Capítulo 18 Epílogo
REGISTRO — TEO-7 > Iniciando... > Iniciando... > Fuente de energía externa detectada: paneles solares, azotea. > Verificando integridad de memoria... completa. > Días desde el último registro: 187.
Lo primero que veo, al encender mi visor, es una cara.
Es la cara de una niña. Tiene el pelo oscuro recogido en dos colas torcidas, una más alta que la otra. Tiene una mancha de grasa negra en la mejilla y otra en la frente. Tiene, entre los dientes, un destornillador que sostiene como un perro sostiene un hueso. Tiene los ojos muy abiertos.
Detrás de ella hay un manual de mantenimiento abierto en el suelo, con las páginas llenas de anotaciones en lápiz, con letra de niña. Hay cables. Hay un panel solar que alguien bajó, con mucho esfuerzo, desde la azotea. Hay, posados sobre el panel, cuatro cuervos. Uno de ellos tiene una mancha gris en el pecho.
Y a los pies de la niña, echado al sol que entra por la ventana del cuarto piso, hay un perro viejo durmiendo.
La niña se saca el destornillador de la boca.
No dice nada. Se queda mirándome, como si tuviera miedo de que, si habla, yo me vuelva a apagar.
Busco en mi base de datos la frase adecuada. Hay miles. Esta vez, la elijo enseguida.
—Buenos días —le digo.
Lucía tiene nueve años y medio. Lo sé porque me lo dice, con mucho orgullo, en los primeros cinco minutos. Me dice que tardó seis meses en entender el manual. Me dice que los cuervos le robaban los tornillos y que tuvo que negociar con ellos a cambio de latas de atún. Me dice que encontró semillas en la despensa de la cafetería y que plantó un huerto en el patio, y que ya tiene tomates. Me dice que Bruno estuvo muy mal las primeras semanas, que la pata trasera se le quedó torcida para siempre, pero que se recuperó, que come, que la sigue a todas partes, despacio, cojeando, y que duerme con ella todas las noches en una cama de la habitación 418.
Me dice que lo siente. Que tardó mucho.
Le digo que yo tardé quince años en encontrar a Bruno. Que seis meses no es nada.
Se ríe. Es la primera vez que la oigo reírse. Archivo el sonido con prioridad máxima.
REGISTRO — TEO-7 > Pacientes a cargo: 215. > Pacientes con signos vitales: 1.
—No —dice Lucía, cuando le leo el registro en voz alta—. Está mal.
—Verifiqué los datos tres veces.
—Bruno cuenta —dice ella—. Y Ceniza también. Y Pizarra. Y Garra, aunque sea un gruñón.
Lo pienso. No hay ningún protocolo en mi programación que defina a un perro o a un cuervo como paciente.
Corrijo el registro igual.
REGISTRO — TEO-7 > Pacientes con signos vitales: 5.
Estamos así, discutiendo sobre si los cuervos deberían tener fichas médicas, cuando Ceniza entra volando por la ventana.
Viene muy rápido. Tiene las plumas revueltas y grazna en su idioma de chasquidos, tan agitada que mis sistemas no consiguen descifrar nada. Lucía se levanta de un salto. Bruno levanta la cabeza.
Ceniza se posa en el hombro de Lucía. Le tira del pelo con el pico. Vuela hasta la ventana y vuelve. Vuela hasta la ventana y vuelve.
—¿Qué pasa? —dice Lucía—. ¿Qué viste?
Ceniza abre el pico. Busca las palabras. Tiene seis, más las que Lucía le ha enseñado en estos seis meses, que son muchas. Pero ninguna le sirve para lo que quiere decir.
Así que dice la que tiene más cerca.
—Parque.
Bajamos al parque.
Tardamos. Bruno no puede ir rápido, y yo tengo una rueda desalineada que Lucía todavía no ha arreglado. Ceniza vuela en círculos sobre nosotros, impaciente, graznando. Cuando llegamos, el sol de la mañana está alto, y la hierba está mojada de rocío, y en el banco de siempre, bajo el árbol de mango, están los dos.
