El Vigía: Setenta y dos horas Por Albert Diaz

Capítulo 1 La Puerta

11 min de lectura

EÓN DYNAMICS — ESTACIÓN UMBRAL
ISLA SIBILA, PACÍFICO SUR
Acceso restringido. Nivel de autorización: Ω

Leo Cárdenas tenía veintinueve años y había visto un tiranosaurio once veces.

Lo pensaba a menudo, en las mañanas, mientras se tomaba el café negro de la cafetería de la estación mirando por los ventanales hacia la selva. Once veces. Era una cifra absurda. Los paleontólogos de todo el mundo habrían dado un brazo por verlo una sola vez, y él lo había visto once, y en dos de esas once había tenido que correr para salvar la vida. Y no podía contárselo a nadie. El contrato con Eón Dynamics, cuarenta y tres páginas de cláusulas de confidencialidad que había firmado tres años atrás en una oficina de Santiago sin leerlas del todo, lo prohibía con penas de cárcel.

A veces pensaba que eso era lo peor de todo. No el peligro. El silencio.

—Llegas tarde —le dijo una voz desde abajo.

Bajó la mirada. A la altura de su cintura había una niña de diez años, flaca, con el pelo castaño cortado a la altura de las orejas, unas gafas redondas de montura roja y un dinosaurio de peluche verde, bastante maltrecho, apretado bajo el brazo. Lo miraba con el ceño fruncido.

—Buenos días, Emma.

—Me prometiste que antes de irte me ibas a dar la pluma.

Leo sonrió. Se metió la mano en el bolsillo del pecho de la camisa y sacó una pluma larga, de unos veinte centímetros, de color negro azulado con una franja color óxido en la punta. No era de ningún pájaro. La había recogido del suelo de la selva, en la Expedición 27, en una época en la que los pájaros apenas empezaban a existir.

Emma la tomó con las dos manos, como quien recibe una reliquia sagrada. La giró a la luz de los ventanales. La franja color óxido brilló.

—¿De qué es?

—De un raptor joven. Un Sibilaraptor, como los bautizó la doctora Halvorsen. Se le cayó mientras me perseguía.

—¿Te perseguía?

—Un poco.

Emma abrió los ojos detrás de las gafas.

—¿Y qué hiciste?

—Correr —dijo Leo—. Correr es lo único que sirve con los raptores.

Emma se quedó mirándolo un largo momento, muy seria. Luego guardó la pluma dentro de la camiseta del dinosaurio de peluche, que tenía un bolsillo con cremallera en la panza, y lo abrazó más fuerte.

—Vuelve —le dijo.

No lo dijo como una pregunta. Lo dijo como una orden.

—Siempre vuelvo.

—Las 72 horas —insistió ella—. No te pases.

Leo se agachó hasta quedar a su altura.

—Nunca me paso —le dijo—. Soy el más puntual de toda la isla.

Emma no sonrió. Pero asintió. Y se fue corriendo por el pasillo hacia la zona residencial, con el dinosaurio verde apretado contra el pecho y las zapatillas haciendo ruido sobre el suelo de resina.

Leo la miró irse.

Emma Mercader era la única niña que había en la isla Sibila. Era la hija del director de la estación. Y tenía, según se decía en voz baja en la cafetería, una enfermedad que no tenía cura y que poco a poco, año tras año, le iba a ir quitando las fuerzas. Nadie lo decía delante de ella. Ni delante de su padre.


La isla Sibila no aparecía en ningún mapa.

Bueno, eso no era del todo exacto. Aparecía en algunas cartas náuticas antiguas como un punto sin nombre, marcado con una pequeña cruz y una nota en inglés: Reportada, no confirmada. Estaba en el Pacífico Sur, a más de tres mil kilómetros de la costa de Chile, a casi dos mil de Rapa Nui, sola en medio del océano más grande del planeta, sin ninguna otra tierra en el horizonte en ninguna dirección. Tenía la forma de una media luna de catorce kilómetros de largo, con un volcán dormido en el centro y una caldera inundada por una laguna. La cubría una selva tan espesa que, desde el aire, parecía una esmeralda partida.

Y era imposible.

Eso lo decían los geólogos de la estación, y lo decían con una mezcla de fascinación y de rabia. Las rocas de Sibila tenían, según todas las pruebas de datación, más de doscientos millones de años. El fondo del océano sobre el que se levantaba la isla tenía, como mucho, cuarenta. Era como encontrar una catedral gótica construida encima de un estacionamiento. La isla era más vieja que el suelo donde estaba apoyada. Había existido, por lo que se podía saber, siempre.

Y luego estaban los Vigías.

