Interludio Interludio I
Inês
Siempre llego cuando cae la tarde.
No recuerdo el camino. Eso es lo raro. Sé que vengo de Lisboa, porque allí viven mis padres ahora, pero no recuerdo el tren, ni el autobús, ni la subida por la carretera de la sierra. Recuerdo solo que, de pronto, estoy en el jardín. La glicina sobre mi cabeza. El olor de la tierra mojada. Y la casa, esperándome.
Mamá dice que soy distraída. Que un día voy a olvidarme la cabeza. Tiene razón.
La casa está más vieja cada vez que vengo. Eso también es raro. Sé que nos fuimos hace poco, pero los muebles están cubiertos de polvo como si hubieran pasado años, y la glicina ha trepado hasta el tejado, y en el techo de mi cuarto hay una mancha de humedad con forma de pájaro que no estaba antes. Me digo que es la sierra. Que en Sintra la humedad se come las cosas muy rápido. Me lo digo y me lo creo, y me siento en mi cama, y pongo el casete de mamá en la radio, y escucho.
Esta noche había un chico.
Tenía un acento extraño, cantado, como si las palabras le subieran y le bajaran por la boca. Tenía los ojos tristes de alguien que vino de muy lejos. Se rió cuando me reí. No salió corriendo.
Me gustó que no saliera corriendo.
Cuando la lluvia se detiene, siempre sé que tengo que irme. No sé por qué. Es como una campana que suena adentro de mí. Bajo a la cocina. Miro el reloj. Bajo la escalera del sótano.
Y después no recuerdo nada más, hasta la tarde siguiente.
Mamá dice que soy distraída.
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