Capítulo 5 Lo que no se ve en la pantalla
Le saqué una foto con el celular a finales de noviembre.
No fue planeado. Estábamos en el jardín, al atardecer, en uno de esos raros momentos en que la niebla de Sintra se abre y deja pasar la luz. El sol bajaba detrás de la sierra y lo pintaba todo de dorado: las piedras cubiertas de musgo, los troncos retorcidos de la glicina, los vidrios rotos de las ventanas, el pelo mojado de Inês, que brillaba como si tuviera hilos de cobre. Ella estaba sentada en el borde de la fuente, de perfil, mirando hacia el mar, que desde allí no se veía pero que ella decía que se podía sentir.
Saqué el celular sin pensarlo y le apunté.
En la pantalla aparecieron la fuente, la glicina, el muro de piedra, la luz dorada.
Ella no.
Bajé el celular. Ella seguía allí, en el borde de la fuente, de perfil, con el pelo brillando. Volví a levantarlo. En la pantalla, la fuente estaba vacía.
Saqué la foto igual. Una, dos, cinco, diez. Las miré después, en casa, ampliándolas con los dedos, hasta que los píxeles se convertían en manchas de color. En todas había una fuente cubierta de musgo, vacía, bajo una glicina desnuda. En una, la última, había algo: un brillo leve, casi nada, sobre el borde de la fuente. Como el reflejo de una vela en un vidrio.
Inês no se dio cuenta. O si se dio cuenta, no dijo nada.
Empecé a fijarme en las cosas.
No quería hacerlo. Me daba miedo, y me daba más miedo lo que iba a encontrar si seguía mirando. Pero una vez que empiezas a ver algo, ya no puedes dejar de verlo.
Su pelo siempre estaba mojado. Siempre. Aunque no lloviera, aunque hubiera sol, aunque lleváramos tres horas frente a la chimenea que yo encendía cada tarde con la leña que subía desde el pueblo. Las puntas le goteaban sobre el suéter gris. Y olía a lluvia. No a humedad, ni a moho, ni a casa vieja. A lluvia limpia, recién caída, como el aire después de una tormenta.
Nunca comía. Nunca bebía. Los travesseiros que le llevaba se quedaban en el borde de la fuente hasta que los pájaros se los llevaban.
No dejaba huellas. Ni en el polvo de la escalera, que estaba tan cubierta que mis zapatillas dejaban marcas nítidas en cada peldaño, ni en el barro del jardín. Lo comprobé una tarde: la esperé en el vestíbulo, mirando el suelo, mientras ella bajaba de su cuarto. Bajó los dieciocho escalones, uno por uno, con la mano en la baranda. El polvo quedó intacto.
No sabía nada de mi mundo. No sabía lo que era internet. Cuando le mostré mi celular, lo miró con curiosidad, como quien mira un juguete extraño, y me preguntó si era una calculadora. Cuando le dije que servía para hablar por teléfono, se rió, convencida de que le estaba tomando el pelo.
—¿Sin cable? —me dijo—. ¿Y dónde se enchufa?
Le expliqué. No me creyó. Se lo acerqué para que lo tocara.
Retiró la mano antes de que la pantalla la rozara. Un movimiento rápido, instintivo, como cuando uno se aparta de una estufa caliente. Ella misma pareció sorprenderse.
—No me gusta —dijo, frotándose los dedos—. Hace cosquillas.
No volví a mostrárselo.
Y cada noche, cuando la lluvia paraba, o cuando el silencio caía sobre la sierra, ella se levantaba.
—Tengo que irme.
—¿Ya?
Y ella siempre, siempre, respondía lo mismo, con esa sonrisa pequeña que le duraba un segundo.
—Ainda não.
Y se quedaba un poco más. Diez minutos. Quince. Hasta que algo, adentro de ella, le decía que era hora. Entonces tomaba la vela, me decía boa noite, Tomás, y se iba por el pasillo hacia la cocina.
Nunca la seguí después de la primera noche. Tenía miedo. No de ella. De la puerta del sótano, cerrada con un candado oxidado que nadie había abierto en años.
De lo que había del otro lado.
Pero miraba el reloj de mi celular. Siempre.
Siempre eran las 23:47.
—Estás raro —me dijo Duarte una mañana, en el horno de la pastelería, mientras amasábamos.
—Estoy cansado.
—Estás raro desde la noche de la quinta. —Dejó la masa sobre el mármol y me miró—. Rita dice que subes a la sierra todas las tardes. Que te vio en el autobús de las seis, el que va a Seteais.
No dije nada.
—Tomás. —Duarte bajó la voz. A su lado, el horno rugía—. ¿Vas a esa casa?
Pensé en mentirle. Pero Duarte era la persona más honesta que había conocido en mi vida. Le debía, por lo menos, no mentirle.
—Sí.
—¿Por la chica?
—Sí.
Duarte se quedó callado mucho rato. Después se limpió las manos en el delantal, se acercó a mí y me puso una mano enorme en el hombro, llena de harina.
—Mi abuela —me dijo— conoció a la familia. A los que vivían en la quinta. Dice que la hija era la chica más alegre de toda la sierra. Que cantaba igual que la madre.
—¿Y?
Duarte me apretó el hombro.
—Y que tenía el pelo largo y oscuro, y una peca en la mejilla izquierda.
Esa noche llegué a mi casa y busqué entre las cosas de mi abuela.
No sabía bien qué buscaba. Algo. Cualquier cosa. Mi madre había dejado en la casa algunas cajas con las pertenencias que la abuela tenía en Uruguay y que nos habíamos llevado a Portugal para no tirarlas: cartas, fotos, unos vestidos, un rosario, un álbum de recortes de periódicos.
En el fondo de una de las cajas encontré su cámara.
Era una Pentax K1000, de 1980, negra y plateada, pesada, con un objetivo de cincuenta milímetros. Una cámara de rollo, mecánica, que no tenía pilas más que para el fotómetro. La abuela la había usado toda la vida. Con ella me había sacado fotos de bebé, de niño, en los cumpleaños, en la playa de Colonia. Tenía un rollo puesto. Lo supe por el contador: marcaba catorce fotos.
La sostuve en las manos mucho rato.
Y me acordé de algo que me había dicho la abuela, una tarde, cuando yo tenía diez años y le pregunté por qué seguía usando esa cámara vieja si mi mamá le había regalado una digital.
Porque la digital guarda números, Tomás, me había dicho. Esta guarda la luz.
0 comentarios
Sé el primero en comentar.