Eran estatuas. Diecinueve, repartidas por toda la isla: en las playas, en los claros de la selva, en los bordes de la caldera. Figuras humanas de piedra gris, de tamaño natural, tan erosionadas que apenas se adivinaban los hombros, la cabeza, a veces un brazo. Se parecían a los moái de Rapa Nui, pero no estaban talladas: los geólogos no encontraban en ellas una sola marca de herramienta. Todas miraban al mar. Nadie sabía quién las había puesto allí, ni cuándo.

La favorita de Emma era la más vieja y la más solitaria: una figura sentada en el borde del acantilado norte, tan gastada por el viento que ya casi no tenía forma, salvo una mano levantada sobre la rodilla, abierta hacia el horizonte. Emma le llevaba flores. Le decía el que espera. Cuando le preguntaban a quién esperaba, se encogía de hombros y decía que eso era un secreto entre ella y él.

Y luego estaba el Corazón.

Leo lo vio por primera vez el día que llegó a la estación, hacía tres años. Le hicieron bajar, con el resto de los nuevos, por un túnel excavado en la roca de la caldera, hasta una cámara enorme, natural, en forma de bóveda, en cuyo centro se levantaba un monolito de obsidiana negra de cuatro metros de altura. Era liso como un espejo. No tenía marcas de herramientas. Y vibraba. Muy despacio, muy bajito, con una frecuencia que no se oía con los oídos sino con los huesos del pecho, como el ronroneo de un gato enorme dormido bajo la tierra.

Alrededor del monolito, tallados en la roca de la bóveda, había petroglifos. Espirales. Soles. Y figuras humanas, toscas, de brazos largos, que en una secuencia de imágenes, de izquierda a derecha, iban perdiendo los detalles, el pelo, los dedos, la cara, hasta convertirse en simples bloques de piedra.

—Los hizo un pueblo que habitó la isla hace unos ochocientos años —les había explicado aquel día el director, el doctor Abel Mercader, con la voz tranquila y grave que usaba para todo—. No sabemos quiénes eran ni adónde se fueron. Solo sabemos que entendieron algo que a nosotros nos costó una década y tres mil millones de dólares descubrir.

Señaló el monolito.

—Esta isla no está anclada en el espacio, señores. Está anclada en el tiempo.


La máquina se llamaba la Puerta, y estaba construida alrededor del Corazón.

Leo no entendía cómo funcionaba. Casi nadie en la estación lo entendía, salvo Mercader y un puñado de físicos que trabajaban en el anillo de control y que comían en una mesa separada en la cafetería. Lo que sí entendía, porque se lo habían explicado tantas veces que podía recitarlo dormido, eran las reglas.

Había tres.

Primera regla: la Puerta solo podía llevarte a la isla. A la isla Sibila, en cualquier momento de su historia, pasado o futuro. Nunca a ningún otro lugar.

Segunda regla: el Corazón fijaba el presente. Era el ancla. El «ahora» de la isla. Cualquier viaje fuera de ese ahora tenía un límite: setenta y dos horas. La Ventana. Ni un minuto más.

Tercera regla: si no volvías antes de que se cerrara la Ventana, la isla te convertía en piedra.

Lo llamaban la Calcificación. Los físicos decían que no era un castigo, sino una corrección. La isla no permitía que nada de un tiempo se quedara para siempre en otro. Así que lo fijaba. Lo congelaba. Lo convertía en parte de sí misma, en roca, en paisaje, para que no pudiera alterar nada.

Leo la había visto una sola vez, y no la iba a olvidar nunca.


Antes de cada expedición, el protocolo exigía pasar por el Jardín.

No era un jardín. Era una sala pequeña, junto a la cámara del Corazón, iluminada con luz blanca, con las paredes de roca desnuda. En el centro había dos figuras de piedra gris, de tamaño humano, sobre un pedestal de acero.

Eran Paolo Ricci y Nadia Ferreira. Técnicos de campo de la Expedición 9. Hacía cinco años, una tormenta tropical en el Jurásico les impidió llegar al punto de retorno a tiempo. Llegaron cuatro minutos tarde. La Puerta los trajo de vuelta igual, porque era lo que la Puerta hacía siempre: devolverte al ancla. Pero los trajo así.

Paolo estaba arrodillado, con un brazo extendido hacia adelante, como si intentara alcanzar algo. Nadia estaba de pie, a su lado, con las dos manos sobre la cara. Se les veían todavía los pliegues del traje de campo, las correas de las mochilas, las arrugas del cuello. Se les veían, si uno se acercaba mucho, las pestañas.

Nadie sabía si sentían algo ahí adentro. Los físicos decían que no. Que la Calcificación era instantánea a nivel celular. Que no había dolor ni conciencia.

