Capítulo 1 Niebla
La primera vez que vi Sintra pensé que alguien había construido un cuento de hadas encima de un bosque y después se había olvidado de él.
Fue en septiembre. Mi madre y yo llegamos desde Lisboa en el tren de la línea de Sintra, que sale de la estación del Rossio y tarda cuarenta minutos en dejar atrás los edificios grises para meterse entre colinas cada vez más verdes. Cuando bajamos, el sol de la capital se había quedado atrás. Sobre la sierra flotaba una nube baja, espesa, enredada entre los árboles como algodón mojado. Arriba, en lo alto de un cerro, asomaban las torres de un palacio pintado de rojo y amarillo, tan absurdo y tan hermoso que me quedé parado en el andén con la mochila colgando.
—Es el Palacio da Pena —me dijo mi madre—. Tu abuela decía que lo construyó un rey que no quería crecer.
Mi abuela Aurora había nacido en Sintra en 1942. Se fue a los veinte años en un barco que salió de Lisboa rumbo a Montevideo, con una maleta de cartón y una carta de recomendación para una fábrica de conservas, y nunca volvió. Se casó con un uruguayo, tuvo cuatro hijos, se instaló en Colonia del Sacramento —una ciudad que, como ella decía siempre con orgullo, habían fundado los portugueses— y durante sesenta años habló de Sintra como si fuera un lugar que había soñado.
La niebla de Sintra no es niebla, me decía cuando yo era chico, mientras me peinaba en el patio de su casa de calle Real, con el río de la Plata brillando al fondo. Es el aliento de la sierra. La sierra respira, Tomás. Y cuando respira, se acuerda.
Murió en marzo. Tenía ochenta y dos años. En el testamento le dejó a mi madre una casa pequeña en São Pedro de Penaferrim, un barrio de Sintra, que nadie de la familia sabía que existía. La había comprado en secreto, con los ahorros de toda una vida, en el año 2003. Nunca la había visitado. En la carta que acompañaba el testamento había una sola frase escrita a mano, con su letra temblorosa de los últimos años:
Para que alguien de nosotros vuelva.
Mi madre vino a arreglar los papeles y a decidir si vendía la casa. Yo vine con ella porque tenía diecinueve años, había dejado a medias la carrera de Arquitectura en Montevideo, no sabía qué hacer con mi vida, y porque la última noche, antes de morir, mi abuela me agarró la mano y me dijo en portugués: Vai ver a névoa por mim. Ve a ver la niebla por mí.
Así que fui a ver la niebla.
Para noviembre ya me había quedado.
Mi madre había vuelto a Uruguay en octubre, cuando terminó los trámites y entendió que no iba a vender la casa. Yo le pedí quedarme un año. Le dije que quería conocer de dónde venía la abuela. Le dije que quería pensar. No le dije que, por primera vez desde que tenía memoria, me sentía en un lugar que no me pedía explicaciones.
Conseguí trabajo en la Piriquita, una pastelería antigua de la calle de las Padarias, a cien metros del Palacio Nacional, donde desde hace más de un siglo hacen dos dulces que los turistas compran por cajas: las queijadas, unas tartaletas de queso fresco con canela, y los travesseiros, unas almohaditas de hojaldre rellenas de crema de almendra y huevo, espolvoreadas con azúcar, que salen del horno tan calientes que hay que esperar a que se enfríen para no quemarse la lengua. Nadie espera. Todos se queman la lengua.
Allí conocí a Duarte.
Duarte tenía veinte años, medía casi dos metros y tenía la risa más ruidosa de toda la sierra. Trabajaba en el horno desde los dieciséis. El primer día me miró de arriba abajo, me escuchó hablar mi portugués de abuela —un portugués lleno de palabras viejas y de eses rioplatenses— y soltó una carcajada que hizo temblar las vitrinas.
—Hablas como mi bisabuela —me dijo—. Pero con acento de futbolista argentino.
—Uruguayo —le corregí.
—¿Hay diferencia?
—Para nosotros, toda.
Se rió todavía más. Al día siguiente me trajo un travesseiro recién salido del horno y me lo puso en la mano sin decir nada. Así es como empiezan las amistades en Portugal, aprendí después. No con palabras. Con comida.
