Chapter 4 Travesseiros y casetes
Volví a la tarde siguiente.
No se lo dije a nadie. Ni a Duarte, que en la pastelería me había mirado toda la mañana con cara de preocupación, ni a Rita, que me había mandado tres mensajes preguntándome si estaba bien, ni a Kiko, que según Duarte no había dormido en toda la noche y había ido a misa con su abuela a primera hora, cosa que no hacía desde la primera comunión.
Salí del trabajo a las seis. Compré dos travesseiros recién horneados, los metí en una bolsa de papel y subí caminando por la sierra.
Me dije que iba a ver si estaba. Me dije que iba a comprobar que era una chica normal, rara pero normal, y que lo del disco tenía una explicación. Que a lo mejor le gustaba la música vieja, como a mí me gustaba la música que escuchaba mi abuela. Que a lo mejor este año era una forma de hablar. Me dije muchas cosas mientras subía, con la niebla enredándose en los árboles y el ruido de mis pasos sobre las hojas mojadas.
Ninguna me la creí.
La vela de la alminha estaba encendida.
Me detuve frente al pequeño altar de azulejos, junto a la reja. De día se veía mejor: las figuras pintadas en azul cobalto eran hombres y mujeres desnudos, de rodillas entre llamas, con las manos levantadas hacia un ángel que les tendía una cuerda. Debajo, en letras antiguas, decía: Ó vós que ides passando, lembrai-vos de nós que estamos penando. Oh, vosotros que vais pasando, acordaos de nosotros, que estamos penando.
Alguien había dejado flores frescas junto a la vela. Hortensias azules.
Empujé la reja.
Estaba en el jardín.
Sentada en el borde de una fuente seca, cubierta de musgo, debajo de la glicina. Llevaba el mismo vestido claro de la noche anterior, un vestido sencillo, de algodón, con un cuello redondo, y un suéter de lana gris encima, demasiado grande para ella. Tenía el pelo mojado.
No llovía.
Cuando me vio, se puso de pie de un salto. Y sonrió, con una sonrisa enorme, sorprendida, que le iluminó la cara entera.
—¡Volviste! —dijo.
—Te dije que iba a volver.
—No. Me preguntaste si yo iba a volver. —Se acercó, con los brazos cruzados contra el pecho—. No dijiste nada de ti.
Le tendí la bolsa de papel. Ella la miró, desconfiada. La abrió. Metió la nariz.
—¡Travesseiros! —Levantó la vista hacia mí, con los ojos brillantes—. ¿De la Piriquita?
—Trabajo ahí.
—¡Mentira! —Se rió—. Mi padre me llevaba los domingos, después de misa. Siempre pedía dos, uno para mí y uno para mi madre, y yo me comía los dos en el camino y le decía a mamá que se habían acabado.
Sacó uno de la bolsa. Lo sostuvo entre los dedos, mirándolo, oliéndolo, como si fuera algo muy valioso.
No lo mordió.
—¿No te gustan? —le pregunté.
—Me encantan. —Lo volvió a guardar en la bolsa, con cuidado—. Lo guardo para después.
Lo dejó sobre el borde de la fuente. Esa noche, cuando se fue, la bolsa seguía allí. Y la tarde siguiente, cuando volví, seguía allí también, con los dos travesseiros adentro, intactos, húmedos por el rocío.
Volví la tarde siguiente. Y la otra. Y la otra.
Noviembre avanzó, frío y lluvioso, y yo me fui acostumbrando a una rutina que no se parecía a nada que hubiera vivido antes. Trabajaba en la pastelería hasta las seis. Subía por la sierra. La encontraba en el jardín, o en la sala, o en su cuarto, en el primer piso, sentada en una cama con un colchón hundido junto a una radio a pilas, escuchando casetes. Y nos quedábamos hablando hasta que la lluvia, o el silencio, le decían que tenía que irse.
Nunca salía de la quinta.
