El Vigía: Setenta y dos horas Por Albert Diaz

Capítulo 3 La Viuda

7 min de lectura

VENTANA: 56:12:08

El problema empezó con un parpadeo.

Fue a media tarde del tercer día, cuando volvían hacia el Círculo para preparar el retorno. Habían conseguido casi todo: los huevos de hadrosaurio, las muestras de tejido de un Sibilaraptor muerto que encontraron en un barranco, cientos de fotos, horas de grabaciones de audio. Lo único que les faltaba era la sangre de la Viuda, y Tavita había dicho que eso no iba a pasar. La había visto de lejos, el segundo día, cazando en las praderas del sur. Había dicho que ningún dardo valía la vida de nadie.

Leo estaba de acuerdo.

Iban bajando por un sendero estrecho de la ladera de la caldera, a unos dos kilómetros del Círculo, cuando Kenji se detuvo en seco.

—Esperen.

Estaba mirando la pantalla de la baliza. Leo se acercó. El contador de la Ventana, que llevaba cincuenta y seis horas bajando con la regularidad de un metrónomo, había saltado. Por un segundo había marcado 00:00:00. Después había vuelto a 56:11:52. Después a --:--:--. Después a 56:11:50.

—¿Qué es eso? —preguntó Ingrid.

—No sé. —Kenji golpeó la baliza con el dedo, como quien golpea un reloj viejo—. Interferencia. Una tormenta solar. No sé.

Leo miró su pulsera. Le pasaba lo mismo. Los números saltaban. Desaparecían. Volvían.

Y entonces sintieron el temblor.

No fue un terremoto. Fue algo más profundo, más extraño. Una vibración que venía de abajo, de la tierra, de la roca de la caldera, y que se les metió en los huesos como el ronroneo del Corazón, pero mil veces más fuerte. Las hojas de los helechos temblaron. Los pájaros —o lo que en el Cretácico hacía de pájaros— levantaron el vuelo de toda la selva al mismo tiempo, en una nube oscura, chillando.

Y en dirección al Círculo, por encima de los árboles, el cielo se iluminó.

Fue una luz azul, blanca, intermitente, como la de un relámpago que no termina de caer. Leo la reconoció enseguida. La había visto once veces. Era la luz de la Puerta cuando se abría.

Pero la Puerta no debía abrirse hasta dentro de doce horas.

—Está abierta —dijo Kenji, con la voz quebrada—. La Puerta está abierta. Desde el otro lado. ¿Por qué...?

—¡Corran! —gritó Tavita.


Corrieron.

Corrieron por el sendero de la ladera, entre los helechos, saltando raíces, con las mochilas golpeándoles la espalda y el corazón golpeándoles las costillas. La luz azul seguía parpadeando delante de ellos, cada vez más cerca, y la vibración de la tierra era cada vez más fuerte, y Leo tenía la horrible sensación, una sensación que no venía de ningún dato sino de algún lugar mucho más antiguo de su cuerpo, de que si no llegaban a tiempo, esa luz se iba a cerrar y no se iba a volver a abrir nunca.

Y entonces oyeron a los raptores.

Leo conocía ese sonido. Era un chasquido seco, rápido, como el de una lengua contra el paladar, repetido por muchas gargantas a la vez. Los Sibilaraptor cazaban en grupo, y se comunicaban así, chasqueando, mientras rodeaban a la presa.

La vibración los había vuelto locos. La luz los había atraído.

Salieron de la selva por la izquierda del sendero. Eran seis. Animales del tamaño de un perro grande, cubiertos de plumas negras azuladas con franjas color óxido, con largas colas rígidas, cabezas estrechas llenas de dientes y, en cada pata, una garra curva del tamaño de un cuchillo de cocina, levantada del suelo, lista. Leo vio la franja color óxido de la pluma que le había dado a Emma.

Tavita disparó. Un dardo. Dos. Uno de los raptores cayó, chillando. Los otros cinco ni siquiera se detuvieron.

—¡Al Círculo! —gritó Tavita—. ¡No se detengan!

El claro apareció entre los árboles. La punta del Corazón brillaba en el centro con una luz azul enfermiza, parpadeante, y encima, en el aire, a un metro del suelo, se abría y se cerraba una grieta de luz blanca, como un ojo que no consigue mantenerse despierto.

