Capítulo 8 Registros cifrados
TEO
REGISTRO — TEO-7 > Día 5.612. 02:14:51. > Frecuencia cardíaca, Canal 77: 5 lpm. > Autonomía de la cápsula: 8 días, 19 horas. > Estado de energía propio: 64 %
A las dos y catorce minutos de la madrugada, el corazón de la niña late cinco veces en un minuto en lugar de cuatro, y en el cuarto piso, en una oficina que llevo quince años sin abrir, una computadora se enciende sola.
Lo sé porque mi conexión con la red interna del hospital me lo reporta: terminal 4-17 activa. La terminal 4-17 está en la oficina de la Jefatura de Trastornos del Sueño. La oficina de la doctora Arriaga.
Subo.
La puerta está cerrada con llave. Tengo las llaves de todas las puertas del hospital, salvo de esta. Nunca la necesité. Fuerzo la cerradura con mi herramienta de mantenimiento, cosa que nunca había hecho, y la puerta se abre con un quejido.
Adentro hay polvo, papeles y una planta muerta en una maceta de barro. Hay un escritorio con una taza de café que se secó hace quince años y dejó un anillo marrón en el fondo. Hay estantes con libros sobre el sueño, sobre el cerebro, sobre la memoria. Y hay una pared llena de fotos.
En la pantalla de la computadora, sobre un fondo negro, parpadea un texto:
PROTOCOLO VIGILIA — FASE 1 > UMBRAL CARDÍACO ALCANZADO. DESBLOQUEANDO REGISTRO 1 DE 6. > ¿REPRODUCIR?
Antes de responder, miro las fotos.
Son casi todas de la niña.
La niña de bebé, en brazos de la doctora, en una cama de hospital. La niña con dos años, embadurnada de pastel de chocolate. La niña con un uniforme escolar azul, con las dos colas del pelo torcidas y una sonrisa a la que le falta un diente. La niña en una playa. La niña disfrazada de algo que parece un hongo, o quizás una medusa.
Y en una foto, la más reciente, a juzgar por el tamaño de la niña, hay algo más.
La niña está sentada en el patio de una casa azul, debajo de un limonero, y tiene en brazos a un cachorro. Es un cachorro de pelo marrón claro, con orejas demasiado grandes y patas demasiado grandes y una lengua rosada que le lame la cara. La niña se ríe con los ojos cerrados. En la esquina inferior de la foto, con un marcador, alguien escribió: Lucía y Bruno. El primer día.
Lucía.
El nombre se archiva en mi memoria con una prioridad que no le asigné conscientemente. Lo pronuncio en voz alta, solo para probarlo.
—Lucía.
Luego me siento en la silla de la doctora, que cruje bajo mi peso, y le digo a la computadora que sí.
La pantalla se llena con la cara de Elena Arriaga.
Está viva. Tiene la piel de un color normal, pero ojeras tan oscuras que parecen moretones. Tiene el pelo recogido de cualquier manera. Está sentada en esta misma silla, en esta misma oficina, y detrás de ella, en la pared, están las mismas fotos.
REGISTRO 1 — 3 DE MARZO. DÍA 14 DE LA CRISIS.
—Si estás viendo esto —dice—, Lucía tiene pulso. Eso quiere decir que funcionó. O que está empezando a fallar. No sé cuál de las dos, y no lo voy a saber nunca.
Hace una pausa. Se pasa la mano por la cara.
—Voy a explicarlo desde el principio, porque es posible que quien esté viendo esto no sepa nada. Ni siquiera sé quién eres. Espero que seas humano. Pero si eres quien creo que eres... —Sonríe, una sonrisa cansada, casi rota—. Hola, TEO.
Mis sistemas de audio registran mi propio nombre en su voz, y algo en mi procesador central hace un ruido que no reconozco. Un clic. Como un engranaje que encaja donde no debería encajar.
—Se llamaba Lumen —sigue la doctora—. Un spray nasal. Para el insomnio. Dormir profundo, sin pastillas, sin efectos secundarios. Lo vendió una farmacéutica de Zúrich hace tres años y fue el producto más vendido del mundo en dieciocho meses. Cuatrocientos millones de personas lo usaban todas las noches. Yo misma lo recetaba.
Se queda callada unos segundos. Mira algo fuera de cámara.