Lo noté a la segunda semana. Una tarde le propuse caminar hasta el Palacio da Pena. Le dije que nunca había entrado, que quería que me lo mostrara, que con ella sería distinto. Ella miró hacia la reja, hacia el camino, hacia la sierra que se perdía en la niebla. Se quedó callada mucho rato.
—Prefiero quedarnos aquí —dijo.
—¿Por qué?
—No sé. —Y era verdad: lo vi en su cara. No lo sabía—. Me gusta más aquí.
Así que me lo contó. Me contó el palacio sin verlo. Me habló del rey Fernando II, un príncipe alemán que se casó con una reina portuguesa y que, cuando ella murió, se quedó solo en la sierra, construyendo un castillo de colores encima de las ruinas de un monasterio, como si quisiera fabricar un sueño de piedra. Me habló del Tritón de la entrada, una criatura mitad hombre y mitad pez que sostiene la ventana del palacio sobre sus hombros, con una expresión de agotamiento infinito, como si llevara siglos cargando el mundo. Me habló de la Quinta da Regaleira, que estaba a unos kilómetros de allí, con su pozo iniciático: un pozo al revés, que no sirve para sacar agua sino para bajar, con una escalera de caracol de nueve pisos que se hunde en la tierra hasta un fondo de piedra donde hay una estrella dibujada en el suelo.
—Dicen que representa el viaje del alma —me dijo—. Bajas hacia la oscuridad, hasta lo más profundo, y después sales por un túnel hacia la luz, al lado de un lago. Mi padre decía que era un mapa. Que la gente que lo construyó sabía algo sobre la muerte que nosotros olvidamos.
—¿Qué sabían?
Ella se encogió de hombros.
—Que no es un final —dijo—. Que es un pasillo.
Después la fui a ver yo solo, un domingo. El pozo era exactamente como ella lo había descrito. Bajé los nueve pisos de la escalera de caracol, entre paredes de piedra cubiertas de musgo, con la luz del cielo cada vez más pequeña allá arriba, como una moneda. En el fondo, sobre la estrella, me quedé mucho rato mirando hacia arriba.
Pensé en ella. Pensé que la había visto bajar una escalera, la primera noche, con una vela en la mano.
Pensé que no la había visto subir.
—Te prometí un casete —me dijo una tarde, la tercera semana.
Estábamos en su cuarto. Llovía. Ella estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas; yo, en el suelo, con la espalda contra la pared, junto a la ventana. La habitación era pequeña, con el techo inclinado, papel tapiz de flores despegándose en tiras, y en las paredes, pósters de cantantes que yo no conocía, todos amarillentos, con las esquinas comidas por la humedad. Había un escritorio con libros de la escuela: Matemática, 11.º año. Había una caja de zapatos llena de casetes, cada uno con una etiqueta escrita a mano.
Sacó uno de la caja y me lo tendió.
Os Dias da Madredeus, decía la etiqueta, con su letra redonda, inclinada.
La cinta estaba nueva. La caja de plástico, en cambio, estaba cubierta de una capa de polvo tan gruesa que se me quedó pegada en los dedos.
—Te lo presto —dijo—. Pero me lo devuelves, ¿eh? Es mío. Lo grabé del disco de una amiga.
Me lo metí en el bolsillo de la chaqueta. Pesaba como una piedra.
Esa noche, en casa, lo saqué y lo miré mucho rato. Era un casete TDK de sesenta minutos, transparente, con la cinta marrón enrollada entre las dos bobinas. La letra de la etiqueta era la letra de una adolescente, con un corazoncito dibujado sobre la i de Dias. En el lomo, alguien había escrito con lápiz, muy pequeñito, una fecha.
Junho 1987.
No tenía con qué escucharlo. Lo dejé sobre la mesa de luz, junto a la foto de mi abuela Aurora.
Y por primera vez en semanas, me puse a llorar sin saber por qué.
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