Capítulo 2 Cretácico
Lo primero que golpeaba siempre era el olor.
No había forma de prepararse para eso. Leo había hecho once viajes al Cretácico y la primera bocanada de aire lo seguía mareando. El aire era más denso, más húmedo, más caliente. Olía a vegetación podrida, a azufre volcánico, a flores que no existían en su tiempo, a la sal de un mar distinto. Y olía a animal. A animales enormes, a sus excrementos, a su sudor, a su sangre. Era el olor de un mundo que no había sido domesticado nunca.
Abrió los ojos.
Estaban en el centro de un claro circular, en lo alto de la caldera. Era el Círculo, el punto de llegada y de retorno de todas las expediciones al Cretácico, porque coincidía con la vertical exacta del Corazón. En el centro del claro, a unos metros, asomaba la punta del monolito de obsidiana, la misma que en su tiempo estaba enterrada bajo toneladas de roca. Aquí, sesenta y seis millones de años antes, todavía estaba al aire libre. Liso. Negro. Vibrando.
Alrededor del claro, la selva se levantaba como una muralla. Helechos arborescentes de quince metros. Cícadas con hojas como espadas. Coníferas de troncos rojizos tan gruesos que harían falta diez personas para rodearlos. Y flores. Las primeras flores de la historia de la Tierra, pequeñas, blancas y amarillas, abriéndose entre el verde como si no estuvieran seguras de tener permiso.
Ingrid ya estaba de rodillas en el suelo, con la lupa en la mano, examinando una huella de tres dedos en el barro.
—Fresca —dijo—. Hadrosaurio. Juvenil. Hace menos de una hora.
Kenji activó la baliza de retorno. En la pantalla apareció el contador.
VENTANA: 71:59:47
Tavita cargó la escopeta de dardos y se quedó mirando la selva, inmóvil, con la cabeza ladeada, escuchando.
Leo miró su pulsera.
71:59:41
Respiró hondo el aire espeso del Cretácico.
—Bueno —dijo—. A trabajar.
El primer día fue perfecto.
Bajaron por la ladera de la caldera siguiendo un sendero de caza que Leo conocía de otras expediciones, hasta las llanuras del sur de la isla, donde la selva se abría en praderas pantanosas de helechos bajos. Allí pastaban los hadrosaurios.
Eran una manada de unos cuarenta. Animales enormes, de diez metros de largo, con picos de pato y crestas huecas en la cabeza que usaban para llamarse unos a otros con un sonido grave, melancólico, como el de una trompa lejana. Se movían despacio, en grupo, con las crías en el centro. Las hembras vigilaban los bordes. Cuando una de ellas los vio, lanzó una llamada larga por la cresta, y toda la manada levantó la cabeza al mismo tiempo y se quedó quieta, mirándolos.
Leo, Ingrid, Kenji y Tavita se quedaron quietos también.
Así pasaron casi un minuto, humanos y dinosaurios, mirándose a través de sesenta y seis millones de años.
Después, la hembra resopló. Bajó la cabeza. Y siguió comiendo.
—Nos aceptaron —susurró Ingrid, con los ojos húmedos—. Doce expediciones y todavía no me acostumbro.
Recogieron los huevos de hadrosaurio al anochecer, de un nido abandonado a la orilla de una laguna. Eran cinco, del tamaño de un melón, de cáscara rugosa, todavía tibios. Ingrid los envolvió en una manta térmica y los guardó en la mochila con un cuidado casi maternal.
—¿Qué van a hacer con ellos? —preguntó Tavita esa noche, junto al fuego del campamento.
Habían acampado en un saliente rocoso, en la ladera norte de la caldera, protegidos por una pared de piedra y un cerco de sensores de movimiento. Abajo, la selva era un rumor constante de insectos, de ranas, de criaturas que se llamaban en la oscuridad. Arriba, el cielo estaba tan lleno de estrellas que parecía nublado.
—Estudiarlos —dijo Ingrid—. Secuenciar el ADN. Las proteínas. Es la primera vez en la historia que podemos tener tejido de dinosaurio sin fosilizar.
—¿Solo estudiarlos?
Ingrid no respondió.
Tavita echó una rama al fuego. Las chispas subieron hacia las estrellas.
—Hay un sector de la estación al que no tenemos acceso —dijo—. Nivel B, ala este. Lo llaman el Arca. Los de seguridad no podemos entrar. Solo Mercader y la gente del Consejo, cuando vienen en helicóptero desde el barco.
—Es un depósito de muestras —dijo Kenji.
—Hay incubadoras —dijo Tavita—. Las vi entrar en cajas. Y tanques criogénicos. Muchos.
Nadie dijo nada durante un rato. El fuego crepitaba.
—Mi abuela —dijo Tavita, de pronto— me contaba una historia cuando era niño. En Samoa. Una historia de una isla que estaba lejos, muy lejos, más allá de donde llegaban las canoas. Una isla que guardaba el tiempo como una madre guarda a sus hijos. Decía que la isla le daba permiso a los viajeros para visitar a sus antepasados y a sus nietos. Pero solo por un rato. Y que si alguien se quedaba más de lo debido, la isla lo abrazaba tan fuerte que lo volvía piedra, para que nunca más se perdiera.
—Bonita historia —dijo Kenji.