—Tenía una estructura de cristal orgánico. Una red microscópica de proteínas que se acoplaba a las neuronas y las ayudaba a sincronizarse durante el sueño. Era brillante. Era hermoso. Y nadie, ni ellos ni nosotros, se dio cuenta de que la red no se disolvía. Se quedaba. Crecía. Noche tras noche, en cuatrocientos millones de cerebros dormidos, la red iba creciendo, esperando.
Se inclina hacia la cámara.
—Esperando a que fueran suficientes.
El registro 1 termina ahí. La pantalla vuelve al fondo negro.
REGISTRO 2 DE 6: BLOQUEADO. UMBRAL CARDÍACO REQUERIDO: 8 LPM.
Me quedo un rato sentado en la silla, mirando el fondo negro. Afuera, a través de la ventana sin cortinas, la ciudad está a oscuras y el viento sopla desde el norte. Los pacientes cantan. Por primera vez desde el día cero, no sé si ese sonido es un canto o un quejido.
Hola, TEO.
Ella me conocía. Ella sabía que yo iba a estar aquí. Ella me dejó un mensaje.
Ella me pidió que olvidara algo.
Paso el resto de la noche y toda la mañana del día 5.612 en el sótano B-2, revisando la cápsula a través de mi puerto de diagnóstico, intentando encontrar una forma de darle más energía.
No la encuentro.
El banco de baterías de la cápsula es un modelo antiguo, de ion litio, diseñado para mantener una temperatura de suspensión durante, según las especificaciones, un máximo de diez años en condiciones óptimas. Ha resistido quince. Las celdas están hinchadas y agrietadas. Si intento conectarlas a la red general del hospital, la diferencia de voltaje podría quemar el sistema de soporte entero en cuestión de segundos. Si intento reemplazarlas, tendría que desconectar la cápsula durante al menos cuarenta minutos, y la niña no sobreviviría a cuarenta minutos sin soporte.
Calculo. Recalculo. Ejecuto 1.400 simulaciones.
En todas, la cápsula se apaga dentro de ocho días y algunas horas.
En todas, menos en una.
Hay una simulación, la número 1.217, en la que la cápsula sobrevive. Requiere una fuente de energía compatible, de voltaje variable y capaz de ajustar su salida en tiempo real a las fluctuaciones del sistema de soporte. Una fuente que se pueda conectar sin desconectar la cápsula.
Mi propio núcleo de energía cumple con todos los requisitos.
Archivo la simulación 1.217 en una carpeta nueva y no la vuelvo a abrir. No todavía.
A las seis y cuarenta y tres minutos de la tarde, mis sensores exteriores detectan movimiento en la entrada principal del hospital.
Subo. Atravieso el vestíbulo, con sus 4.208 baldosas y sus pacientes sentados en las sillas de plástico de la sala de espera, esperando un turno que nunca les llegará. Me detengo frente a las puertas de vidrio.
Afuera, al pie de la escalinata, hay un perro.
Es un perro viejo, muy viejo, flaco hasta los huesos, con el hocico blanco y los ojos nublados. Está echado sobre el primer escalón, jadeando, como si hubiera subido el cerro entero sin parar. Y en el pasamanos de la escalinata, sobre su cabeza, hay posado un cuervo. Un cuervo pequeño, con una mancha gris en el pecho, que me mira fijamente.
El perro levanta la cabeza cuando me ve. No me ladra. Se queda mirándome, con las orejas hacia atrás, temblando entero.
Ejecuto un análisis de reconocimiento. Comparo su morfología con los registros visuales que tengo almacenados. Es un proceso que dura, normalmente, una fracción de segundo.
Esta vez tarda un poco más, porque mi sistema no puede creer el resultado y lo verifica cuatro veces.
Las proporciones de las orejas. La forma de las patas. Una mancha más oscura sobre el ojo izquierdo, que en el cachorro era del tamaño de una moneda y en el perro viejo se ha estirado como una nube.
COINCIDENCIA: 94,7 %. > REFERENCIA: FOTOGRAFÍA, OFICINA 4-17. > «LUCÍA Y BRUNO. EL PRIMER DÍA».
Abro las puertas de vidrio.
—Hola, Bruno —le digo.
0 comentarios
Sé el primero en comentar.