Travesía: La flauta mágica Por Albert Diaz

Capítulo 1 Capítulo I: Reino Dragón

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Cuando despuntó el amanecer, los primeros rayos de luz dibujaron un hermoso reino rodeado de grandes praderas y, en sus afueras, majestuosos árboles de hasta treinta metros de altura. Detrás de ellos, a lo lejos, se alzaban enormes montañas. Era, sin duda, una vista hermosa. La naturaleza recibía el día con el canto de las aves, el soplar del viento y el rocío brillando sobre las hojas y el pasto. Un nuevo día comenzaba.

Más allá de las praderas, bajo los árboles, se extendía una colonia de pequeñas casas. Estaba llena de viajeros que habían llegado desde todos los rincones del mundo en busca de un refugio seguro, pues no existía lugar más seguro que el Reino Dragón.

Cerca de un árbol de unos veinte metros de alto, una casa resaltaba por su bello jardín, donde flores de todos los colores y formas lucían su belleza. Era una casa pequeña, de madera y de estructura clásica: dos ventanas al frente, una puerta adelante y otra atrás, una habitación con dos camas y un armario, y una sala que hacía las veces de comedor, con cocina de fogón y chimenea. Un hogar, sin duda, acogedor para sus dueños, Marcos Blinz y Gisel Alumio de Blinz.

Todas las mañanas, Marcos se dirigía al pueblo en su carroza de madera, tirada por su caballo: un animal de pelaje brillante, de un marrón tan oscuro que casi parecía negro, con manchas blancas en las patas y una marca en forma de diamante en la frente. En el pueblo, Marcos era dueño de una floristería cerca de la plaza, a pocas calles del castillo. Gisel, por su parte, se quedaba en casa con sus dos hijos: Marcial, de doce años, y Santiago, que rozaba el año de edad. Eran contadas las veces que ella iba al pueblo.

Aquella mañana, Gisel envió a Marcial a comprar provisiones. Marcial era un muchacho de ojos marrones, cabello castaño y facciones perfiladas, de piel tan blanca como la de su madre.

Tomó el camino al pueblo por el atajo que había descubierto con sus amigos: una cueva a la salida de la colonia, escondida entre una vegetación tan espesa que hacía casi imposible llegar a ella. El otro lado de la cueva daba a una casa en ruinas, con las paredes y el techo destruidos, señal de que allí se había librado una batalla. La casa, rodeada de maleza, estaba a una calle de la entrada del pueblo. Aquel pasadizo parecía un pequeño portal entre dos lugares; Marcial no lograba entender cómo, cruzando un pasaje tan estrecho, podía llegar tan pronto al pueblo. Muchos vecinos se preguntaban por qué nadie había derribado aquella casa para construir una nueva en su lugar; otros, en cambio, la veían como un símbolo del reino, una casa que marcaba historia: un antes y un después.

Marcial recorrió el pueblo comprando las provisiones. Era un pueblo único, igual que sus calles: un arte visual y arquitectónico poco común. Las calles estaban llenas de gente, cada quien en sus asuntos y obligaciones. Había casas y edificios de distintas texturas —madera, piedra, ladrillo—, de arquitectura antigua, con grandes patios, porches y cercas. Aun así, nunca faltaban las viviendas que no encajaban con el porte del pueblo, esas que rompían la armonía del lugar.

En el cruce de dos calles, Marcial compró frutas y verduras, la última parada de su lista. Como había terminado antes de lo previsto, decidió ir a ver a su padre. Al llegar a la plaza encontró un sinfín de negocios y tiendas, pero pocas personas; apenas una pareja sentada junto a la fuente. Desde allí, el castillo se dejaba ver, deslumbrante, por encima de las murallas. De pronto escuchó unos pasos a su espalda y, al voltear, vio a su padre.

—¿Qué haces aquí, Marcial?

—Mamá me envió a comprar provisiones. Terminé temprano y vine a verte, padre.

Marcos levantó la mirada hacia el castillo.

—Es hermoso —dijo.

Marcial guardó silencio un momento, y Marcos prosiguió:

—Ese castillo es una obra de arte. Dicen que lo construyeron duendes y enanos, y que fue la única vez que trabajaron juntos. ¿Qué opinas de esa historia, hijo?

—Es sorprendente, papá. Podríamos buscar a los duendes para que nos construyan una casa mejor.

Marcos no pudo contener la risa ante la ocurrencia de su hijo, aunque en el rostro de Marcial se notaba que a él no le hacía ninguna gracia. Entonces le puso la mano sobre la cabeza.