Leo nunca había conseguido creerles del todo.

Se detuvo frente a ellos, como hacía siempre. Como se suponía que debía hacer todo el mundo antes de cruzar la Puerta, para que no se le olvidara lo que estaba en juego.

—Ya vuelvo —les dijo en voz baja.

Era su ritual. No sabía por qué lo hacía. Su padre le decía lo mismo a la radio del faro cada noche, antes de subir a encender la lámpara. Ya vuelvo. Aunque no hubiera nadie al otro lado.


—La Expedición 31 tiene destino Cretácico tardío, piso Maastrichtiense, sesenta y seis millones trescientos mil años antes del presente —dijo Mercader en la sala de reuniones, frente a la pantalla, con su voz tranquila y grave—. Ventana estándar de setenta y dos horas. Objetivo principal: muestras de tejido blando de Sibilaraptor, huevos fértiles de hadrosaurio y, si las condiciones lo permiten, una muestra de sangre de la hembra de tiranosáurido que llamamos la Viuda.

Hubo un silencio en la sala. Kenji Mori, el ingeniero, levantó la mano.

—¿Sangre? —dijo—. ¿De la Viuda?

—Con dardo a distancia —dijo Mercader—. Por supuesto.

—Por supuesto —repitió Kenji, sin ninguna expresión.

Leo miró a sus compañeros de equipo.

La doctora Ingrid Halvorsen, paleontóloga noruega, cuarenta y cinco años, alta, rubia, con el pelo recogido de cualquier manera y los ojos azules más intensos que Leo había visto nunca. Había descrito ella sola once especies de dinosaurio que no existían en ningún libro, y no podía publicar ninguna. Tomaba notas en un cuaderno de papel, con una letra diminuta, sin levantar la vista.

Kenji Mori, ingeniero de la Puerta, treinta y ocho años, de Osaka, bajito, calvo, con unas gafas de sol siempre colgando del cuello de la camisa y una foto de su hija de cuatro años como fondo de pantalla de la tablet. Su trabajo en las expediciones era llevar el baliza de retorno, el aparato que le decía a la Puerta dónde estaban y cuándo abrir.

Y Tavita Faleolo, samoano, cuarenta años, casi dos metros de altura, encargado de seguridad. Llevaba tatuajes tradicionales desde la cintura hasta las rodillas y una escopeta de dardos tranquilizantes que manejaba como si fuera una extensión de su brazo. Hablaba poco. Cuando hablaba, la gente se callaba para escucharlo.

Tavita no miraba la pantalla. Miraba a Mercader.

—Doctor —dijo, con su voz grave y lenta—. Usted se ve cansado.

Mercader sonrió. Era verdad. Tenía ojeras profundas, la barba sin afeitar desde hacía días y una forma de frotarse las manos que Leo no le había visto nunca.

—Estamos muy cerca de algo importante, señor Faleolo —dijo—. Las noches se hacen cortas.

—¿Qué tan cerca?

Mercader no respondió enseguida. Miró por la ventana de la sala, hacia la zona residencial, donde se veía la ventana del cuarto de Emma, con una estrella de papel pegada en el vidrio.

—Muy cerca —dijo—. Buena suerte, Expedición 31.


A las 06:00 del 11 de marzo de 2027, Leo Cárdenas, Ingrid Halvorsen, Kenji Mori y Tavita Faleolo se colocaron en el centro de la plataforma circular de la cámara del Corazón, con sus mochilas, sus trajes de campo y sus pulseras de Ventana en la muñeca izquierda.

El monolito de obsidiana vibraba más fuerte que nunca. El aire olía a ozono y a piedra caliente. Desde la cabina de control, detrás de un vidrio blindado, Mercader los miraba con los brazos cruzados.

Leo levantó la vista hacia la galería de observación, en lo alto de la bóveda.

Ahí estaba Emma. Con las manos pegadas al vidrio, las gafas rojas, el dinosaurio verde bajo el brazo. No debería estar ahí. Estaba prohibido. Pero nadie le decía nada a la hija del director.

Leo levantó la mano y la saludó.

Ella le devolvió el saludo. Y luego, despacio, sin dejar de mirarlo, levantó tres dedos. Luego siete. Luego dos.

Setenta y dos.

—Iniciando secuencia —dijo la voz de la computadora—. Destino: menos sesenta y seis coma tres millones de años. Ventana: setenta y dos horas. Que tengan un buen viaje.

El Corazón se encendió.

Leo cerró los ojos. Como siempre, sintió primero el frío. Luego un tirón, como el de un ascensor que baja demasiado rápido. Luego un silencio absoluto, sin aire, sin sonido, sin peso.

Y luego el calor.

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