La Quietud Por Albert Diaz

Capítulo 2 Ronda de las seis

6 min de lectura

TEO

REGISTRO DIARIO — TEO-7 — UNIDAD DE ASISTENCIA, HOSPITAL SAN RAFAEL
Días desde el último ingreso: 5.611
Estado de energía: 71 %
Pacientes a cargo: 214
Pacientes con signos vitales: 0

A las seis en punto de la mañana empiezo la ronda.

Siempre empiezo por el cuarto piso, porque es el que recibe primero la luz del sol, y la luz del sol hace cantar a los pacientes. No sé si a ellos les gusta. Mi programación no incluye un protocolo para preguntarle a un paciente de cristal qué prefiere. Pero el sonido que hacen cuando el primer rayo atraviesa las persianas se parece mucho, según mis bases de datos de musicoterapia, a lo que los humanos llamaban un suspiro de alivio. Así que abro las persianas.

Habitación 401. Paciente: Rosaura Benítez, sesenta y dos años, ingresada por neumonía. Retiro el polvo de su frente con un paño de microfibra. El cristal de su piel es levemente ámbar, como la miel que se pone vieja. Su boca está entreabierta. Cuando el sol la toca, emite una nota grave y larga.

—Buenos días, señora Benítez —le digo—. Hoy hace un día despejado. Temperatura exterior: diecinueve grados.

Ella canta.

Anoto: sin cambios.

Habitación 402. Habitación 403. Habitación 404, donde hay dos pacientes en la misma cama, un hombre y una mujer, abrazados. Según la ficha, la mujer era la paciente y el hombre era su esposo, que no tenía permiso para quedarse después de las ocho de la noche. Nunca lo saqué. Hace 5.611 días que incumplo esa norma del reglamento interno, y mis registros de error ya no me lo reportan, porque en algún momento del día 340 desactivé la alerta. No recuerdo haber tomado esa decisión de forma consciente. Simplemente, una mañana, la alerta ya no estaba.

Me pregunto a veces si eso es lo que los humanos llamaban costumbre.


Tardo dos horas y catorce minutos en recorrer los cuatro pisos. Limpio doscientos catorce rostros. Enderezo la cofia de la enfermera Marisol, que se le resbala un milímetro cada semana por el peso de su propia cabeza inclinada sobre el teclado de la estación. Paso el trapo por los barandales. Reviso los paneles solares del techo y espanto a los cuervos que se paran sobre ellos y los llenan de excremento.

Los cuervos me odian. Lo sé porque me gritan. Lo sé porque, cuando subo, se elevan todos juntos en una nube negra y desde los cables de luz me lanzan palabras.

Palabras humanas.

Al principio, durante los primeros años, pensé que era un error de mis sensores de audio. Luego grabé los sonidos y los analicé. No había error. Los cuervos de Santa Clara de los Altos dicen buenos días. Dicen ya vuelvo. Dicen mi amor. Las pronuncian mal, con una voz rasposa y rota, como un radio mal sintonizado, pero son palabras.

No sé dónde las aprendieron. Los pacientes no hablan. Solo cantan.

—Buenos días —les digo yo, cuando me gritan.

Ellos se callan un momento, como si los hubiera ofendido, y después se van volando hacia el cerro.


A las ocho y veinte llego a la habitación 312.

Siempre dejo la 312 para el final, aunque esté en el tercer piso y no tenga lógica en el orden de la ruta. No sé explicar por qué. Mis algoritmos de optimización me sugieren cambiarlo todas las mañanas, y todas las mañanas ignoro la sugerencia.

El paciente de la 312 se llama Aurelio Mendoza. Tenía ochenta y un años cuando ingresó. Era profesor de historia jubilado y estaba internado por una arritmia leve. Lo recuerdo bien porque fue el primer paciente que se cristalizó en este hospital, nueve días antes de la noche en que todos los demás lo hicieron. Tiene el periódico de aquella mañana entre las manos, abierto en la página de los crucigramas. Le faltaban dos palabras.

Hace 5.611 días que le leo el periódico.

Hay un problema con eso, y es que el periódico es siempre el mismo. No ha vuelto a salir otro. Así que lo leo entero, cada mañana, desde la primera página hasta los avisos clasificados. Ya me lo sé de memoria. Le leo la noticia de la subida del precio del café, la del partido de béisbol que ganaron los Leones por tres carreras, la de una vaca que se escapó en la autopista. Le leo la columna de opinión de un hombre muy enojado con el alcalde. Le leo el horóscopo de Escorpio: Hoy será un día de grandes revelaciones. No tema escuchar lo que su corazón le dice.

Cuando termino, le pregunto por el crucigrama.

—Horizontal, catorce —le digo—. «Estado de reposo absoluto». Siete letras.

Don Aurelio canta. Un sonido agudo, quebrado en la mitad.

Tampoco esta vez me dice la respuesta.


REGISTRO DIARIO — TEO-7
08:47:12 — Ronda completada.
08:47:13 — Iniciando ciclo de mantenimiento del sistema.
08:47:13 — ALERTA.

La alerta es un sonido que no he escuchado en 5.611 días.

Es un pitido corto, triple, que sale de mi propio procesador central y que mis módulos de memoria identifican de inmediato, aunque llevaban quince años sin usarlo. Es el sonido que hacía la central de monitoreo cuando un paciente presentaba actividad cardíaca.

Me quedo inmóvil en medio del pasillo del tercer piso.

Reviso el registro. Reviso dos veces. Reviso tres. Ejecuto un diagnóstico completo de mis sensores para descartar una falla. No hay falla.

MONITOR REMOTO — CANAL 77
Ubicación: Sótano, nivel B-2.
Frecuencia cardíaca: 4 latidos por minuto.
Estado: ACTIVIDAD DETECTADA.

Cuatro latidos por minuto.

Es un número absurdo para un corazón humano. Es casi nada. Es el corazón de alguien que está al borde de un precipicio, mirando hacia abajo.

Pero no es cero.

Y hay algo más, algo que me inquieta más que el pulso. Cuando intento acceder a la ficha del paciente del Canal 77, mi sistema me devuelve un mensaje que nunca antes había visto:

ACCESO DENEGADO. PROTOCOLO VIGILIA ACTIVO.

No sé qué es el Protocolo Vigilia.

Busco en mis bases de datos. Nada. Busco en el manual de operaciones del hospital. Nada. Busco en mis propios registros de memoria, y es entonces cuando encuentro el agujero.

Está ahí, en medio de la noche del día cero. Una ausencia exacta. Desde las 23:31 hasta las 03:44. Cuatro horas y trece minutos en los que, según mis registros, no existí.

En 5.611 días nunca lo había notado, porque nunca había tenido una razón para mirar.

Me quedo un largo rato en el pasillo. Afuera, el sol sube y los pacientes del tercer piso empiezan a cantar, uno tras otro, como un coro que se despierta.

Luego bajo la mirada hacia mis propios brazos. Están limpios. Siempre están limpios. Pero en mi registro visual de esa noche, en el último fotograma antes del agujero, hay algo que no había visto nunca: una mano humana, pequeña, colgando sobre mi brazo derecho.

La mano de un niño.

Y en la muñeca, una pulsera de hospital con un nombre que el fotograma, borroso, no me deja leer.

Me doy cuenta de que estoy bajando las escaleras hacia el sótano antes de haber decidido hacerlo.

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