El Vigía: Setenta y dos horas Por Albert Diaz

Capítulo 5 Las piezas

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Sobrevivió esa noche escondido en la cámara del Corazón, con la espalda contra el monolito de obsidiana, una barra de metal oxidada en las manos y los ojos clavados en la boca del túnel de acceso.

Los raptores no entraron.

Los oyó durante horas, al otro lado del túnel. Chasqueaban. Rascaban la roca. A veces, uno asomaba la cabeza por la boca del túnel, recortado contra la luz de la luna, y lo miraba con sus ojos amarillos, y olfateaba el aire. Pero no entraba. Ninguno entraba. Era como si hubiera una línea invisible en el suelo de la cámara que no se atrevían a cruzar.

Leo se dio cuenta, a eso de las tres de la mañana, de que el monolito estaba tibio contra su espalda. Y de que la vibración, ese ronroneo grave que se sentía en los huesos, era un poco más fuerte cuando los raptores se acercaban.

Como si el Corazón los estuviera espantando.

Como si lo estuviera protegiendo.

Se durmió al amanecer, sin querer, con la barra de metal todavía en las manos.


Cuando despertó, había una nota sobre la consola.

No estaba allí la noche anterior. Estaba seguro. Había revisado la consola cien veces, a la luz de la pantalla, buscando cualquier cosa que le explicara dónde estaba. Pero ahora, sobre el borde de la pantalla, sujeta con una piedra plana, había una lámina de plástico grueso, transparente, de las que se usaban en la estación para proteger documentos. Y adentro, escrito con carbón, con una letra grande, clara, cuidadosa, como de alguien que no escribe a menudo:

Leo:
La Puerta necesita tres piezas. Te las dejé preparadas.
La primera está en el hangar norte, bajo el helicóptero.
No salgas de noche. Nunca.
—E.

Leo leyó la nota cinco veces.

Después salió corriendo de la cámara del Corazón, al vestíbulo en ruinas, a la luz cegadora de la mañana, y gritó con todas sus fuerzas.

—¡HOLA! ¡¿HAY ALGUIEN?! ¡¿QUIÉN ERES?!

La selva le devolvió el eco.

Nadie respondió.

Pero en el barro del suelo, junto a la boca del túnel, entre las huellas de tres dedos de los raptores, había otra huella. Una sola. Medio borrada por la lluvia de la madrugada.

Era la huella de un pie humano. Descalzo.


El hangar norte estaba a unos ochocientos metros de la estación principal, al borde de la caldera, donde la ladera empezaba a bajar hacia el mar. Leo lo recordaba como un edificio largo, de techo curvo, de chapa blanca, donde se guardaban los dos helicópteros de la estación y los vehículos todoterreno.

Ahora era una colina.

La selva lo había cubierto entero. El techo de chapa se había hundido por la mitad, y sobre las dos mitades habían crecido árboles, enredaderas, matorrales, hasta convertirlo en una loma verde con dos grandes bocas oscuras a cada extremo, donde antes estaban los portones. Leo entró por la boca del sur, con la barra de metal en una mano y el corazón en la garganta.

Adentro estaba oscuro y fresco. Olía a óxido, a aceite viejo, a tierra mojada. Por las grietas del techo entraban haces de luz verde que iluminaban columnas de polvo flotando. Había esqueletos de vehículos, carcasas de metal sin ruedas ni vidrios, con helechos creciendo en los asientos. Y al fondo, en el centro del hangar, bajo un haz de luz más grande que los demás, estaba el helicóptero.

Era uno de los dos de la estación. Leo lo reconoció por el logo de Eón Dynamics en la cola, una espiral dorada que el óxido había convertido en una mancha marrón. Estaba tumbado de lado, con las aspas dobladas como las patas de una araña muerta. Tenía una puerta abierta.

Debajo del fuselaje, encajada entre el metal y el suelo de hormigón, había una caja.

Era una caja de herramientas de la estación, de plástico naranja, de las que no se pudren. Alguien la había envuelto en varias capas de hojas de plátano y la había atado con una cuerda hecha de fibras vegetales trenzadas. Leo se agachó. Desató la cuerda. Apartó las hojas. Abrió la caja.

Adentro, envuelto en un trapo limpio, había un cilindro de metal plateado del tamaño de una lata de café, con conectores en los dos extremos y una etiqueta plástica todavía legible:

REGULADOR DE FASE — PUERTA — UNIDAD 2

Y debajo del cilindro, otra nota.

Bien. Ahora la segunda.
Está en Nueva Umbral, junto a la piedra grande.
Lleva fuego. Siempre lleva fuego.
—E.

Leo se quedó mirando la nota. No sabía qué era Nueva Umbral. No sabía qué era la piedra grande. No sabía quién era E.

Pero alguien sabía exactamente qué necesitaba él.

Alguien lo había estado esperando.

Y entonces, a su espalda, la luz cambió.


Fue sutil. Una sombra que pasó por encima de uno de los haces de luz verde, en el techo del hangar. Luego otra, sobre otro haz. Algo enorme que se movía sobre la loma, sobre el techo de chapa hundido, despacio. Leo oyó el crujido de los árboles al doblarse. Sintió la vibración en el suelo de hormigón. Tum. Una pausa. Tum.

Se metió dentro del helicóptero sin pensarlo.

Se acurrucó en el fondo de la cabina, entre los asientos de piloto destrozados, con la caja naranja apretada contra el pecho. Por la puerta abierta del fuselaje veía un pedazo del hangar: el suelo de hormigón, un vehículo sin ruedas, la boca del portón sur, llena de luz.

Algo tapó la luz del portón.

Era una cabeza.

Leo había visto a la Viuda de cerca, una sola vez, tres horas antes y doscientos treinta y seis años antes. Esta era más grande. Mucho más grande. La cabeza sola medía casi dos metros de largo. Tenía las escamas de un color verde oscuro, casi negro, cubiertas de líquenes. Tenía el manto de plumas negras de su especie, pero más largo, más espeso, cayéndole sobre el cuello y los hombros como una melena. Y tenía, sobre el hocico, de lado a lado, una cicatriz.

No era la misma cicatriz de la Viuda. Pero estaba en el mismo lugar.

La cabeza entró en el hangar. Olfateó el aire, despacio, con unos resoplidos que levantaban el polvo del suelo en remolinos. Los ojos amarillos recorrieron los vehículos, las sombras, el helicóptero.

Se detuvieron en la puerta abierta del fuselaje.

Leo dejó de respirar.

El animal lo miró durante un tiempo que le pareció eterno. Luego resopló, una vez, con fuerza, y un chorro de aire caliente, apestoso a carne podrida, entró por la puerta del helicóptero y le llenó la cara.

Y se fue.

Retiró la cabeza. Se dio vuelta. Las vibraciones se alejaron por la ladera, tum, tum, tum, cada vez más débiles, hasta perderse en la selva.

Leo se quedó dentro del helicóptero hasta que dejó de temblar. Le llevó una hora.

Cuando por fin salió, con la caja naranja bajo el brazo, se dio cuenta de una cosa. El animal lo había visto. Estaba seguro. Lo había mirado directamente, a un metro de distancia.

Y no lo había atacado.

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