Capítulo 16 Despierta
Bruno
El olor salió por la puerta como el agua sale de una represa rota.
Bruno estaba echado contra el metal, con el hocico en la rendija, cuando la puerta se movió. Se apartó hacia adentro con un suspiro largo, y el olor le cayó encima de golpe, entero, sin metal ni vidrio ni juntas de goma en medio. Manzanilla. Crayones de cera. Y la cosa tibia sin nombre, tan fuerte que le llenó la nariz, la boca, los pulmones, todo el cuerpo.
Bruno no sabía que todavía podía levantarse. La pata trasera no le respondía. El hombro le ardía. Tenía el pecho tan cansado que cada respiración le costaba como subir el cerro.
Se levantó igual.
Entró arrastrando la pata, cruzando el umbral de la puerta. Adentro, el aire era frío, muy frío, y el silencio era distinto al de afuera: era un silencio blando, que se tragaba hasta el ruido de sus propias uñas sobre el suelo. Las paredes estaban cubiertas de unas formas grises y puntiagudas que olían a polvo y a nada. En el centro había una caja grande de vidrio, rodeada de luces que parpadeaban.
Y la tapa de la caja se estaba levantando.
Bruno se detuvo.
La tapa subía despacio, con un zumbido bajo, y de adentro salía un vapor blanco, frío, que se iba deshaciendo en el aire. Las luces de alrededor cambiaban de color. Algo hacía un ruido de agua corriendo dentro de unos tubos. Algo pitaba, suave, una y otra vez, con un ritmo que Bruno no conocía pero que le recordaba a otra cosa.
Le recordaba a un corazón.
Llegó junto a la caja y apoyó las patas delanteras en el borde.
No podía subir. Lo intentó dos veces, y las dos veces la pata trasera se le dobló y casi se cae. Así que se quedó así, con las patas en el borde y la cabeza estirada hacia adentro, y miró.
No la veía bien. Sus ojos nublados le mostraban solo una forma pálida, larga, sobre una superficie blanca. Un manchón oscuro donde debía estar el pelo.
Pero la olía. Y cómo la olía.
Le temblaba todo el cuerpo. Gimió, muy bajo, con un sonido que no se parecía a nada que hubiera hecho antes. No era un llamado. Era otra cosa. Era el sonido que hace un animal cuando por fin llega al final de un camino muy largo y no sabe si lo que hay al final es real.
La forma pálida no se movía.
Bruno esperó. Esperó como había esperado siempre, quince inviernos de esperar, en la cama hundida, en la escuela, en el mirador del cerro. Esperó con las patas temblándole en el borde de la caja y el corazón golpeándole las costillas.
Algo cayó a su lado.
Era el conejo.
La cuerva de la mancha gris lo había traído volando, colgado del pico por la oreja buena. Lo dejó caer dentro de la caja, sobre el pecho de la forma pálida, y se posó en el borde, junto a la cabeza de Bruno.
Y entonces la forma pálida se movió.
Fue muy poco. Fueron los dedos de una mano, que se abrieron y se cerraron sobre la tela del conejo, como lo hacen los cachorros recién nacidos cuando buscan algo a qué agarrarse. Fue un suspiro. Fue una tos pequeña, seca, de garganta que no ha tragado en mucho tiempo.
Bruno gimió más fuerte.
La cabeza de la forma pálida se giró hacia él, muy despacio.
Bruno no podía ver sus ojos. Pero supo que estaban abiertos. Lo supo por el olor, que cambió de golpe: se llenó de algo agudo, asustado, confuso. El olor de una niña que se despierta en un lugar que no conoce, con frío, con la boca seca, y ve a un perro viejo, flaco, sucio, con el hocico blanco y el hombro manchado de sangre, mirándola desde el borde de su cama.
Ella no lo reconoció. Bruno lo supo también por el olor.
¿Cómo iba a reconocerlo? Cuando se durmió, él cabía en sus brazos. Tenía las orejas demasiado grandes y las patas demasiado grandes y no sabía saltar la cerca. Ahora era un perro viejo, roto, casi ciego, que no se parecía en nada a aquel cachorro.
Bruno no sabía qué hacer.
Así que hizo lo único que sabía. Lo que había hecho el primer día, en el patio, debajo del limonero, cuando ella lo sacó de la caja de zapatos y lo levantó a la altura de su cara.
Estiró el cuello todo lo que pudo, y le lamió la nariz.
Hubo un silencio muy largo.
Luego, la mano que agarraba el conejo se soltó de la tela y subió, despacio, temblando, hasta la cabeza de Bruno. Los dedos estaban fríos. Le tocaron la frente, las orejas, el hocico blanco. Se detuvieron sobre su ojo izquierdo, sobre la mancha oscura que de cachorro era del tamaño de una moneda y que ahora se había estirado como una nube.
La mano se quedó allí, quieta.
Y luego la oyó.
Oyó su voz. Ronca, rota, apenas un susurro. Una voz que llevaba quince años sin usarse. Pero era su voz. Era la misma voz aguda y rápida de antes, solo que ahora le costaba salir, como el agua que sale de una tubería vieja.
—¿Bruno?
Bruno dejó de respirar.
Era su nombre. Era su nombre en la boca de ella. Lo único que le había quedado de su voz durante quince inviernos, el sonido que buscaba cada noche entre el coro de los Cantores y que nunca, nunca estaba.
—¿Bruno? —repitió ella, más fuerte, y el olor de su miedo se deshizo de golpe y se volvió otra cosa, una cosa tibia y enorme que llenó la caja entera—. ¿Eres tú? ¿Bruno?
Bruno ladró.
Fue un ladrido terrible, ronco, viejo, que rebotó en las paredes grises sin hacer eco. No le importó. Ladró otra vez. Movió la cola tan fuerte que perdió el equilibrio y casi se cae del borde de la caja, y ella lo agarró del cuello con los dos brazos, débiles, temblorosos, y tiró de él hacia adentro con todas sus fuerzas.
No tenía fuerzas. Pero él la ayudó. Con la pata buena, con el hombro roto, con todo lo que le quedaba, Bruno se subió a la caja de vidrio y se dejó caer, con cuidado, con muchísimo cuidado, a su lado.
Ella le hundió la cara en el cuello.
Estaba llorando. Bruno lo sabía por el olor salado y por los sacudones de su pecho. Él también estaba llorando, a su manera de perro, con ese gemido largo que le salía de adentro y que no podía parar.
—Perdóname —decía ella, contra su pelo—. Perdóname, perdóname. Mamá me dijo que estabas en la casa. Me dijo que estabas en la casa...
Bruno no entendía las palabras.
Solo entendía el olor de la manzanilla, y el calor de sus brazos, y el corazón de ella latiendo contra su costado. Rápido. Fuerte. Vivo.
Y entonces ella dijo algo más. Algo que él conocía. Algo que ella le había dicho mil veces, en el patio, en la cama, en el parque, riéndose, con la cara pegada a la suya.
—Te quiero, perro tonto.
Bruno cerró los ojos.
Se acomodó contra ella, con la cabeza sobre su pecho, como hacía cuando era cachorro y cabía entero entre sus brazos. El conejo de tela quedó apretado entre los dos.
Por primera vez en quince inviernos, Bruno dejó de buscar.
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