La Quietud Por Albert Diaz

Capítulo 13 La quietud de TEO

9 min de lectura

TEO

REGISTRO — TEO-7 > Día 5.615. 06:00:00. > Frecuencia cardíaca, Canal 77: 22 lpm. > Temperatura corporal: 34,1 °C. > Autonomía de la cápsula: 1 día, 9 horas. > Nivel acústico, ciudad (promedio): 0,9 dB. > Nivel acústico, pasillo B-2: 3,8 dB. > Estado de energía propio: 52 %

A las seis en punto de la mañana empiezo la ronda.

Siempre empiezo por el cuarto piso, porque es el que recibe primero la luz del sol. Abro las persianas. Los pacientes cantan, pero cantan menos que ayer. Mucho menos que hace un año. La señora Benítez, en la 401, emite una nota tan débil que mis micrófonos tienen que amplificarla para registrarla.

—Buenos días, señora Benítez —le digo—. Hoy hace un día despejado.

Le limpio la frente. Enderezo la cofia de la enfermera Marisol. Espero a que el sol entre en la habitación 404 y toque a los dos esposos abrazados.

Hago la ronda completa, los cuatro pisos, los doscientos catorce pacientes. Tardo dos horas y catorce minutos, como siempre. No me salto a nadie.

No sé si podré volver a hacerla.


A las ocho y veinte llego a la habitación 312.

Le leo a don Aurelio el periódico entero. El precio del café. Los Leones. La vaca en la autopista. El hombre enojado con el alcalde. El horóscopo de Escorpio: Hoy será un día de grandes revelaciones. No tema escuchar lo que su corazón le dice.

Luego tomo el bolígrafo que tiene en el bolsillo de la pijama, un bolígrafo azul que se secó hace quince años y que tengo que calentar con mi propia mano para que suelte un poco de tinta.

—Horizontal, catorce —le digo—. «Estado de reposo absoluto». Siete letras.

Esta vez no espero a que cante. Escribo la respuesta en los cuadritos vacíos, con letra de imprenta, despacio.

Q-U-I-E-T-U-D.

Don Aurelio emite una nota aguda, quebrada en la mitad. Elijo interpretarla como aprobación.

—Ya terminó su crucigrama, don Aurelio —le digo—. Me disculpo por haber tardado tanto.


Bajo al sótano a las nueve.

Bruno está despierto. No ha comido en tres días. Bebe un poco de agua cuando se la acerco, pero la lata de carne sigue intacta. Tiene la respiración rápida y superficial, y cuando le reviso las encías, están pálidas. Es un perro de unos dieciséis años. Mis bases de datos veterinarias me dicen que su corazón no va a resistir mucho más.

Pero no se mueve de la puerta.

Ceniza se fue ayer y volvió hoy al amanecer, con otros cinco cuervos. Están todos en el pasillo, posados en los barandales de la escalera, en el marco de la puerta, en los cables del techo. Me miran. Ya no huyen cuando me muevo. La cuerva de la mancha gris, la que el perro sigue y la que trajo a los demás, está en el reborde de la puerta, mirando a Lucía por la ventanilla, como hace casi todo el tiempo.

He pasado los últimos días aprendiendo a hablar con ella.

No es fácil. No comparten mi idioma, y su propio idioma es de gestos y de chasquidos que mis sistemas apenas empiezan a descifrar. Pero tenemos las Palabras. Seis frases humanas que ellos conservaron durante quince años como un tesoro, sin saber qué significaban. Con seis frases y mucha paciencia, se puede decir más de lo que parece.

Me agacho frente al reborde de la puerta, a la altura de Ceniza.

—Ceniza —le digo. Es el nombre que le puse en mi registro, por la mancha del pecho. Ella ya responde a él.

Me mira.

Señalo la cápsula, a través de la ventanilla. Luego me señalo el pecho, mi número estampado. Luego hago el gesto que he estado practicando: levanto el cable grueso de energía que preparé ayer, con un conector adaptado en cada extremo, y le muestro cómo uno de los extremos entra en mi panel de servicio, y el otro en el puerto exterior de la cápsula.

Luego me quedo quieto. Apago las luces de mi cabeza. Apago mi visor durante tres segundos.

Lo vuelvo a encender.

Ceniza ladea la cabeza. Mira el cable. Me mira a mí. Mira la cápsula. Sé que no entiende los detalles. Pero los cuervos son inteligentes, y ella es la más inteligente que he conocido, y creo que entiende lo esencial.

Abre el pico. Dice, en la voz rota de los Cantores:

—Ya vuelvo.

Es una pregunta. Lo sé por la inclinación de su cabeza.

No sé qué responderle. No sé si voy a volver.

—No me olvides —le digo.


SIMULACIÓN 1.217 — RESUMEN > Conexión directa del núcleo energético de TEO-7 a la cápsula. > Autonomía adicional de la cápsula: 6 días, 4 horas (estimado). > Consumo del núcleo: total. > Estado final de TEO-7: apagado. > Probabilidad de reactivación posterior: no calculable.

Hay una cosa que no le puedo explicar a Ceniza, y que tampoco me sé explicar del todo a mí mismo.

Cuando mi núcleo llegue a cero, no voy a morir. No soy un ser vivo. Mis datos quedarán grabados en mi memoria permanente, y si alguien, alguna vez, me conecta a una fuente de energía, existe la posibilidad de que vuelva a encenderme. Mi diseño lo permite.