Kenji llegó primero. Se detuvo al borde del claro, con la baliza en las manos, mirando la grieta.

—¡No es estable! —gritó—. ¡No es una apertura normal! ¡No sé adónde lleva!

—¡No importa! —gritó Ingrid—. ¡Entra!

Kenji dio un paso hacia la luz.

Uno de los raptores le saltó a la espalda.


Leo no recordaría bien lo que pasó en los segundos siguientes. Lo recordaría como fragmentos, como fotos sacadas desde un vehículo en marcha. Kenji en el suelo, gritando. La baliza volando por el aire, girando, cayendo en el barro. Tavita corriendo hacia él con la escopeta levantada como un garrote, golpeando, golpeando. Ingrid tirando de la manga de Leo con una fuerza que él no sabía que tenía.

Y el rugido.

Vino de la selva, del otro lado del claro, y fue tan fuerte que los raptores se quedaron quietos. Todos. Al mismo tiempo. Como si alguien hubiera apretado un botón de pausa. Fue un rugido grave, profundo, que no se oía con los oídos sino con el estómago, y que hizo temblar el aire, los helechos, la luz parpadeante de la Puerta.

Los árboles del borde del claro se abrieron.

La Viuda era una hembra de tiranosáurido de once metros de largo. No era tan grande como los Tyrannosaurus de los libros; Ingrid decía que era una especie insular, más pequeña, más ágil. A Leo nunca le había parecido pequeña. Tenía la piel cubierta de escamas color barro y, sobre el lomo y el cuello, un manto de plumas largas, negras, como un velo de luto, que le había dado su nombre. Tenía una cicatriz que le atravesaba el hocico de lado a lado. Tenía los ojos amarillos, pequeños, inteligentes, del tamaño de pelotas de tenis.

Y estaba mirando a la luz.

Los raptores huyeron. Todos menos el que estaba sobre Kenji, que se quedó paralizado, con las plumas erizadas.

La Viuda dio un paso dentro del claro. La tierra tembló. Otro. Bajó la cabeza enorme hacia el Corazón, hacia la grieta de luz que se abría y se cerraba, y la olfateó, con unos resoplidos que levantaron el barro del suelo.

—No se muevan —susurró Tavita.

Tenía sangre en la cara. Estaba arrodillado junto a Kenji, que ya no gritaba. Que ya no se movía.

La grieta de luz se abrió de nuevo. Más grande esta vez. Más estable. Por un segundo, a través de ella, Leo vio algo. No la cámara del Corazón de la estación, con su plataforma circular y su cabina de control. Otra cosa. Un lugar oscuro. Verde. Lleno de vegetación. Con columnas rotas, o algo que parecían columnas rotas, cubiertas de enredaderas.

La grieta empezó a cerrarse.

—Leo —dijo Ingrid, muy bajo.

Se volvió hacia ella. Estaba a su lado, pálida, con los ojos azules muy abiertos.

—Es ahora o nunca —le dijo—. No vamos a llegar los tres.

—Ingrid...

—Tienes que contarles lo que pasó. Tienes que averiguar quién abrió esto.

—Ingrid, no...

La Viuda levantó la cabeza. Giró el cuello hacia ellos. Los ojos amarillos se fijaron en Leo.

Y rugió.

Ingrid lo empujó.

Con las dos manos, con todo el peso de su cuerpo, lo empujó hacia el centro del claro, hacia la grieta de luz que se estaba cerrando. Leo tropezó. Cayó de espaldas. Sintió el frío de la Puerta envolviéndole los pies, las piernas, la cintura. Vio la cara de Ingrid, cada vez más lejos. Vio a Tavita levantándose, con Kenji en brazos. Vio a la Viuda bajando la cabeza hacia ellos, abriendo la boca.

—¡INGRID!

La luz lo tragó.

Y no hubo silencio, esta vez. No hubo el tirón suave del ascensor, ni la ausencia de peso, ni el calor de la llegada. Hubo un ruido inmenso, como el de un trueno que dura para siempre, y una presión en todo el cuerpo, como si lo estuvieran estrujando, y una sensación de caída que no terminaba nunca, nunca, nunca.

Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue su pulsera.

Los números habían desaparecido. En su lugar, parpadeando en rojo, había una sola palabra.

ANCLA REUBICADA

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