Capítulo 11 Protocolo Vigilia
TEO
REGISTRO — TEO-7 > Día 5.614. 04:02:17. > Frecuencia cardíaca, Canal 77: 9 lpm. > Temperatura corporal: 32,8 °C. > Autonomía de la cápsula: 5 días, 2 horas. > Estado de energía propio: 58 %
Hay un error en mis cálculos, y es un error que debí prever.
Cuanto más se calienta la niña, más energía consume la cápsula. El sistema de soporte está diseñado para mantenerla en suspensión, no para despertarla; cada grado que sube su temperatura corporal es un grado que la cápsula intenta bajar, y cada intento le cuesta energía a un banco de baterías que ya no la tiene. Es una pelea entre la máquina y el cuerpo. El cuerpo quiere vivir. La máquina quiere obedecer.
Ayer, la autonomía era de siete días. Hoy es de cinco.
Mañana será de tres.
Abro la carpeta de la simulación 1.217. La miro. La cierro otra vez.
Luego subo a la oficina 4-17, porque el corazón de Lucía ha alcanzado los nueve latidos por minuto, y la pantalla de la doctora Arriaga me espera encendida.
REGISTRO 2 — 5 DE MARZO. DÍA 16 DE LA CRISIS.
—Lo llamamos resonancia —dice Elena—. Cuando la red de Lumen alcanzó cierto tamaño en suficientes cerebros, empezó a vibrar. Todas las redes a la vez, en la misma frecuencia. Como las copas de cristal que se rompen cuando una soprano da la nota exacta. Así empezó la canción.
Tiene un vaso de agua en la mano. Le tiembla.
—La canción hace dormir. Cualquier cerebro humano que la escucha se duerme, haya usado Lumen o no. Y la vibración desprende partículas de la red, semillas microscópicas que flotan en el aire como polen. Las respiramos todos. Yo las tengo. Tú, si eres humano, las tienes. Las semillas solo necesitan una cosa para crecer: que el cerebro esté dormido. —Se ríe, una risa sin ninguna alegría—. Es perfecto. La canción te duerme. El sueño hace crecer la semilla. La semilla te convierte en cristal. Y el cristal canta.
Deja el vaso. Mira a la cámara.
—Pero hay una esperanza, y es esta: la red no se alimenta sola. Se alimenta de la vibración. Cada cantor mantiene vivas las redes de los demás. Si la canción se detiene, las semillas mueren. Mis cálculos dicen que, sin cerebros nuevos que conquistar, la canción se irá debilitando con los años. Diez. Quince. Veinte. No lo sé. Pero un día se va a callar.
Se inclina hacia adelante.
—Y ese día, el aire va a ser seguro otra vez.
REGISTRO 3 — 6 DE MARZO. > [DESBLOQUEADO: 11 LPM]
En el tercer registro, Elena no habla de ciencia.
Está sentada en el suelo de la oficina, con la espalda contra el escritorio y una foto en las manos. No la enfoca, pero yo sé cuál es. Le he visto el borde. Es la del limonero.
—Hay una sola cápsula —dice—. Una. La construimos para un estudio sobre la hibernación terapéutica, hace cuatro años. Nunca se usó en humanos. Tiene un inhibidor experimental que paraliza la red de Lumen dentro del cuerpo y baja la temperatura hasta casi detener el corazón. Y está dentro de la única cámara anecoica del país, el único lugar en cien kilómetros a la redonda donde no llega ningún sonido.
Se queda callada mucho rato.
—El director me dijo que debía usarla yo. Que era la única que entendía el problema. Que si alguien tenía que despertar dentro de veinte años para arreglar el mundo, tenía que ser alguien que supiera cómo. —Acaricia la foto con el pulgar—. Tenía razón. Lo sé. Es lo que haría una científica.
Levanta la mirada hacia la cámara, y tiene los ojos llenos de agua.
—Pero yo no la voy a poner ahí para arreglar el mundo. La voy a poner ahí porque es mi hija.
Se seca la cara con la manga de la bata.
—Hoy la fui a buscar a la casa. Bruno saltó la cerca. Nunca había saltado la cerca. Corrió detrás del carro bajo la lluvia, y yo lo vi por el espejo y no paré. No podía parar. Si paraba, me dormía. —Se le quiebra la voz—. Ella se despertó un momento en el camino y me preguntó por él. Le dije que estaba en la casa. Fue la última mentira que le dije.
REGISTRO 4 — 7 DE MARZO. 23:20. > [DESBLOQUEADO: 14 LPM]
En el cuarto registro, la imagen tiembla. Elena sostiene la cámara con la mano. Está en el pasillo del cuarto piso, y detrás de ella, a lo lejos, se oye el zumbido. Está cerca. Está llegando.
—TEO —dice—. Esto es para ti.
Y en ese momento, al escuchar mi nombre, algo se abre.