—Hijo mío, las cosas no son tan fáciles, y lo fácil no siempre es lo mejor. Trabaja, lucha, gánale a la vida y, por encima de todo, protege a tus seres queridos siempre que puedas. —Hizo una pausa—. Y ya que estás aquí, ven conmigo: necesito que lleves un pedido.

Marcial se quedó pensando en las palabras de su padre. Solo el sonido de la puerta de la floristería al cerrarse lo sacó de sus pensamientos, y corrió tras él. Dentro del local había numerosos arreglos y flores de todo tipo por todas partes. En una esquina, Marcos terminó de preparar unas flores y armó un arreglo hermoso y enorme.

—Toma, hijo. Lleva estas flores a casa del señor Antonio. Él no estará, pero sí su esposa, Sabrina.

Marcial protestó: el arreglo era demasiado grande para él. ¿No había nadie más que pudiera entregarlo? Marcos negó con la cabeza.

—Sé que puedes llevarlo, hijo. Y también sé que no quieres ir por Antonieta, pero ella se fue de viaje con el señor Antonio. Ve y entrega las flores. Aunque algún día tendrás que armarte de valor para hablar con las chicas.

Marcial se sonrojó y, sin decir más, tomó las flores y salió de la floristería. Caminó unas calles cuesta arriba hasta la casa del señor Antonio y tocó la puerta un par de veces. Le abrió una joven morena, de ojos y cabello negro azabache, labios rosados y rostro delicado, que lo saludó con un tono amable y sonriente:

—Hola, Marcial. ¿Esas flores son para mí?

Marcial solo pudo negar con la cabeza. Ruborizado y cohibido por la sola presencia de Antonieta, no lograba articular palabra. Ella lo miró, sonrió y siguió hablando:

—Al anochecer, el rey Carlos saldrá del castillo y hablará en la plaza. ¿Vendrás?

El joven le entregó las flores y corrió de vuelta hacia la floristería, aunque antes se detuvo detrás de un arbusto para mirarla desde lejos. Vio cómo Antonieta tomaba la nota que acompañaba el arreglo, la leía, sonreía un poco y volvía a entrar en la casa. Un poco molesto con su padre por haberlo engañado, y a la vez feliz por haber visto a la chica que le gustaba, Marcial entró en el local, tomó sus cosas sin decir palabra y se marchó sin darle tiempo a Marcos de decir nada.

Gracias al atajo, llegó pronto a casa. Guardó todo en su lugar y fue a la habitación, donde su madre estaba con Santiago. Ella le pidió que se quedara con su hermano mientras preparaba la comida. Al ver que Santiago cabeceaba de sueño, Marcial le cantó su poesía favorita; no era una canción, pero él la recitaba como si lo fuera, y se sabía cada palabra de memoria:

—Cuando creas que estás solo, cuando la soledad invada tu alma, cuando el frío de la noche llegue hasta ti, no temas, que yo estaré allí. Así deba cruzar desiertos y bosques, yo estaré allí, para protegerte y darte todo mi amor.

Tras repetirla tres veces, Santiago ya estaba dormido. Marcial lo acostó en la cama y salió a regar las plantas.

A la hora del almuerzo, madre e hijo comían juntos en la mesa.

—Mamá, ¿puedo ir al pueblo esta tarde? Vendrá el rey y, por lo que he escuchado, contará una de sus historias. Quisiera estar allí.

—Está bien, hijo, ve. Pero primero terminas de comer, te duchas y no vuelves tarde.

—Gracias, mamá —dijo Marcial, devorando su comida.

Al caer la tarde, Marcial ya iba camino al pueblo. Esta vez no tomó el atajo: la ropa que había escogido para la ocasión se ensuciaría, y con Antonieta en la plaza quería verse presentable.

La plaza, a diferencia de la mañana, estaba abarrotada de gente; se notaba que era un momento único. De pronto, una mano se posó sobre su hombro. Era Saúl, su mejor amigo.

—¡Qué buena pinta traes, Marcial!

—Gracias, Saúl. Tú también te ves bien, amigo.

Saúl soltó una risa, un poco apenado por el elogio.

—Se hace lo que se puede. —Volvió a reír—. ¿Y qué te trae por aquí a estas horas? —preguntó, como quien no supiera nada del evento que estaba por ocurrir.

Marcial se quedó mirándolo fijamente un instante antes de responder:

—¿En serio preguntas algo tan obvio?

Saúl volvió a reír.

—Tienes razón. Debe de ser la felicidad y los nervios que tengo ahora mismo.

—¿Y qué te tiene tan nervioso, Saúl?

—Estoy feliz porque Carmen aceptó ir conmigo al baile anual del castillo, y nervioso por la llegada del rey. ¿Ya pensaste a quién vas a invitar tú?