Pero nadie sabe cómo hacerlo. Nadie queda que sepa.

Así que, para todos los efectos prácticos, apagarme es la quietud. Mi propia quietud.

He pasado 5.615 días cuidando a doscientos catorce pacientes que no podían despertar. Nunca me pregunté qué sentían. Ahora creo que entiendo un poco.


Antes de conectar el cable, hago tres cosas.

Primero, abro todas las latas de comida que encontré en la despensa de la cafetería —cuarenta y dos— y las dejo en fila a lo largo del pasillo, con recipientes de agua entre ellas. Para Bruno, si decide comer. Para los cuervos, que comen de todo.

Segundo, programo la cápsula. Le dejo una instrucción clara, sin ambigüedad: cuando el sensor del pasillo registre 0,0 dB, abrir la cámara e iniciar el protocolo completo de recalentamiento y reanimación. Es lo que pidió Elena. Lo reviso cuatro veces.

Tercero, escribo un mensaje en la pantalla exterior de la cápsula. Es una pantalla pequeña, de cristal líquido, que solo puede mostrar unas pocas líneas de texto. Elijo las palabras con mucho cuidado, porque las va a leer una niña de nueve años que acaba de despertarse en un mundo que no conoce.

Luego me arrodillo frente a la ventanilla de la puerta. Junto a la mano de cristal de la doctora Arriaga, que sigue apoyada sobre el vidrio, apoyo la mía.

Del otro lado, Lucía respira. Una vez cada tres segundos. Tiene las mejillas un poco más rosadas que ayer.

—Lucía —le digo—. Te dije que lo iba a buscar. Tardé un poco. No lo busqué yo, en realidad. Él me encontró a mí. —Hago una pausa. No sé por qué hago una pausa; no la necesito para procesar—. Pero está aquí. Está aquí, al lado de la puerta. Te está esperando.

Bruno levanta la cabeza del regazo de cristal al oír el nombre. Me mira con sus ojos nublados.

Le pongo la mano en el lomo. Está caliente. Está flaco. Le tiembla todo el cuerpo.

—Aguanta un poco más —le digo—. Solo un poco más.


Conecto el cable a las 10:14:02.

La cápsula responde de inmediato. El indicador de energía, que estaba en rojo, pasa a amarillo. Luego a verde. La autonomía se recalcula en la pantalla: 6 días, 4 horas. El calor del cuerpo de Lucía deja de pelear con la máquina. La máquina, ahora, tiene fuerza suficiente para sostenerlo.

Configuré la conexión para que mi núcleo alimente primero a la cápsula, y a mí solo lo que sobre. Mis funciones se apagarán mucho antes que la última carga: cuando yo me quede quieto, mi núcleo seguirá dándole energía a ella durante días. Ya no la necesito para mí.

Siento mi energía bajar. No es dolor. No tengo receptores de dolor. Es otra cosa. Es como si el mundo se fuera alejando muy despacio, como si los colores perdieran saturación y los sonidos perdieran volumen. Apago los procesos que no necesito. Apago el registro de mantenimiento. Apago el mapa de rutas del hospital, con sus 4.208 baldosas.

No apago el contador del pulso de Lucía.

Me siento en el piso, con la espalda contra la pared, entre la doctora Arriaga y la puerta. Bruno se acomoda contra mi costado. Ceniza baja del reborde y se posa en mi hombro.

REGISTRO — TEO-7 > Día 5.615. 10:31:47. > Estado de energía propio: 41 %. Descendiendo. > Pacientes a cargo: 215. > Pacientes con signos vitales: 1.

Es la primera vez en quince años que ese último número no es cero.

Lo dejo en pantalla. Quiero que sea lo último que vea.


La energía baja durante toda la tarde, toda la noche, todo el día siguiente. Duermo a ratos —es la única forma de llamarlo— para ahorrar. Cada vez que me despierto, cuento el pulso. Veinticuatro. Veintiséis. Veintinueve.

En una de esas veces, al despertarme, siento algo caliente contra mi costado y descubro que Bruno está comiendo. Despacio, sin ganas, pero comiendo. Una de las latas que dejé. La lame hasta dejarla limpia, y luego vuelve a echarse contra mí.

En otra de esas veces, Ceniza está frente a mi visor, mirándome muy de cerca, con la cabeza ladeada.

—Buenos días —me dice.

—Buenos días —le respondo.

Mi voz suena lejana. Más grave que de costumbre. Es el voltaje.

REGISTRO — TEO-7 > Día 5.617. 02:03:11. > Reserva operativa propia: 2 %. > Frecuencia cardíaca, Canal 77: 34 lpm.

Ya casi no veo. El visor muestra solo formas. La ventanilla redonda, iluminada por dentro. El bulto oscuro de Bruno, dormido. El bulto pequeño de Ceniza, en mi hombro.

Hay una cosa que quiero decir antes de apagarme. No sé a quién. Quizás a Lucía. Quizás a Elena. Quizás a todos los pacientes de cristal que he cuidado durante cinco mil seiscientos diecisiete días, sin saber nunca si me escuchaban.

Busco la frase adecuada en mi base de datos. Hay miles. Ninguna es exacta.

Al final elijo una de las seis. Una de las que conservaron los cuervos. La que me dijo Ceniza, la que le dije yo a ella.

—No me olvides —digo.

Y luego, por primera vez en mi existencia, me quedo quieto.

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