Prólogo Prólogo — 23:47
Sintra, Portugal. 4 de noviembre de 1987.
Llovía como llueve en Sintra cuando la sierra decide que el mundo se ha secado demasiado: de lado, con rabia, golpeando las ventanas como si quisiera entrar.
Inês Valadares tenía diecisiete años, el pelo mojado porque había corrido desde la parada del autobús sin paraguas, y una vela encendida en la mano porque la luz se había ido a las once y media. En la radio a pilas de la cocina, la voz de su madre cantaba un fado. No era un disco: era una grabación de la emisora de Lisboa, del concierto del sábado, y su madre le había pedido que la grabara en un casete y que no se olvidara de darle vuelta a la cinta. Inês no se había olvidado. Nunca se olvidaba de nada que tuviera que ver con la voz de su madre.
—¡Papá! —gritó desde lo alto de la escalera del sótano—. ¡La sopa se enfría!
Nadie respondió. Abajo se veía un resplandor azul, intermitente, y se oía un zumbido grave que hacía temblar los vasos de la alacena. El zumbido de siempre. El de la máquina.
Su padre la llamaba o Relógio. El reloj. Ocupaba la mitad del sótano: un enredo de bobinas de cobre, cables, condensadores y, en el centro, sostenido por tres brazos de metal, un cristal de cuarzo del tamaño de un puño, sacado de una veta de granito de la sierra. Inês no entendía para qué servía. Su padre decía que para escuchar el tiempo. Su madre decía que para no dormir. Los vecinos no decían nada, pero cuando pasaban frente a la quinta y veían las luces azules en el sótano a medianoche, se persignaban.
Inês bajó un escalón. Dos. La vela tembló.
—¿Papá?
Lo vio al fondo, de espaldas, con los auriculares puestos y la cara iluminada por el resplandor del cuarzo. Estaba murmurando algo. Inês no lo oyó bien. Le pareció que decía: ya casi, ya casi, ya casi.
Afuera, un trueno sacudió la casa entera.
En la cocina, la voz de su madre llegó a la última estrofa del fado, la que sube al final y se queda flotando.
Inês bajó el último escalón.
Y entonces el rayo cayó sobre el pararrayos del tejado, bajó por el cable de cobre que su padre había conectado al Relógio en contra de todas las advertencias, y el sótano se llenó de una luz tan blanca, tan absoluta, que por un instante no hubo paredes, ni escaleras, ni padre, ni lluvia.
Solo luz.
Y el reloj de la cocina, colgado sobre la radio, se detuvo.
Marcaba las 23:47.
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