Los padres de Marcial y de Saúl eran comerciantes del pueblo. Cada año se celebraba una velada en un anexo del castillo para homenajear a los comerciantes por su labor y su esfuerzo en el progreso del reino. Muy pocas veces asistía el rey, debido a su apretada agenda.

Marcial lo pensó un momento.

—Antonieta sería la ideal. El problema es que todavía me congelo cuando estoy frente a ella.

Mientras hablaba, Antonieta se acercó, vestida con la elegancia de siempre. Le dio las gracias a Marcial por las flores y un beso en la mejilla; antes de irse, le dijo que le había encantado la poesía, y volvió junto a su madre, Sabrina.

—¿Qué fue eso, Marcial? Me acabas de decir que no puedes ni mirarla a los ojos, ¡y pasa esto!

—Te seré honesto, amigo: no tengo la menor idea de lo que acaba de ocurrir. Solo puedo decir que me gustó —respondió Marcial con una sonrisa.

En ese momento, la multitud comenzó a alborotarse. Al girarse para ver qué ocurría, descubrieron que era el rey Carlos haciendo acto de presencia. En el centro de la plaza se alzaba una tarima y, en medio de ella, un asiento finamente adornado con piedras preciosas. El rey tomó asiento.

Lo que más llamó la atención de Marcial fue que el rey solo venía acompañado de tres caballeros; él suponía que alguien tan importante llevaría consigo un ejército. También notó la extraña armadura que vestía cada uno. Más que armaduras, parecían prendas ajustadas al cuerpo, que les permitían moverse con total libertad. No hacían ruido: no se oían sus pasos ni sonido alguno que proviniera de ellos. Eran de un negro brillante. Los tres caballeros vestían igual; lo único que los distinguía eran sus armas. El que estaba a la izquierda del rey llevaba a la espalda, cruzadas en forma de X, dos espadas tan cortas que fácilmente podían pasar por dagas; el de la derecha empuñaba una lanza plateada, y el tercero, situado detrás del rey, cargaba un arco sin una sola flecha.

Sorprendido, Marcial se volvió hacia su amigo.

—¿Los habías visto antes?

—No —respondió Saúl—, pero he oído hablar de ellos. Dicen que son diez caballeros. Los tres que están aquí son los más cercanos al rey: el de atrás se llama Matías; el de la izquierda, Baro, y el de la derecha, Fernando. Los otros siete están repartidos en puntos estratégicos de todo el Reino Dragón.

—Impresionante —exclamó Marcial—. ¿Y sabes algo de esas armaduras?

—Lo que se dice es que están hechas de escamas de dragón.

Aquello avivó aún más la emoción de Marcial por lo que el rey tuviera que contar. Presentía que sus palabras de esa noche tendrían un impacto en el reino y en él mismo. Desde que había llegado al reino con sus padres, a los tres años, era la primera vez que el rey se presentaba en el pueblo. Para visitar reinos vecinos u otros pueblos de su territorio, el rey usaba rutas alternas o pasadizos secretos, de modo que nadie en el pueblo podía decir que lo hubiera visto salir del castillo. Aun así, el rey Carlos estaba al tanto de todo lo que ocurría en su reino.

***

Ya caía la noche cuando Marcos llegó a casa. Abrazó y besó a su esposa, y luego le dio un beso en la frente a Santiago, que jugaba en el piso de madera.

—¿Dónde está Marcial? —preguntó.

—Fue al pueblo. El rey se presentará esta noche en la plaza; estaba emocionado por verlo por primera vez —respondió Gisel.

—Con razón estaban levantando una tarima en la plaza. Tenía curiosidad por saber cómo le fue con la hija del señor Antonio.

—¿Con Antonieta? —preguntó Gisel.

—Sí —respondió Marcos—. Ya sabes que a Marcial le encanta esa poesía. Anoche le pedí que me la escribiera en un papel; le dije que me gustaba y que quería aprenderla. Hoy, cuando lo vi en la plaza, aproveché la oportunidad para ayudarlo un poco, como buen padre. Le preparé un arreglo de flores y lo mandé a casa del señor Antonio con la poesía en la nota. —Esbozó una sonrisa—. Le dije que lo recibiría Sabrina y que Antonieta estaba de viaje, pero yo sabía que ni Antonio ni su esposa estarían en casa, así que quien recibiría el arreglo sería su hija. Tu esposo es un genio.

—¿Y cómo sabes que a Marcial le gusta esa niña?

—Digamos que lo escuché hablando con el hijo del señor Iván y la mencionó un par de veces.

—Marcos, espero que sepas lo que haces. Si Marcial vuelve mal por todo esto, el único culpable serás tú.

