Chapter 5 Sótano B-2
TEO
REGISTRO — TEO-7
08:52:40 — Descendiendo a nivel B-1.
Frecuencia cardíaca, Canal 77: 4 lpm.
Estado de energía: 70 %
Nunca he bajado al sótano B-2.
Lo digo con precisión porque es un dato que acabo de verificar y que me produce una sensación que no sé clasificar. En 5.611 días he recorrido cada metro cuadrado de este hospital. He limpiado los quirófanos, la morgue, la lavandería, la sala de calderas, la azotea. He contado las baldosas del vestíbulo: 4.208. He reparado las tuberías del segundo piso tres veces. Pero el nivel B-2 no aparece en mi mapa de rutas. Cuando consulto el plano del edificio, el sótano termina en B-1, en el depósito de equipos viejos.
Y sin embargo, al final del depósito, detrás de unos estantes metálicos llenos de sillas de ruedas oxidadas, hay una escalera.
Me detengo frente a ella.
Mis sensores me dicen que he pasado frente a este estante 1.893 veces. Mis sensores me dicen que la escalera estaba ahí todas esas veces. Lo que mis sensores no me dicen es por qué nunca la vi.
Hasta ahora creía que no ver algo era una función exclusiva de los humanos.
La escalera baja doce peldaños en la oscuridad. Enciendo mis luces frontales. Al pie hay un pasillo corto, de paredes de concreto sin pintar, y al final del pasillo, una puerta metálica gruesa, con un letrero:
B-2 — LABORATORIO DEL SUEÑO
CÁMARA ANECOICA — NO ABRIR DURANTE SESIÓN
Y delante de la puerta, sentada en el piso, una mujer de cristal.
Me detengo a tres metros de ella.
Está sentada con las piernas dobladas hacia un lado, la espalda apoyada contra la pared y el brazo derecho extendido hacia arriba, con la palma abierta sobre la pequeña ventanilla redonda de la puerta. Como si quisiera tocar algo del otro lado. Su cabeza está inclinada contra el metal. Tiene puesta una bata blanca, y en el bolsillo de la bata, una credencial del hospital, que la humedad ha borrado casi por completo. Solo se distingue el apellido.
ARRIAGA.
Mis bases de datos la encuentran en 0,03 segundos. Doctora Elena Arriaga Vidal. Neuróloga. Jefa del Departamento de Trastornos del Sueño. Cuarenta y un años.
Conozco su cara. La he visto en el directorio de personal 5.611 veces, en la foto que cuelga en la pared del cuarto piso, junto al ascensor. Pero no sabía dónde estaba. En mis registros, la doctora Arriaga figura como ausente — paradero desconocido. Es la única persona del personal que nunca encontré.
Estaba aquí. Todo este tiempo, estaba aquí abajo, sentada en la oscuridad, a doce peldaños de mí.
Me acerco. Le limpio el polvo de la cara con el paño de microfibra, como hago con todos. Tiene una capa gruesa, de quince años, y debajo el cristal es transparente, casi sin color, como el agua. Hay algo extraño en su expresión. Los demás pacientes tienen caras tranquilas, de sueño. Ella no. Ella tiene los labios apretados y una línea entre las cejas.
Ella estaba resistiendo.
—Buenos días, doctora Arriaga —le digo.
Ella no canta. Aquí abajo no hay viento.
Por encima de su mano de cristal, a través de la ventanilla, se ve el interior de la cámara.
Ajusto el zoom de mi visor. Las paredes están cubiertas de cuñas de espuma gris, desde el piso hasta el techo, como los dientes de un animal enorme. En el centro hay una cápsula de vidrio y metal, del tamaño de una cama pequeña, conectada a un banco de baterías y a un monitor que parpadea con una luz verde muy débil.
Y dentro de la cápsula hay una niña.
Está boca arriba, con las manos sobre el pecho. Tiene el pelo oscuro y largo, enredado sobre la almohada. Tiene puesta una bata de hospital con dibujos de estrellas y, en la rodilla izquierda, una curita con un dinosaurio verde.
No es de cristal.
Mis sensores lo confirman, una y otra vez, con una insistencia que casi parece desesperada: la piel de la niña tiene color. Es pálida, casi gris, pero es piel. Tiene poros. Tiene una pequeña cicatriz en la barbilla. Tiene las uñas un poco largas.