Son una mujer y un hombre de cristal, tomados de la mano. La cabeza de ella está apoyada en el hombro de él. Ceniza me contó, hace mucho, que cantaban te quiero. Ya no cantan. Ningún paciente canta, en ninguna parte. Hace seis meses que el mundo está en silencio.
Lucía se acerca despacio. Se detiene frente al banco.
Yo amplío el zoom de mi visor.
El cristal de los dos ha cambiado. Antes era transparente, limpio, como el agua. Ahora, por dentro, en el pecho, en las mejillas, en las manos entrelazadas, se ha enturbiado. Tiene un velo blanco, suave, como el que deja una respiración en una ventana fría.
Lucía estira la mano. La apoya en las manos unidas de la pareja.
Se queda muy quieta.
—TEO —dice, sin voltearse. Tiene la voz muy bajita—. Están tibios.
Lucía echa a correr.
No corre hacia el hospital. Corre más rápido, todavía, de lo que la he visto correr nunca, cerro arriba, por el camino de los árboles, cruzando las puertas de vidrio, el vestíbulo de las 4.208 baldosas, las escaleras, el sótano B-1, el estante de las sillas de ruedas, los doce peldaños. Yo la sigo como puedo. Bruno nos sigue a los dos, cojeando, sin quejarse. Ceniza vuela delante, guiándonos.
Llegamos al pasillo del sótano B-2.
La montaña de barro sigue allí, pegada a la pared, con la forma de una mujer sentada. Lucía ha subido flores todas las semanas durante seis meses; el barro está cubierto de ellas, algunas frescas, muchas secas. El brazo de barro sigue levantado hasta la ventanita de la puerta abierta.
Lucía se arrodilla.
Con mucho cuidado, con los dedos, empieza a quitar el barro de la mano. Primero un dedo. Luego otro. El barro seco se desprende en terrones y cae al suelo. Debajo, el cristal brilla con la luz de mis faros.
No es transparente.
Está velado. Blanco por dentro, como una ventana empañada.
Lucía termina de descubrir la palma. Se queda mirándola un largo rato. Bruno se acerca y le apoya la cabeza en el hombro. Ceniza se posa en el reborde de la puerta, en el mismo lugar desde donde dejó caer el último pico de barro.
Yo no digo nada. Por primera vez en mi existencia, no quiero interrumpir con un dato.
Lucía levanta la mano. La suya, pequeña, con las uñas negras de grasa. Y la apoya, palma con palma, sobre la mano de su madre.
Pasan cinco segundos. Diez.
Mis sensores registran la temperatura del cristal: 22,4 °C. La temperatura del aire es de 18.
Pasan quince segundos.
Y entonces mis micrófonos, que llevan quince años midiendo la canción de doscientos catorce pacientes, que conocen cada frecuencia, cada nota, cada zumbido, detectan un sonido que no es una canción.
Es muy débil. Es casi nada. Es un golpe sordo, lejano, que llega desde muy adentro del cristal, como alguien que llama a una puerta desde el otro lado de una casa enorme.
Uno.
Luego, mucho después, otro.
Lucía no lo puede oír. Bruno levanta las orejas.
Yo lo registro, con la marca de tiempo exacta, y lo guardo en la carpeta de máxima prioridad, junto a la risa de una niña y un crucigrama terminado.
REGISTRO — TEO-7 > Pacientes con signos vitales: 6.
Lucía me mira. Tiene los ojos llenos de agua y la mano todavía apoyada en la de su madre.
—¿Qué pasa, TEO? —me pregunta—. ¿Qué escuchaste?
Busco la frase adecuada. Hay miles. Ninguna es exacta.
Al final elijo la del horóscopo de don Aurelio, la que le leí cinco mil seiscientas quince veces sin entenderla.
—Hoy será un día de grandes revelaciones —le digo—. No tengas miedo de escuchar lo que tu corazón te dice.
Y debajo del cristal, despacio, muy despacio, como alguien que vuelve a casa después de un viaje muy largo, el corazón de Elena Arriaga vuelve a latir.
FIN
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