Capítulo 6 Lo que la abuela no dijo
Ceniza
—No.
Garra ni siquiera la miró al decirlo. Estaba en la rama más alta del mango, despedazando un ratón con el pico, y Ceniza había tenido que volar tres veces alrededor del árbol antes de reunir el valor para posarse frente a él.
—Pero la abuela dijo...
—La abuela estaba vieja y enferma. Dijo sonidos. —Garra tragó un trozo de ratón—. Las Palabras sagradas vienen de los Cantores. Si un Cantor no la cantó, no es una Palabra. Es ruido.
—Ella dijo que se la dio uno de ellos. Uno vivo. Con su propia voz.
Esta vez Garra sí la miró. Tenía unos ojos negros, pequeños, muy brillantes, que no parpadeaban nunca cuando estaba enojado.
—Ningún cuervo vivo vio a un Cantor moverse.
—La abuela sí.
—La abuela —dijo Garra, despacio, como si hablara con un pichón tonto— está bajo el barro. Y lo que dijo está bajo el barro con ella.
Abrió el ala cicatrizada, la enorme ala que un gato salvaje le había desgarrado cuando era joven y con la que, según contaban, había matado al gato a picotazos. La abrió no para volar, sino para que todos la vieran. Varios cuervos de las ramas de abajo se callaron de inmediato.
—Y hay otra cosa —dijo—. Si la abuela miró hacia la Casa Blanca al morir, fue porque la bestia de metal se le apareció en la fiebre. Ningún cuervo va a la Casa Blanca. Ningún cuervo. ¿Entendiste?
Ceniza bajó la cabeza.
—Entendí.
No era mentira. Había entendido perfectamente.
Esa noche no durmió.
Se quedó en su rama, entre las hojas oscuras del mango, escuchando a los Cantores. El viento venía del norte, frío, y la ciudad entera zumbaba como un panal. Ceniza conocía cada uno de esos sonidos. Conocía la voz grave del Cantor de la gasolinera, que siempre cantaba ya vuelvo. Conocía a la Cantora del balcón amarillo, que cantaba apaga la luz con una voz de agua. Conocía a los dos del parque, los del te quiero.
Los conocía a todos. Y ninguno, nunca, había cantado Lucía.
—Donde no llega la canción —murmuró para sí misma.
¿Dónde era eso? La canción llegaba a todas partes. Se metía en los túneles del río, en las cuevas del cerro, en las casas cerradas. No había un solo rincón de Santa Clara de los Altos donde no se escuchara, aunque fuera de lejos, el zumbido de los Cantores. Ese era el sonido del mundo. Era como preguntar dónde no llegaba el aire.
A menos que...
Ceniza ladeó la cabeza.
A menos que donde no llega la canción no fuera un lugar de la ciudad. A menos que fuera un lugar adentro de algo. Adentro de algo cerrado, muy cerrado, más cerrado que cualquier casa.
Y la abuela había mirado hacia la Casa Blanca.
Partió antes del amanecer, cuando los demás todavía dormían.
No se lo dijo a nadie. Ni siquiera a Pizarra, el cuervo joven de plumas azuladas que dormía en la rama de al lado y que era lo más parecido que Ceniza tenía a un amigo. Pizarra la habría seguido, y luego Garra lo habría castigado a él también, y Ceniza no quería eso.
Voló bajo, sobre los techos. El cielo empezaba a ponerse gris por el este. La ciudad, desde arriba, era un mapa de verde y de óxido, con las calles convertidas en ríos de hierba y los Cantores brillando aquí y allá como gotas de rocío.
Pero no fue directo a la Casa Blanca. Le tenía miedo a la bestia de metal. Todos los cuervos le tenían miedo. Era alta, blanca, y se movía sin ruido de alas ni de patas, deslizándose sobre ruedas, y cuando subía al techo de la Casa Blanca levantaba sus brazos y la bandada entera huía. Ceniza nunca la había visto de cerca, pero los cuervos viejos contaban que tenía un solo ojo, enorme, azul, que no parpadeaba nunca.
Así que primero hizo lo que hacía siempre que algo la asustaba: buscó más información.
Recorrió los Cantores.
Todos los que pudo. Se posó en los hombros de los que estaban en las paradas de autobús, en las cabezas de los que estaban sentados en las mesas de los cafés, en los techos de los carros detenidos. Esperaba el viento. Escuchaba. Recogía cada sonido, cada fragmento, buscando aunque fuera una sílaba de Lucía.
Encontró muchas cosas. Encontró un Cantor que cantaba la cuenta, por favor. Encontró una Cantora que cantaba no puedo más. Encontró un niño de cristal, sentado en la acera con un balón entre las piernas, que cantaba mamá una y otra vez, tan dulce y tan insistente que Ceniza tuvo que irse de allí.
Pero ninguno cantaba Lucía.
Al mediodía, cansada y hambrienta, bajó a la plaza del mercado a buscar algo de comer entre los puestos derrumbados.
Fue allí donde vio al perro.
Estaba echado a la sombra de una fuente seca, junto a una Cantora con un delantal de flores que todavía sostenía una balanza en las manos. Era un perro viejo. Muy viejo. Tenía el pelo de un color marrón deslavado, casi rubio, con el hocico completamente blanco, y estaba tan flaco que se le veían las costillas como las cuerdas de un instrumento. Tenía los ojos abiertos, pero nublados, mirando al vacío.
Ceniza lo habría ignorado, como ignoraba a todos los perros, que eran tontos y ruidosos y a veces peligrosos. Pero entonces vio lo que tenía entre las patas.
Era un peluche. Un conejo de tela, sucio, con una oreja arrancada. El perro lo tenía apretado contra el pecho, con la cabeza apoyada encima, de la misma forma exacta en que la mujer de cristal del parque apoyaba la cabeza en el hombro del hombre de cristal.
Ceniza se posó en el borde de la fuente, a una distancia prudente.
El perro levantó la cabeza. La olió. No ladró, no gruñó, no se movió. Solo la miró con esos ojos lechosos, cansados, infinitamente tristes.
Y Ceniza, sin saber muy bien por qué, sin haberlo decidido, abrió el pico y dijo, en la voz rota y sagrada de los Cantores, la única palabra del mundo que solo ella conocía.
—Lucía.
El perro se quedó completamente inmóvil.
Luego, muy despacio, como si de pronto le pesaran los años de toda una vida, se puso de pie. Las patas traseras le temblaban. El conejo se le cayó al suelo y no lo recogió. Dio un paso hacia ella. Otro. Tenía las orejas levantadas, toda la cabeza tensa, el cuerpo entero inclinado hacia adelante como si quisiera meterse dentro del sonido.
Y entonces el perro viejo hizo algo que Ceniza no había visto hacer nunca a ningún animal.
Empezó a llorar.
0 comentarios
Sé el primero en comentar.