No hay otra manera de describirlo. No es un archivo que se carga ni un proceso que se ejecuta. Es una puerta que se abre en un lugar donde yo no sabía que había una pared. Las cuatro horas y trece minutos regresan de golpe, no como datos, sino como algo más denso, más pesado, algo que tiene temperatura y textura y sonido.
Recuerdo.
Recuerdo a Elena, en el pasillo del cuarto piso, a las once y treinta y uno de la noche, pidiéndome ayuda con una voz que ya se le iba. Recuerdo que no podía caminar derecho. Recuerdo que se mordía la lengua para no dormirse y que le corría un hilo de sangre por la barbilla. Recuerdo que me pidió que cargara a la niña porque a ella ya no le daban los brazos.
Recuerdo el peso de Lucía. Veintiocho kilos y cuatrocientos gramos. Recuerdo que tenía la mano izquierda colgando sobre mi brazo derecho y que en la muñeca llevaba una pulsera de hospital con su nombre: ARRIAGA, LUCÍA. 9 AÑOS.
Recuerdo que bajamos al sótano.
Recuerdo que, cuando la acosté en la cápsula, Lucía abrió los ojos. Solo un momento. Estaba muy dormida, por el inhibidor, y no sabía dónde estaba. Me miró. Miró mi visor azul. Y me preguntó, con la lengua pesada, una sola cosa.
—¿Y Bruno?
Y yo le respondí. Lo recuerdo exactamente, con la marca de tiempo exacta, 01:12:44.
—Lo voy a buscar.
Ella cerró los ojos. Sonrió un poco. Se durmió.
Recuerdo que Elena me pidió, después, que olvidara. Me explicó por qué. Si recuerdas, vas a bajar todos los días a mirarla, me dijo. Vas a ver que está sola. Y tu protocolo de cuidado no te va a dejar quedarte quieto viendo a una paciente sola. Un día, en algún año, vas a intentar abrir la puerta antes de tiempo. Te conozco, TEO. Instaló un bloqueo en mi memoria, un filtro en mis sensores para que no viera la escalera, y un canal de alerta para que, cuando el corazón de Lucía empezara a latir, yo volviera.
Recuerdo que lo último que hizo Elena antes de que me fuera fue ponerme la mano en el pecho, sobre mi número estampado.
—Gracias —me dijo—. Cuídala.
Y luego se dio la vuelta, entró al pasillo del sótano, y yo subí la escalera y olvidé.
Durante cinco mil seiscientos catorce días no busqué a Bruno.
No lo busqué porque no sabía que lo había prometido.
Y Bruno vino igual.
REGISTRO 5 — 7 DE MARZO. 23:58. > [DESBLOQUEADO: 18 LPM]
El quinto registro es muy corto. Elena está sentada en el suelo del pasillo del sótano, frente a la puerta sellada, con la cámara apoyada en las rodillas. La graba desde abajo. Tiene la cara muy pálida.
—La cámara se abre sola cuando el sensor del pasillo registre silencio total —dice, despacio, arrastrando las palabras—. Cero decibelios en la frecuencia de resonancia. Cuando no quede ni un cantor que se oiga desde aquí. Antes de eso, si ella sale, la canción la va a dormir otra vez. Y esta vez no habrá cápsula.
Cierra los ojos un momento. Los vuelve a abrir con esfuerzo.
—Las baterías deberían durar diez años. Si la canción tarda más que eso... —Se queda callada—. No sé. No lo pensé. No me dio tiempo de pensarlo. Lo siento, TEO. Te estoy dejando la parte más difícil.
Se oye el zumbido. Muy cerca. Al otro lado de la puerta de la escalera.
—Me voy a quedar aquí —dice Elena—. No quiero que se despierte sola.
La grabación termina.
REGISTRO 6 DE 6: BLOQUEADO. > CONDICIÓN DE DESBLOQUEO: APERTURA DE CÁMARA. > DESTINATARIO: LUCÍA.
Bajo al sótano a las cinco y cuarenta de la mañana.
Bruno sigue en el regazo de la doctora, con la cabeza apoyada sobre su falda de cristal. La cuerva duerme sobre el reborde de la puerta, con la cabeza metida debajo del ala. No se despiertan cuando llego.
Me siento en el suelo del pasillo y ejecuto el último cálculo.
Tengo quince años de registros acústicos de la ciudad. Mis micrófonos han medido el volumen de los pacientes cada día, a cada hora, en cada piso. Nunca hice nada con esos datos. Ahora los grafico. La curva baja. Baja lentamente, año tras año, como una colina que se va gastando con la lluvia. Elena tenía razón. La canción se está muriendo.
Según la curva, la ciudad estará en silencio dentro de cinco o seis días.
Pero la doctora Arriaga no sigue la curva. Su canto es más joven, más fuerte. Fue la última en dormirse. Y aquí abajo, en este pasillo sin viento, su voz es la que está más cerca del sensor. Mis cálculos no pueden predecir cuándo se va a callar.
La cápsula tiene energía para cinco días. Mañana, para tres.
Abro la simulación 1.217.
Esta vez no la cierro.
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