Marcos soltó una carcajada, se acercó a su esposa, que estaba poniendo la mesa, y le dio un beso.

Los Blinz estaban cenando —Gisel le daba de comer a Santiago y Marcos daba cuenta de un muslo de pavo— cuando, de pronto, sintieron un calor abrasador, como si un volcán acabara de entrar en erupción. Afuera estallaron gritos procedentes de toda la colonia. Marcos se puso de pie de un salto, alerta, y le ordenó a Gisel que se escondiera con Santiago. En la habitación levantaron una tabla del piso que ocultaba un escondite donde cabía holgadamente un adulto; Marcos lo había preparado para Marcial y Santiago por si alguna vez llegaba la ocasión, y esa noche había llegado. Gisel acomodó allí al pequeño, volvió a colocar la tabla y se negó a esconderse: no iba a dejar solo a su esposo.

Marcos sacó de debajo de la cama una espada magnífica, de empuñadura forrada en cuero y un filo capaz de partir el tronco más grueso de un solo tajo, y se puso en guardia con Gisel detrás de él. Afuera, los gritos aumentaban y el viento caliente no cesaba. Entonces la puerta principal se abrió de un golpe. Marcos, con la vista fija en la entrada de la habitación, esperó. Una explosión hizo estallar la puerta del cuarto y esparció astillas por todas partes. En el umbral apareció la figura de lo que parecía un hombre de unos dos metros. Al mirarlo con detenimiento, Marcos comprendió con asombro que se trataba de un hombre de lava, un ser del que solo había oído hablar en historias. Eso no le impidió blandir su espada y lanzarse al ataque.

El hombre de lava resistió la embestida y obligó a Marcos a retroceder. Lanzó entonces un puñetazo con la derecha; Marcos lo bloqueó con la espada, pero la fuerza del golpe fue tal que le hizo perder el equilibrio y le destrozó la mano derecha. La criatura aprovechó el momento para arremeter con la izquierda y lo golpeó en el hombro, arrojándolo contra la cama. Cuando se acercaba para acabar con él, un golpe en la espalda lo hizo girar: Gisel, de pie tras él, sostenía una astilla de la puerta. El hombre de lava la golpeó en el rostro y la mandó a volar.

Marcos aprovechó ese descuido. Empuñando la espada con la mano izquierda, con la derecha ya inutilizada, le atravesó el corazón. La criatura soltó un rugido y se deshizo en cenizas que se disolvieron en el aire.

La espada cayó al piso. Marcos corrió hacia su esposa, que no mostraba signos de vida, y no pudo contener las lágrimas. Al levantar la mirada hacia la entrada de la habitación, vio tres hienas negras, con los ojos rojos como la sangre, que lo observaban. Tras ellas, dos hombres de lava más.

***

En la plaza, Marcial sintió una punzada en el pecho, como si acabaran de atravesarlo con un puñal. Se tambaleó y, de no ser por Saúl, que lo sostuvo, habría caído al suelo.

—¿Estás bien? —preguntó su amigo.

—Sí, solo fue un mareo.

—¿Seguro? No parece que haya sido solo un mareo —insistió Saúl.

Marcial asintió y volvió la vista hacia el rey Carlos.

Solo cuando la plaza quedó en completo silencio, el rey pronunció sus primeras palabras. Tenía una voz fuerte por naturaleza; bastaba oírla para sentir su autoridad. Sus ojos, azules como el mar, recorrían la plaza deteniéndose en cada uno de sus oyentes, y el viento agitaba su cabello negro.

—Muchos se preguntarán qué hago esta noche en el pueblo y por qué los he convocado a todos aquí solo para contar una historia. Pues les digo que esta no es una historia cualquiera: es parte de lo que el reino es hoy. Existen dos clases de reyes: los que, con fuerza y poder, crean un reino, y los que nacen dentro de un reino ya construido por otro, como es mi caso. Yo no decidí ser rey; fue mi padre quien me eligió, y si lo hizo fue porque vio en mí la capacidad de proteger este reino, de protegerlos a ustedes. Esta noche, muchas preguntas y dudas tendrán respuesta; otras, no. En todas partes hay guerras, y el único lugar seguro son estas tierras. Esto se debe a que están protegidas por un poder especial: una gema conocida como la Gema de la Fortaleza. Gracias a ella, todo el Reino Dragón está a salvo. Sin embargo, el escudo que esta gema provee se ha deteriorado. Quiero que estén preparados para lo que pueda ocurrir. Se avecina una batalla y deben estar atentos. No puedo decirles cuándo ocurrirá; en realidad, no lo sé. Lo que sí puedo asegurarles es que la guerra por estas tierras está más cerca de lo que parece.

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