—No terminé. —Tavita miró el fuego—. Mi abuela decía que la isla tiene una sola regla, y que la regla no es para castigar. Es para proteger. La isla no deja que nadie se lleve lo que no le pertenece a su tiempo. Ni personas, ni animales, ni nada. Y que el día que alguien lo intente, el día que alguien se lleve algo de un tiempo a otro para quedárselo, la isla se va a romper.
Ingrid levantó la mirada de su cuaderno.
—¿Y qué pasa cuando la isla se rompe?
Tavita se encogió de hombros.
—Eso no me lo contó nunca —dijo—. Se murió antes.
Encontraron al Vigía en la mañana del segundo día.
Fue Leo quien lo vio primero. Estaban bordeando los acantilados del norte de la isla, buscando un nido de pterosaurios que Ingrid había localizado en la Expedición 28, cuando la selva se abrió de golpe y apareció el mar.
Era un mar inmenso, de un verde oscuro, espeso, que se extendía hasta el horizonte sin una sola isla, sin un solo barco, sin una sola nube. Rompía contra la base del acantilado, ochenta metros más abajo, con un ruido de trueno lento. En el agua, a unos cien metros de la costa, una sombra enorme se movía bajo la superficie. Era más grande que una ballena. Cuando sacó el lomo para respirar, Leo vio una fila de escamas negras y una aleta caudal como la de un tiburón.
—Mosasaurio —dijo Ingrid, en voz baja—. Hembra adulta. Quince metros, por lo menos.
Pero Leo no estaba mirando al mosasaurio.
Estaba mirando la roca.
Al borde mismo del acantilado, a unos cincuenta metros a su derecha, había una piedra que no era una piedra. Era una forma sentada. Una forma humana, de tamaño natural, con las piernas cruzadas, la espalda recta, la cabeza levantada hacia el horizonte. La erosión le había borrado casi todos los detalles: la cara era una superficie lisa, redondeada, sin ojos ni boca; los hombros, dos curvas suaves. Pero la forma era inconfundible. Era un ser humano. Y tenía la mano derecha levantada sobre la rodilla, abierta, hacia el mar.
Como quien saluda a alguien que viene de muy lejos.
Nadie dijo nada durante un largo rato.
—Es una formación natural —dijo Kenji, por fin—. Erosión. Pareidolia. El cerebro humano ve caras en todas partes.
Ingrid ya se estaba acercando, con la cámara en la mano.
—No es una formación natural —dijo—. Mira la base. Mira el corte. Está sentado sobre la roca del acantilado, no tallado en ella. Es otro material. Es...
Se agachó junto a la figura. Pasó la mano por la espalda de piedra, muy despacio.
—Es como los del Jardín —dijo, con una voz muy rara—. Como Paolo y Nadia. Es la misma textura. Y como los Vigías de nuestro tiempo. —Levantó la vista hacia ellos—. ¿No se dan cuenta? Nadie talló nunca los Vigías. Nadie. Son personas. Siempre fueron personas. El pueblo de los petroglifos no desapareció. Se quedó.
—Eso es imposible —dijo Kenji—. Aunque los Vigías fueran personas, serían de hace ochocientos años. No hay seres humanos en el Cretácico. No va a haber seres humanos durante sesenta y cinco millones de años.
—Ya lo sé —dijo Ingrid.
Tavita no se había acercado. Estaba de pie, a varios metros, con la escopeta colgando de la mano y una expresión que Leo no le había visto nunca. Movía los labios, sin hacer ruido. Leo tardó un momento en darse cuenta de que estaba rezando.
Leo se acercó a la estatua.
No sabía por qué, pero sentía algo raro en el pecho. No era miedo. Era otra cosa. Algo parecido a lo que sentía de niño, en el faro de Evangelistas, cuando subía a la linterna de noche con su padre y veía, a lo lejos, en la oscuridad del Pacífico, la luz de un barco que venía hacia ellos. Una mezcla de alivio y de tristeza. La sensación de reconocer a alguien.
Se detuvo junto a la figura. Miró en la misma dirección que miraba ella: hacia el mar verde, hacia el horizonte vacío.
Y se dio cuenta de dónde estaba. El acantilado norte. El mismo saliente de roca, la misma curva de la costa, el mismo ángulo hacia el horizonte. En su tiempo, en ese mismo lugar exacto, había una estatua sentada a la que una niña de diez años le llevaba flores.
El que espera.
—¿Leo? —le dijo Ingrid—. ¿Estás bien?
—Sí —dijo él—. Sácale fotos. Muchas.
Ingrid le sacó cuarenta y siete. Desde todos los ángulos. Kenji midió la figura con el láser: un metro y cuarenta y dos centímetros de altura, sentada. Ingrid tomó una muestra minúscula de la base, raspando con un bisturí, y la guardó en un tubo. Tavita no dejó de rezar en ningún momento.
Lo registraron en el diario de la expedición como Anomalía V-1.
Pero entre ellos, desde ese momento, empezaron a llamarlo de otra manera. Fue Kenji quien lo dijo primero, medio en broma, mientras se alejaban del acantilado.
—Bueno —dijo—. Al menos tiene buena vista. Un vigía perfecto.
Leo se dio vuelta para mirar la figura una última vez.
Desde atrás, recortada contra el cielo, parecía un hombre sentado esperando un barco.
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