explican las cosas. Solo sabía que ese edificio olía a alcohol, a metal, a algo blanco y frío que se movía adentro y que no era ni persona ni animal. Y sabía, en el fondo de su cuerpo, en un lugar más hondo que la memoria, que esa era la dirección en la que había ido el carro blanco aquella noche, la noche de la lluvia, cuando corrió hasta que le sangraron las patas.

La dirección en la que la había perdido.

Nunca había llegado hasta allá. Algo lo detenía siempre. Algo que en un humano se habría llamado miedo de encontrar lo que uno busca, y descubrir que ya no está.

Bruno apoyó la cabeza sobre las patas y miró el edificio blanco hasta que el sol se puso y sus ojos nublados ya no distinguieron nada. Entonces el viento empezó a soplar, y abajo, en toda la ciudad, miles de personas de cristal empezaron a cantar.

Bruno cerró los ojos y escuchó.

A veces, solo a veces, en medio de ese coro inmenso y triste, le parecía oír una voz pequeña, aguda, que lo llamaba por su nombre.

Siempre era mentira.

Pero él seguía escuchando.

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