Y el pecho se le levanta.
Muy despacio. Una vez cada quince segundos. Pero se le levanta.
MONITOR REMOTO — CANAL 77
Frecuencia cardíaca: 4 lpm.
Frecuencia respiratoria: 4 rpm.
Temperatura corporal: 31,2 °C.
Paciente: [ACCESO DENEGADO — PROTOCOLO VIGILIA]
Me quedo inmóvil frente a la ventanilla durante cuatro minutos y doce segundos. Es el tiempo más largo que he permanecido sin ejecutar ninguna tarea desde el día cero.
En ese tiempo hago una lista mental. Es lo que hago cuando no sé qué hacer.
Uno: hay una paciente viva en mi hospital.
Dos: ha estado viva durante 5.611 días, y yo no lo sabía.
Tres: la última persona que la vio despierta está sentada a mis pies, convertida en cristal.
Cuatro: hace quince años, mi brazo derecho cargó a un niño. Y hace quince años, alguien borró cuatro horas y trece minutos de mi memoria.
Cinco: yo nunca había bajado al sótano B-2.
Pero cuando miro el suelo del pasillo, iluminado por mis luces, hay huellas en el polvo. Las huellas de unas ruedas grandes, de goma, con un dibujo hexagonal. Llegan hasta la puerta. Dan la vuelta. Se van.
Bajo la mirada hacia mis propias ruedas.
El dibujo es hexagonal.
Intento abrir la puerta.
No tiene manija. Tiene un panel con un teclado numérico y un lector de huellas. Conecto mi puerto de diagnóstico al panel y la respuesta llega de inmediato:
CÁMARA SELLADA. APERTURA BLOQUEADA HASTA CONDICIÓN DE SILENCIO.
UMBRAL ACÚSTICO EXTERIOR ACTUAL: 4,1 dB (FRECUENCIA RESONANTE).
UMBRAL REQUERIDO: 0,0 dB.
AUTORIZACIÓN: DRA. E. ARRIAGA / PROTOCOLO VIGILIA.
Condición de silencio.
Aquí abajo no hay viento, pero el panel registra un sonido. Muy débil. Una vibración en la frecuencia de los pacientes. Busco su origen con mis micrófonos y lo encuentro enseguida: viene de la doctora Arriaga. De su pecho. De su garganta cerrada. Es un zumbido tan tenue que mis oídos humanos, si los tuviera, no lo podrían percibir. Pero está ahí.
Aun sin viento, ella sigue cantando.
Hay otro dato en el panel, uno que encuentro solo después, en la segunda revisión, cuando ya estoy a punto de desconectarme:
RESERVA ENERGÉTICA DE LA CÁPSULA: 11 %.
AUTONOMÍA ESTIMADA: 9 DÍAS, 6 HORAS.
ADVERTENCIA: DEGRADACIÓN DEL BANCO DE BATERÍAS. SE INICIÓ RECALENTAMIENTO PROGRESIVO DEL SUJETO.
Entiendo, de pronto, por qué hay un pulso.
No es que la niña se esté despertando. Es que la cápsula se está muriendo. El frío que la mantenía suspendida se está escapando, y su corazón, tan despacio, tan torpemente, está respondiendo al calor.
Nueve días.
En nueve días, la cápsula se apagará. Y entonces la niña se despertará en una cámara sellada que no se abrirá mientras la doctora siga cantando. O no se despertará nunca.
REGISTRO — TEO-7
09:31:05 — Nueva tarea creada.
Descripción: [sin descripción]
Prioridad: MÁXIMA.
Mi sistema me pide una descripción para la tarea. No sé qué escribir. En mis plantillas hay opciones como mantenimiento correctivo, atención al paciente, traslado, emergencia médica. Ninguna es exacta.
Al final escribo lo único que se me ocurre.
No dejarla sola.
Me siento en el piso del pasillo, junto a la doctora Arriaga, con la espalda contra la pared. Es una postura ineficiente para un robot de mi diseño. Me desgasta las articulaciones de la cadera. Lo sé, y la adopto igual.
Desde aquí puedo ver la cápsula por la ventanilla. Puedo ver el pecho de la niña levantarse una vez cada quince segundos.
Los cuento.
Hasta la noche, cuento 2.341.
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