Chapter 3 Ainda não
Hablamos durante una hora.
O ella habló, más bien. Yo la escuchaba, sentado en el sofá de terciopelo con la ropa mojada pegada al cuerpo, sin poder dejar de mirarla, mientras el fuego se iba apagando y la lluvia seguía cayendo afuera como si no fuera a parar nunca.
Me contó que había vivido en la Quinta das Glicínias toda su infancia. Que su padre era físico y su madre cantante. Que se habían mudado a Lisboa hacía un tiempo —no dijo cuánto, y yo no pregunté— y que la casa se había quedado vacía. Que a ella no le gustaba Lisboa. Que en Lisboa no había niebla.
—Así que vengo —me dijo, encogiéndose de hombros—. Todas las tardes. A veces me quedo hasta la noche. Me gusta estar aquí. Es el único lugar donde me siento en paz.
—¿Tus padres saben?
Lo pensó un momento, con la cabeza ladeada.
—Mi madre sabe que me gusta esta casa —dijo—. Siempre me dice que no llegue tarde.
—¿Y hoy no vas a llegar tarde?
Ella miró hacia el vestíbulo. Hacia la escalera. Después volvió a mirarme y sonrió.
—Ainda não —dijo.
Todavía no.
Le conté de mí. Más de lo que había contado en meses. Le hablé de Colonia del Sacramento, con sus calles de piedra que bajan hasta el río, sus faroles, sus casas portuguesas de techos bajos, su faro blanco y la puesta de sol más bonita del mundo, sobre un río tan ancho que parece mar. Le hablé de mi abuela Aurora, de la maleta de cartón, de la frase del testamento. Le hablé de la carrera que había dejado, de no saber qué hacer, de sentir que no era ni de allá ni de acá.
Ella me escuchó con una atención que me desarmó. No me interrumpió nunca. Cuando le conté de mi abuela, se le humedecieron los ojos.
—Eso es saudade —me dijo cuando terminé.
—Ya sé lo que es la saudade.
—No —dijo ella—. Sabes la palabra. No es lo mismo.
Se inclinó hacia adelante, con los codos en las rodillas.
—La saudade no es solo extrañar algo —me dijo—. Es extrañar algo que sabes que no va a volver, y seguir esperándolo de todos modos. Es tu abuela comprando una casa a la que nunca iba a venir. Es tu abuela mandándote a ti, para que vinieras por ella. Es amar algo que está lejos, con tanta fuerza, que de alguna manera, lo traes un poquito más cerca.
La miré. El fuego le hacía brillar el pelo mojado.
—¿Tú sientes saudade? —le pregunté.
Ella se quedó callada mucho rato. Afuera, la lluvia empezó a aflojar.
—Siempre —dijo, por fin—. Pero no sé de qué.
Hubo un detalle esa noche que no noté en ese momento y que después, mucho después, no pude dejar de recordar.
Fue cuando ella me preguntó qué música me gustaba. Le dije unos nombres. Bandas uruguayas, argentinas, algunas cosas en inglés que escuchaba todo el mundo. Ella no conocía ninguna. Ni una sola.
—¿Y a ti? —le pregunté.
—Amália, claro —dijo, refiriéndose a Amália Rodrigues, la reina del fado, que hasta yo conocía—. Y mi madre. Y hay una banda nueva que me encanta. Se llaman Madredeus. Sacaron su primer disco este año. Graban en un convento viejo de Lisboa, de noche, para que suene a iglesia. La cantante tiene una voz... —Cerró los ojos, buscando la palabra—. Como si el agua cantara.
—Madredeus —repetí. No la conocía.
—Algún día te presto el casete —me dijo.
Lo anoté mentalmente para buscarla después. Me pareció raro que alguien de mi edad dijera casete. Pensé que sería una forma de hablar. Una expresión portuguesa.
No lo era.
A eso de las once y media, la lluvia se detuvo.
Lo noté porque el silencio llegó de golpe, como cuando se apaga un ventilador que llevaba mucho tiempo encendido. Solo quedó la gotera, cada vez más lenta. Toc... toc...
Inês se puso de pie. Tomó la vela.
—Tengo que irme —dijo.
—¿Ahora? Es casi medianoche. ¿Cómo vas a volver a Lisboa?
—Mi madre me espera —dijo, como si eso respondiera la pregunta.
—Te acompaño hasta la carretera. Por lo menos hasta...
—No. —Lo dijo rápido. Después suavizó la voz—. No, gracias. Conozco el camino. Lo hago todas las noches. Tus amigos deben estar buscándote.
Se dio vuelta hacia el vestíbulo. Yo me levanté también, sin saber muy bien qué hacer.
—¿Vas a volver mañana? —le pregunté.
Ella se detuvo en el umbral de la sala. Me miró por encima del hombro, con la vela iluminándole media cara.
—Vengo todas las tardes —dijo—. ¿No te lo dije?
Y salió al vestíbulo.
Escuché sus pasos sobre las baldosas. Escuché que no iban hacia la puerta principal, sino hacia el fondo de la casa, hacia la cocina. Escuché una puerta que se abría, con un chirrido. Escuché, o creí escuchar, unos pasos que bajaban una escalera.
Fui detrás de ella.
La cocina estaba a oscuras. Encendí la linterna del celular. Había una mesa de madera, una cocina de hierro oxidada, una radio vieja en una repisa, y sobre la radio, colgado en la pared, un reloj redondo, con la esfera amarillenta. Al fondo, una puerta abierta daba a una escalera de piedra que bajaba hacia la oscuridad.
—¿Inês? —llamé.
Nadie respondió.
Bajé tres escalones, alumbrando con el celular. La escalera terminaba en una puerta de madera, cerrada con un candado enorme, oxidado, cubierto de telarañas.
Un candado que nadie había abierto en años.
Volví a subir. Recorrí la cocina, el vestíbulo, la sala. Abrí la puerta principal. Afuera, el jardín estaba en silencio, empapado, brillante bajo una luna que asomaba entre las nubes. No había nadie. No había huellas en el barro del camino, salvo las nuestras, las de cuatro personas que habían entrado corriendo una hora antes, y las de tres personas que habían salido corriendo después.
Ninguna huella de unos pies descalzos.
Volví a entrar a la cocina, sin saber qué buscaba.
El reloj sobre la radio estaba detenido. Las agujas, cubiertas de polvo, marcaban las 23:47.
Miré mi celular.
Eran las 23:47.
Encontré a mis amigos media hora después, en la carretera, bajo una farola, empapados, temblando, a punto de llamar a la policía. Kiko lloraba. Duarte me abrazó tan fuerte que me levantó del suelo. Rita me dio un empujón en el pecho y me gritó en portugués cosas que no voy a repetir.
—¿Qué pasó? —me preguntó Duarte, cuando por fin se calmaron—. ¿Qué era?
Pensé en la vela. En el pelo mojado. En la risa que le salía por la nariz. En los pies descalzos que no dejaban huellas.
—Una chica —dije—. Se había refugiado de la lluvia, como nosotros.
Rita se me quedó mirando.
—¿Y dónde está?
—Se fue.
—¿Adónde?
No supe qué responderle.
Esa noche, en la casa de mi abuela, no dormí. Me quedé sentado junto a la ventana, mirando la niebla que volvía a subir por la sierra, y por primera vez desde que había llegado a Portugal, busqué algo en internet.
Madredeus. Primer disco.
El resultado apareció en un segundo.
Os Dias da Madredeus. Año de lanzamiento: 1987.
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