Por Duarte conocí a su prima Rita, que estudiaba Ingeniería Física en el Instituto Superior Técnico de Lisboa y viajaba todos los días en el tren con los auriculares puestos y un libro de ecuaciones abierto sobre las rodillas. Rita era bajita, seria, con gafas de montura negra y una opinión racional para absolutamente todo. Y por Rita conocí a Kiko, su hermano menor, que tenía diecisiete años, le tenía miedo a la oscuridad, a los perros y a las alturas, y nos seguía a todas partes de todos modos.
Eran mis amigos. Los primeros que tenía en Portugal. Los primeros, en realidad, en mucho tiempo.
La noche en que empezó todo era jueves, y volvíamos de una fiesta en Colares.
Colares es un pueblo pequeño del otro lado de la sierra, cerca del mar, famoso por un vino que crece en la arena. Las vides de Colares no tienen raíces en la tierra, sino en las dunas; los viñateros tienen que cavar hoyos de varios metros en la arena para plantarlas, y las cepas se arrastran por el suelo, retorcidas como serpientes, protegidas del viento del Atlántico por pequeños muros de caña. Por eso, decía Duarte, la plaga que mató a casi todas las vides de Europa en el siglo diecinueve nunca llegó a Colares: el bicho no podía vivir en la arena. Son las únicas vides de Portugal que nunca murieron.
—Como los portugueses —dijo Duarte, levantando su vaso—. Nos plantan en cualquier lado y sobrevivimos.
—Como tu abuela —me dijo Rita, más bajito.
La fiesta era en la bodega de un tío de Duarte. Hubo vino, pan con chorizo asado en una vasija de barro con alcohol encendido, y un señor muy viejo que tocó la guitarra portuguesa —esa guitarra redonda, con forma de lágrima, de doce cuerdas— hasta que se le cerraron los ojos. Salimos a las diez y media. El último autobús a Sintra ya había pasado.
—Vamos caminando por la sierra —dijo Duarte—. Hay un atajo por el camino viejo de Seteais. Una hora, como mucho.
—Va a llover —dijo Rita, mirando el cielo.
—En Sintra siempre va a llover.
—Por eso mismo.
Kiko no dijo nada. Pero se puso la capucha.
La lluvia nos agarró a la mitad del camino, en medio del bosque, en la parte más alta de la sierra.
No fue una lluvia que empieza de a poco. Fue como si alguien hubiera volcado un balde enorme sobre nosotros. En diez segundos estábamos empapados hasta los huesos. El camino de tierra se convirtió en un río de barro. La linterna del celular de Rita apenas alumbraba un metro delante de nosotros; más allá, todo era negro, y verde, y ruido de agua cayendo sobre las hojas de los helechos gigantes que crecen en la sierra, unos helechos más altos que una persona, que alguien trajo de Australia hace un siglo y medio y que se quedaron a vivir como si siempre hubieran estado ahí.
—¡Allí! —gritó Duarte de pronto, señalando entre los árboles—. ¡Una casa!
Era más que una casa.
Entre la cortina de agua, a la luz de un relámpago, vi un muro de piedra cubierto de musgo, una reja de hierro forjado medio caída, y detrás, al final de un jardín salvaje, una mansión de dos pisos, pintada alguna vez de un color rosado que ahora era casi gris. Tenía ventanas altas, un balcón con la baranda rota, un tejado de tejas rojas lleno de agujeros, y una glicina gigantesca, desnuda en noviembre, que había trepado por toda la fachada y la abrazaba como las raíces de un árbol abrazan una piedra.
Junto a la reja, empotrado en el muro, había un pequeño altar de azulejos blancos y azules. Mostraba unas figuras humanas entre llamas, con las manos levantadas hacia un ángel. Debajo de las figuras, en una repisa de piedra, había un frasco de vidrio con una vela adentro.
La vela estaba encendida.
Kiko se detuvo en seco.
—No —dijo—. No, no, no. Esa no.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Duarte ya había empujado la reja, que se abrió con un chirrido larguísimo. Me miró por encima del hombro, con el agua chorreándole por la cara, y sonrió. Pero noté que no era su sonrisa de siempre.
—Bienvenido a la Quinta das Glicínias, uruguayo —me dijo—. Los del pueblo le dicen a casa da menina.
—¿La casa de la niña?
Un trueno sacudió la sierra entera.
—La casa de la niña muerta —dijo Kiko, en voz bajísima.
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