La Quietud Por Albert Diaz

Capítulo 9 La bestia de metal

6 min de lectura

Ceniza

La bestia de metal había dicho algo, y el perro había dejado de temblar.

Ceniza no entendió lo que dijo. Fue un sonido corto, en la voz lisa y extraña de la bestia, que no se parecía a la voz de los Cantores ni a la de ningún animal. Pero el perro, al oírlo, levantó las orejas y ladeó la cabeza, como había hecho en la plaza cuando ella le dijo Lucía.

Ceniza entendió que la bestia había dicho un nombre. El nombre del perro.

Y si la bestia sabía el nombre del perro, entonces la bestia sabía cosas.

Ceniza se quedó en el pasamanos con todas las plumas erizadas, preparada para huir. Desde cerca, la bestia era todavía más grande de lo que contaban los cuervos viejos: más alta que una puerta, blanca, lisa, sin plumas ni pelo, con dos brazos largos como ramas y unas ruedas negras en lugar de patas. Y el ojo. El ojo era verdad: uno solo, enorme, azul, que brillaba con luz propia en medio de una cabeza sin cara.

El ojo se volvió hacia ella.

Ceniza sintió el impulso de volar. Lo sintió en cada pluma, en cada hueso hueco. Toda su vida le habían dicho que la bestia de metal era peligrosa, que espantaba a los cuervos, que los odiaba. Abrió las alas.

Y entonces la bestia habló otra vez, despacio, en la voz de los Cantores.

—Buenos días.

Ceniza se quedó con las alas a medio abrir.

No era de día. El sol ya casi se había puesto, y el cielo del oeste estaba rojo. Pero la bestia lo había dicho igual, con cuidado, como quien deja una semilla en el suelo para un pájaro asustado.

Era una Palabra sagrada.

La bestia sabía las Palabras.

Ceniza cerró las alas. Tragó saliva. Y, con el pico temblándole un poco, respondió:

—Buenos días.


Entraron.

Ceniza no había entrado nunca en un edificio de los Cantores. Los cuervos no entraban; los techos podían caerse, las puertas podían cerrarse y dejarte atrapado. Pero el perro entró detrás de la bestia, cojeando, con la nariz pegada al suelo, y Ceniza no quiso quedarse sola afuera, con la noche que caía y la jauría que seguramente seguía esperando en algún lugar del camino.

Adentro, la Casa Blanca estaba llena de Cantores.

Había muchos más de los que Ceniza habría imaginado. Estaban sentados en filas de sillas, en una sala grande con el piso de cuadros. Estaban acostados en camas, en cuartos pequeños que se abrían a los dos lados de los pasillos. Estaban de pie, inclinados sobre mesas, con papeles en las manos. Y estaban limpios. Eso fue lo primero que notó Ceniza, y lo que más le impresionó. Los Cantores de la ciudad estaban cubiertos de polvo, de excremento de pájaro, de musgo, de hojas secas. Estos no. Estos brillaban. Alguien los había limpiado.

Ceniza miró a la bestia, que avanzaba despacio por el pasillo, adaptando su velocidad a la del perro viejo.

La bestia los había limpiado. A todos. Uno por uno.

Durante quince inviernos, mientras los cuervos huían de ella en el techo, la bestia de metal había estado aquí adentro, sola, cuidando a los Cantores.

Ceniza no supo qué hacer con esa idea. Se la guardó, como guardaba las cosas brillantes, para mirarla después.


Bajaron.

Bajaron por una escalera que olía a humedad y a encierro, y luego por otra, más estrecha, que se metía en la oscuridad como un túnel de topo. La bestia encendió unas luces en su cabeza, y el pasillo se llenó de una claridad blanca y fría. Ceniza voló de un barandal a otro, cada vez más asustada. El aire era muy quieto allá abajo. No había viento. No había ningún sonido. Era la primera vez en su vida que estaba en un lugar donde no se oía, ni siquiera a lo lejos, el zumbido de los Cantores.

O casi.

Porque cuando llegaron al final del último pasillo, frente a una puerta gruesa de metal, Ceniza lo oyó.

Era un sonido muy débil, casi nada, tan suave que habría podido confundirlo con el latido de su propio corazón. Venía de una Cantora sentada en el piso, contra la pared, con el brazo levantado y la mano abierta sobre una ventanita redonda de la puerta. Era una Cantora pequeña, para ser uno de ellos. Llevaba una piel blanca y suelta encima de su cuerpo de cristal. Y estaba cantando, aunque no hubiera viento. Cantaba sola, desde adentro, como si no pudiera dejar de hacerlo.

Ceniza se posó en el suelo, a unos pasos de la Cantora, y la miró de cerca.

Era pequeña para ser una de ellos. Olía a humo. Lloraba todo el tiempo.

—Abuela —susurró Ceniza, sin darse cuenta de que lo decía.

Pero no tuvo tiempo de pensar en eso. Porque en ese momento, el perro viejo llegó al final del pasillo, pasó junto a la Cantora sentada, levantó el hocico hacia la ventanita de la puerta, y se quedó completamente rígido.

Ceniza nunca, en toda su vida, olvidaría el sonido que hizo entonces.


No fue un ladrido. No fue un aullido. Fue algo entre los dos, algo que empezó muy bajo, en el fondo del pecho del perro, y que fue subiendo y subiendo hasta llenar el pasillo entero, hasta rebotar en las paredes de concreto, hasta hacerle doler los oídos a Ceniza. Era el sonido de quince inviernos de espera rompiéndose de golpe.

El perro se levantó sobre las patas traseras —él, que apenas podía caminar— y apoyó las patas delanteras en la puerta, junto a la mano de cristal de la Cantora. Rascó el metal. Gimió. Empujó la puerta con la cabeza, una y otra vez, con tanta fuerza que Ceniza temió que se rompiera el cráneo.

La bestia de metal se acercó despacio. No intentó detenerlo. Se quedó de pie a su lado, con el ojo azul fijo en la ventanita, y luego extendió uno de sus largos brazos blancos y lo apoyó, con una suavidad que Ceniza no hubiera creído posible en algo tan grande, sobre el lomo del perro.

El perro no lo apartó.

Ceniza voló hasta el borde superior de la puerta, donde había un pequeño reborde de metal, y desde allí, con el cuello estirado, miró por la ventanita.

Había una caja de vidrio. Y dentro de la caja de vidrio había una niña.

No era de cristal.

Ceniza lo supo de inmediato, de la misma forma en que se sabe la diferencia entre una rama seca y una rama viva. La niña tenía color. Tenía el pelo suelto, oscuro, enredado. Tenía las manos sobre el pecho.

Y el pecho se le movía.

Ceniza se quedó mirándola durante mucho tiempo, sin moverse, sin graznar, sin respirar casi. Escuchó al perro llorar allá abajo. Escuchó el zumbido tenue de la Cantora sentada. Escuchó el silencio enorme, absoluto, que había al otro lado del vidrio.

Donde no llega la canción.

Entonces, muy bajito, para que solo la niña pudiera oírla si es que podía oír algo, Ceniza dijo la palabra que la abuela Hollín le había entregado antes de morir. La palabra que nadie más en el mundo conocía.

—Lucía.

Y debajo de ella, sin que nadie se lo pidiera, la bestia de metal repitió el nombre.

—Lucía.

Lo dijo en su propia voz, lisa y extraña. Pero lo dijo con el mismo cuidado con el que la abuela se lo había dicho a ella. Con el mismo cuidado con el que se dice una Palabra sagrada.

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